En apenas dos años, una decena de jóvenes han abierto granjas de este tipo

maría Cedrón

Tienen menos de 38 años. Sus historias son muy diferentes. Algunos tenían un nexo de unión con el campo. Otros no. Pero hay algo que los une a todos: el porco celta, un animal en peligro de extinción que ha conseguido que Marcelino Soto, en Ponteareas; Lucas Cabanelas, en San Amaro; Laura Sánchez Couceiro, en Oza-Cesura; Diego Pena, Diego Gómez y Oscar Mosquera, en Monterroso; Fernando Calviño, en Vila de Cruces; Xosé García Freire, en Pantón; Laura Sánchez Presedo, en Vistalegre de Laracha; Nando López, en Mondoñedo; Martín Touceda, en Cenlle (primera aldea modelo de Galicia); David Fraiz, en Boborás; Magdalena Caride, en Vilamarín; Manuel Lamas, en Monterrei, y Maica Expósito, en O Saviñao, hayan puesto una pica en el campo.

El paso que han dado —todos se incorporaron a la cría de estos animales entre el 2018 y el 2020— no solo contribuye a frenar el despoblamiento rural generando una actividad económica en las aldeas, también ha convertido a estos animales en un arma de lucha contra el fuego en zonas donde hasta que ellos colocaron sus pezuñas no había más que maleza creciendo entre los árboles. Manejar los tiempos de pastoreo en cada parcela es fundamental para convertir a estos cerdos rústicos, acostumbrados a estar a la intemperie, en auténticos bomberos encargados de limpiar el monte y prevenir incendios.

Antes que ellos Martín Carballo, en Samos; Víctor Graña, en San Sadurniño, Miguel Amaro, en Tomiño, o Mario Rouco, en Muras, ya habían apostado por este animal. No les ha ido mal. Martín Carballo, por ejemplo, recuperó en el 2007 el pastoreo tradicional en los montes de castaños y robles característicos del concello lucense de Samos. La diferencia es que en lugar de vacuno, optó por criar porco celta «porque se adaptaba moi ben a ese medio —explica— e é un animal moi resistente». Luego vino todo rodado. Sus primeros clientes comenzaron a difundir las bondades de su carne y ahora vende toda la producción a particulares. «Oriento a producción ás matanzas familiares de decembro e febreiro e incluso teño clientes de Ponferrada», dice. La cría de estos cerdos es, además, lo que lo mantiene vinculado a un pueblo en el que cuando empezó había cinco casas habitadas; ahora solo queda la suya.

Arma contra el abandono

Víctor Graña comenzó a manejar porco celta hace diez años, prácticamente por casualidad. «Empecei a crialos para que os terreos que empregaba para as vacas non quedaran abandonados cando as retirei», cuenta. Ahora tiene tres cebaderos a los que incorpora lechones que compra a otros productores, actividad que complementa con una quesería.

Miguel Amaro fue otro de los que se sumó a esta corriente hace diez años, aunque no era ajeno a su cría: «É como unha tradición porque meu avó xa os criaba. Ademáis é unha raza que se adapta moi ben ao medio». Y con los años ha aprovechado para diversificar la salida de la explotación mixta —tiene madres de cría y ceba lechones que nacen allí— porque en invierno comercializa sus productos en una carnicería propia. En verano, los ofrece en su furancho de Tomiño. Y Mario Rouco apostó por este tipo de ganadería en el 2005 porque buscaba un animal adecuado al terreno escarpado del concello lucense de Muras. Ahora cierra el ciclo cebando y comercializando productos a través de su marca Céltico.

«Fumos a unha charla e vimos que, ademáis de ser unha raza autóctona, era un animal que axuda a manter os montes limpos»

Esos son algunos de los espejos en los que se han mirado los jóvenes que han apostado por el porco celta en los últimos dos años. Para muestra están Magdalena Caride y Marcos Fernández. Ellos trabajan en Ourense. De momento, viven en la capital, pero esta pareja que ronda la treintena está arreglando una casa en Estrumil, en el vecino concello de Vilamarín. No eligieron ese pueblo por casualidad: los abuelos de ella nacieron en la aldea y ahí es donde tienen propiedades en las que hasta no hace mucho solo crecía la maleza. A Magdalena, además, le gusta el campo, pasear por esos bosques. A Marcos también. Y juntos se lanzaron a una aventura que comenzó él criando caballos por afición y a la que el pasado noviembre sumaron tres vacas de carne y cuatro terneros. Pero en mayo añadieron diez porcos celtas a la granja. «Pensamos no porco celta despois de ir a unha charla divulgativa e vimos que era un animal que, ademáis de pertencer a unha raza autóctona, permitía manter os montes limpos», cuentan. Porque no solo desbrozan sus fincas, también otras que les han cedido los vecinos para que no queden a monte.

