Por qué tirarte mal al agua es como chocar contra un muro de hormigón

Solange Vázquez AGENCIAS / COLPISA

SOCIEDAD

Un hombre tirándose a una piscina en una imagen de archivo
Un hombre tirándose a una piscina en una imagen de archivo

Al margen de las lesiones medulares, las zambullidas fallidas «pueden causar daños graves» y algunos, con retraso

13 ago 2026 . Actualizado a las 13:43 h.

Cada año llega el buen tiempo y los chapuzones fresquitos que nos dan tanta vida. Algo inexorable. La lástima es que hay otra realidad que se sucede con la misma certeza: las malas zambullidas se cobran nuevas víctimas todos los veranos. En ocasiones los daños que sufre una persona al lanzarse al agua son mortales y, otras veces, provocan lesiones medulares que arrastrarán de por vida, casi siempre tetraplejias. Es algo que todos sabemos y aun así no deja de suceder.

Al margen de estos casos tan graves, ¿no hay peligro en lanzarse al agua de golpe y hacer un poquito el Tarzán? Pues sí, lo hay y no es de despreciar. «Una mala zambullida no tiene que acabar en una lesión medular para causar daños graves. Entre salir ileso y romperse el cuello existe un amplio abanico de traumatismos que también pueden requerir atención sanitaria, inmovilización, cirugía, rehabilitación o un período prolongado de recuperación», advierte Judith Sánchez Raya, médica rehabilitadora de la Sociedad Española de Rehabilitación y Medicina Física (SERMEF).

Lo primero que hay que saber para evitar problemas al lanzarnos a lo loco es que el agua no siempre es un colchón: «Una entrada mal calculada, realizada desde cierta altura o con el cuerpo en una posición inadecuada puede provocar una desaceleración brusca y transmitir una fuerza considerable al organismo», apunta. A veces, el agua se comporta literalmente como un muro de hormigón. Esto se explica debido a dos realidades físicas. La primera es la incompresibilidad del agua: sus moléculas ya están tan juntas unas de otras que no se pueden apretar más para dejar sitio físico a nuestro cuerpo. Así que si por la altura de la caída o a una velocidad de salto elevada vamos muy rápido... el agua no tiene tiempo de apartarse y ofrece una resistencia similar a la de un cuerpo sólido.

La desaceleración brusca es el otro concepto físico que explica la «dureza» del agua: cuando el cuerpo choca muy rápido contra el agua, se frena mucho en milisegundos y la energía de la velocidad a la que caíamos se transforma en un impacto tremendo que se transmite de golpe al organismo. Explicado el proceso por el que no hace falta chocar contra algo sólido para sufrir daños, repasemos las consecuencias más comunes de zambullirnos mal, choquemos contra algo o no.

Daños «retrasados»

Además de todo tipo de traumatismos directos —nariz fracturada, dientes rotos... todo ello notorio desde el primer momento, el impacto directo sobre la cabeza o la flexión forzada del cuello también pueden causar fracturas o luxaciones vertebrales «aunque no siempre exista desde el primer momento una lesión medular evidente o síntomas neurológicos reconocibles», indica la doctora. «Por este motivo, el dolor cervical, dorsal o lumbar tras una zambullida debe valorarse, especialmente cuando es intenso, limita el movimiento o aparece acompañado de hormigueos, debilidad o pérdida de sensibilidad», destaca.

Oídos, un clásico

El barotrauma por el cambio brusco de presión al entrar al agua es uno de los hits del verano. Se produce por zambullirnos rápido y mal —de lado o con la cabeza ladeada— o a mucha profundidad. Entonces, el tímpano sufre y se inflama o se congestiona. Sentimos el oído taponado, dolor, pérdida de audición temporal y pitidos, los acúfenos. Normalmente, se pasa en unos días, pero es mejor consultar porque en ocasiones hay sangrados internos o perforación de tímpano, en cuyo caso un nuevo baño puede ser una muy mala idea.

Presión por los senos

La clásica y dolorosa sensación de «se me ha subido el agua a la cabeza» (barotrauma sinusal) es también muy habitual. Se produce en los senos paranasales —cavidades huecas llenas de aire ubicadas en los huesos del cráneo, alrededor de la nariz y los ojos— cuando tienen los conductos de ventilación taponados por un resfriado o por alguna alergia y son incapaces de regular la presión cuando nos sumergimos al agua. Descongestionantes y analgésicos recetados por un profesional suelen bastar para solucionar el problema.

Esos latigazos en el cuello

Los esguinces cervicales y el latigazo muscular —contracciones bruscas para proteger la cabeza tras una mala entrada—, sin llegar a daño medular, también son muy frecuentes.

El hombro las paga

Luxaciones de hombro, muy habituales al tirarse con los brazos mal extendidos hacia adelante, o contusiones costales por el clásico «planchazo» que todos conocemos son de lo más común. «En los saltos desde mayor altura, las entradas planas y violentas contra el agua también pueden producir luxaciones en cualquier extremidad», indica. Estas lesiones no deben considerarse simples molestias: una articulación luxada o un daño musculoesquelético pueden provocar dolor intenso, pérdida de movilidad, incapacidad temporal y secuelas funcionales.