Siete artículos de opinión de expertos sobre la trascendencia de la misión Artemis 2
SOCIEDAD
Diez días ha durado un viaje histórico hacia la Luna en el que los cuatro astronautas han batido el récord de distancia desde la tierra
12 abr 2026 . Actualizado a las 16:28 h.Orion conseguía amerizar con éxito y con ello se ponía fin a un histórico viaje de 10 días alrededor de la Luna, un territorio al que el ser humano ha regresado tras más 50 años desde la última misión y de la que se sacará información para lograr el objetivo final de las misiones Artemis: establecer una base permante en nuestro satélite. En esta travesía, los cuatro astronautas: Christina Koch, Victor Glover, Reid Wiseman y Jeremy Hansen han batido el récord de distancia desde la Tierra con 406.771 kilómetros y han podido documentar la cara oculta de la Luna, bautizando dos nuevos cráteres lunares, uno de ellos como Carroll, la esposa fallecida del comandante Wiseman. Así han ido contando los expertos de La Voz este hito para la humanidad:
¿Por qué no volvimos a la Luna?
BORJA TOSAR, ASTROFÍSICO
Una de las preguntas que más nos hacen a los astrofísicos: ¿Por qué no volvimos a la Luna? Y aunque alunizamos cinco veces más, es cierto que desde el Apolo 17 en 1972, hace más de 50 años, no volvimos. No volvimos porque los viajes a la Luna eran una competición entre Estados Unidos y la Unión Soviética; llevar gente a la superficie de nuestro satélite era la meta para demostrar qué sistema político era el mejor. Al alunizar, los americanos ganaron y ya no había excusa para seguir pagando las gigantescas facturas que llegaban desde el programa espacial, por eso no volvimos. En economía y política, hay muchos indicadores para poder comparar países: el PIB, el IPC, la inflación, la tasa de paro... ¿Por qué la carrera fueron los viajes a la Luna? Porque es lo más difícil que podemos hacer los humanos; es la mayor empresa posible, perfecta para dos superpotencias queriendo demostrar algo. Hoy volvemos por otra carrera entre Estados Unidos y China. En la última década, China ha demostrado la capacidad de su programa: ha construido una estación espacial, ha enviado sondas a la Luna, incluyendo la cara oculta, y también están en Marte. China quiere hacer un alunizaje tripulado en 2030; algunos creemos que van bien y van a conseguirlo.
Pero puede que esta carrera sea diferente, puede no ser solo una demostración. La meta ya no es solo la Luna, sino su Polo Sur, donde hay unas pequeñas áreas ideales para establecer una base permanente. Son las cimas del cráter Shackleton, donde hay acceso a los dos recursos imprescindibles para tener una base: la energía, a través de paneles solares, y el hielo perpetuo de los cráteres lunares. El que llegue primero cogerá la mejor parcela y no hay muchas buenas, apenas un par. Una vez establecidos, la próxima meta serán los asteroides; la baja gravedad lunar permite acceder a estos cuerpos de forma mucho más eficiente que desde la Tierra. El interés en este caso pasa a ser ya el acceso a recursos valiosos; en la superficie de los asteroides abundan las tan cotizadas tierras raras, que son la base de la tecnología de nuestra civilización. Quien primero tenga minería de asteroides tendrá abundancia de estos elementos con los que poder hacer muchos centros de datos para IA, robots y, en general, todo lo necesario en tecnología, poseyendo una ventaja importante contra otras naciones que tengan que seguir explotándolos en la Tierra.
Quizás, en este caso, no sea una demostración, sino una consecuencia; puede que el primero en establecerse en la Luna se convierta en la nación más poderosa ya no de la Tierra, sino del sistema Tierra-Luna.
Pero esta noche lo que llena mi cabeza al ver el lanzamiento es la aventura. Cuatro personas subidas a lomos de casi mil toneladas de combustible, ardiendo bajo el control de un cacharro con miles de piezas móviles, soportando cuatro veces el peso de su cuerpo en una aceleración antinatural, para ir a otro mundo, no hay aventura más grande. ¡Buen vuelo!
Artemis II: la trascendencia del viaje
MARCOS PÉREZ, DIRECTOR DE LOS MUSEOS CIENTÍFICOS CORUÑESES
En diciembre de 1968, tres astronautas a bordo del Apolo 8 lograron dar varias vueltas alrededor de la Luna y contemplaron por primera vez su cara oculta. Aquel viaje nos dejó una fotografía inolvidable en la que la Tierra aparece como un pequeño globo azul levantándose sobre las desoladas llanuras de nuestro satélite. La imagen resulta conmovedora, sobre todo porque revela la fragilidad del hogar que compartimos. Apenas siete meses más tarde, otros dos astronautas dieron sus primeros pasos sobre la Luna.
La hazaña se repitió en otras cinco ocasiones, hasta que en 1972 la NASA canceló el programa Apolo por su elevado coste, por agotamiento del entusiasmo popular y porque, al fin y al cabo, el éxito era llegar antes que los soviéticos.
Casi sesenta años más tarde, el programa Artemis busca reproducir el éxito de las misiones Apolo, en esta ocasión ganándole la mano al programa espacial chino. El camino ha estado plagado de incidentes, críticas por los sobrecostes y problemas técnicos derivados de reutilizar componentes de los transbordadores espaciales que llevan almacenados más de quince años. Sin embargo, las dificultades de Artemis no son tanto el resultado de la falta de capacidad de la NASA como de los delicados equilibrios políticos y económicos necesarios para que un programa de esta magnitud mantenga el apoyo durante varias legislaturas. No en vano, otros dos programas de regreso a la Luna fueron cancelados antes por cambios de criterio gubernamental tras unas elecciones. Más allá de las tribulaciones técnicas y de la sensación de déjà vu que provoca la vuelta a la Luna, mucha gente se pregunta si este esfuerzo merece la pena.