Mantener las fincas familiares fue lo que empujó también a Fernando a abrir en el 2018 en Vila de Cruces una explotación de madres, Celtaporc, Dos años después, cierra el círculo elaborando productos con marca propia.

«Es un animal que permite aprovechar fincas que estaban infrautilizadas»

A Laura Sánchez el amor por esta raza autóctona le viene de familia. Su abuela tiene una explotación y ahora ella quiere darle el relevo. De hecho, esta joven de 25 años ha pedido una de las ayudas para incorporación a la actividad agraria. Tiene muy claro, además, por qué quiere continuar con la actividad: «Permite aplicar un modelo de cría en libertad y además es un animal que permite aprovechar fincas familiares que estaban infrautilizadas». Porque su objetivo, dice, «es vivir del rural».

Como Laura, Lucas Cabanelas también viene de una familia que sabe bien qué es cuidar del ganado. Los abuelos del joven de 29 años del concello ourensano de San Amaro tenían una explotación de vacas que ahora han cambiado por las ovejas. Pero el año pasado, él quiso probar con el porco celta, un animal que usa además para limpiar fincas para sus cultivos de maíz y remolacha porque, como indica, «esta es una raza rústica que no da trabajo y ayuda a limpiar el monte». Tiene también un cebadero y comercializa sus propios productos que ofrece a particulares.

«El silvopastoreo favorece la creación de praderas para las vacas»

Uno de los factores fundamentales para asentar población en el rural, más allá de la dotación de los servicios necesarios, es disponer de una vía de ingresos económica que permita «vivir do rural», como dice Laura. Esa es la razón por la que muchos de los ganaderos que se han lanzado a emprender de la mano del porco celta busquen también cerrar el ciclo de producción, desde criar los lechones a comercializar directamente sus productos. Eso es lo que pretende Xosé García Freire, propietario de la granja Casa da Fonte, en Pantón. Tenía vacas, gallinas, pero hace un par de años sumó el porco celta a sus animales «pola rusticidade e adaptabilidade ao medio». Pero sobre todo porque es un animal que complementa al resto: «El slvopastoreo favorece a formación de praderas para as vacas e tamén permite aproveitar os terreos que non estaba usando, algo que non lograba con outros animais», explica.

Aunque ahora trabaja en la distribución de pescado por toda Galicia, Nando López, es otro de los que quiere vivir algún día de la explotación mixta que abrió en el 2018 en Mondoñedo.

En Fraga do Coto, en Vilalba, los cebos viven en libertad en medio de castaños y robles.

El porco celta, un arma contra el fuego

maria cedrón

Hace siete años Saúl Rouco leyó en la prensa un reportaje que hablaba sobre el porco celta. Saúl es de Vilalba, había quedado en el paro y pensó que aquellos animales podrían abrirle paso a un horizonte de oportunidad. Tierra, necesitaba espacio para que los gorrinos pudieran crecer en libertad. No dudó en alquilar catorce hectáreas no muy lejos de su casa. Fue una gran oportunidad porque algunos de los que ahora tratan de montar una granja hallan un freno en la falta de espacios lo suficientemente grandes como para lanzarse. Pero este joven de Vilalba tuvo suerte. Encontró un lugar impresionante, Fraga do Coto, inundado de robles, el lugar perfecto para levantar la explotación en la que también colabora su padre. Ahora tiene dos padres con ocho reproductoras. El bosque está limpio y los cerdos conviven en armonía con los árboles. «Decidimos dar o paso e agora non damos abastecido a demanda que temos», cuenta Saúl mientras da de comer a un grupo de cebos que en unos días partirán rumbo al matadero.

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