La cuarentena en el mundo rural: «Antes tolearon elas, as vacas, e agora paréceme que imos tolear nós»

Vivir en el rural cobra valor en situaciones excepcionales pues el día a día difiere poco del cotidiano, como en Mazaricos


mazaricos / corresponsal

No hay farmacias de guardia ni médicos por la tarde. Tampoco hay matrona y, en el mejor de los casos, la pediatra solo atiende tres días por semana. Internet va lento, la señal de televisión funciona regular y la luz sigue faltando muchos días de invierno. Algunos servicios considerados básicos en una ciudad aquí son deficitarios o, directamente, ni existen. Sin embargo, resulta paradójico que ante algo tan excepcional como una alerta sanitaria, cobre valor lo de vivir en el rural. Porque, a pesar de la cuarentena, de las medidas de precaución en la visita a supermercados o boticas o del resto de restricciones impuestas, en Mazaricos la vida apenas ha cambiado mucho para buena parte de sus escasos 4.000 vecinos.

Esta semana, sin ir más lejos, el trabajo en el campo fue incesante y mientras unos se apuraban por abonar las praderías antes de que llegase la lluvia, otros ya realizaban el primer ensilado de hierba de la temporada. En la mayor parte de las aldeas se cumplió con el principio no escrito de que las patatas se siembran -aquí en realidad se ponen- en la semana de San José.

«Esto ha de pasar e fame imos seguir tendo. Así que, as patacas hai que poñelas coma sempre esperando que tamén nós poidamos comelas», apuntaba una vecina de la aldea de Cuíña con cierta sorna y aparente tranquilidad. 

Comer cada día

La misma con la que Manuel Santos, uno de los tres residentes en del lugar de Outeiro, en la parroquia de Eirón, saca a pastar todos los días su docena de rubias acompañado de su inseparable perro León. «Elas tamén teñen que comer todos os días. As vacas, ás veces tamén fan certa compañía. Antes tolearon elas, as vacas, e agora paréceme que imos tolear nós como isto non pase pronto», comenta mientras aligera el paso para evitar que los animales se cuelen en la finca de un vecino.

Incluso los niños están aprendiendo a valorar, sin quererlo, el tremendo lujo que supone no tener que estar encerrados todo el día entre cuatro paredes. «Os cativos andan aquí pola horta e pola finca onde está a explotación. Non poden ir a ningún lado, pero polo menos poden andar por fóra e ver o sol», cuenta una madre de la parroquia de Maroñas, también en Mazaricos, que reconoce que sus pequeños incluso colaboran en las tareas de la granja. «Danlle o leite aos becerros ou bótanlle algo de comer ás vacas. Polo menos están entretidos e fan algo máis que estar coa televisión ou a consola. Vivir aquí é un luxo. É unha pena que so nos demos conta cando pasan cousas tan graves coma esta», explica.

El coronavirus pasará y volverán las prisas y los ruidos cotidianos a las urbes del territorio barbanzano. Todo eso de lo que en Mazaricos y en el resto de la zona rural de la comarca, afortunadamente, se seguirán librando, como ahora.

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