Por una parte, hemos de reconocer que Artemis es una iniciativa pacífica que promueve la colaboración entre varios países, lo que no es poca cosa en los tiempos que corren. Además, proyectos como este son una fuente de innovación que siempre acaba revirtiendo en la industria aeroespacial y en otros sectores económicos. Pero, al mismo tiempo, hay motivos que justifican el escepticismo. Por una parte, las encuestas revelan que la población de EE.UU. considera que los objetivos de la NASA deben orientarse al avance del conocimiento científico, la protección frente al impacto de asteroides y el estudio del clima terrestre. Los programas de astronautas, por contra, aparecen muy abajo en la lista de prioridades. Además, el clima social y político seguramente contribuya a atenuar el fervor popular.
La incapacidad del presidente estadounidense para transmitir cualquier asomo de trascendencia, junto a la desmesura del ego y las ambiciones de algunos de los líderes de la industria espacial, hacen que los logros en este ámbito provoquen más indiferencia —cuando no rechazo— que admiración. En estos momentos se echan de menos presencias como las de Yuri Gagarin, Sally Ride o Carl Sagan, quienes inspiraron a generaciones enteras encarnando los valores de curiosidad, valentía y pasión por compartir la experiencia del espacio. Esperemos, en cualquier caso, a ver qué fotografía nos traen los tripulantes de Artemis.
Nací tarde para Apolo, pero justo a tiempo para Artemis
ANDREA SANTOS LOPEZ, LICENCIADA EN DERECHO, CONTRACTS MANAGER EN REDWIRE SPACE EUROPA
¡Luces, cámara y acción! El ensayo general tuvo lugar el miércoles 1 de abril. Mismo destino, mismas ilusiones, pero diferente momento histórico. Cincuenta y tres años después de la misión Apolo 17, volvemos a gritar a los cuatro vientos: ¡volvemos a la Luna!
Artemis II despegó a bordo del cohete más potente jamás construido por la NASA, el Space Launch System (SLS). El SLS no solo va cargado de combustible, que supone el 85 % de la masa total al despegue, también va cargado de toneladas de esperanza transportadas por cuatro astronautas en la nave Orion. Ellos encarnan a toda la humanidad en un viaje de más de 370.000 kilómetros durante unos diez días. Artemis no es solo una misión, es un gran paso hacia un objetivo que durante décadas parecía ciencia ficción: convertirnos en una especie interplanetaria.
Y como se suele decir, a la tercera va la vencida. Pues no. En el tema lunar parece ser que será a la cuarta. Artemis IV tendrá una de las tareas más complejas del ingenio humano en la historia de la exploración espacial. Será la misión que llevará a la humanidad de vuelta a la superficie lunar, y ello incluye el desarrollo de una estación espacial llamada Puerta Lunar (también Puerta Cis-Lunar o, en inglés, Lunar Gateway).
Esta estación lunar será el primer hábitat en microgravedad para humanos en el espacio profundo. Se trata de un proyecto internacional liderado por la NASA, en colaboración con la Agencia Espacial Europea (ESA), la japonesa JAXA y la canadiense CSA. Estará formada por varios módulos, cada uno con funciones clave para la vida y la investigación en el espacio.
Centrémonos en el módulo International Habitat (I-HAB o iHab). Este módulo permitirá la convivencia de hasta cuatro astronautas y servirá como laboratorio para estudiar la sostenibilidad en el espacio profundo. Estará equipado con sistemas de soporte vital, protección frente a micrometeoritos y blindaje contra niveles elevados de radiación, un desafío constante más allá de la órbita terrestre.
El I-HAB se está desarrollando bajo la coordinación de Thales Alenia Space, junto a un consorcio internacional de empresas. Entre ellas se encuentra Redwire Space, empresa americana de defensa e infraestructura espacial en la que lidero negociaciones como principal contracts manager en Europa. Participamos en la construcción de elementos clave como el sistema de acoplamiento y las compuertas del módulo IHAB. La complejidad del proyecto es enorme: múltiples actores, intereses y dependencias técnicas que hacen que cada decisión tenga un efecto en cadena que exige una gran coordinación. Más coordinación implica, inevitablemente, más negociación, pero supongo que eso es lo que lo hace divertido para mí.
Es un momento histórico para estar vivos. Durante un viaje de diez días, Orion orbitará la Luna, haciéndonos posar nuestros ojos y esperanzas en nuestra próxima futura parada: Marte. Como jurista especializada en derecho espacial internacional, pero también como parte de esta industria, la emoción es difícil de describir. Y no es solo mía: es, sin duda, compartida por toda la humanidad.
La geología de la Luna: lo que sabemos y lo que aún debemos descifrar
PABLO NÚÑEZ FERNÁNDEZ, GEÓLOGO. MIEMBRO DE LA JUNTA DIRECTIVA DE LA FEDERACIÓN EUROPEA DE GEÓLOGOS
Cuando miramos a la Luna, la conversación suele gravitar hacia la épica tecnológica. Sin embargo, como geólogo, considero necesario cambiar el foco. No es casualidad que el único científico que ha pisado la Luna, Harrison Schmitt en el Apolo 17 en 1972, fuera además geólogo, convirtiéndose en el referente de lo que nuestra disciplina aporta a la exploración espacial. El verdadero reto no es llegar a ella, sino descifrar en profundidad los secretos de su subsuelo. El conocimiento científico nos invita a dar un paso más: pasar de la exploración superficial a una verdadera investigación geológica. Existen evidencias de que el regolito lunar alberga elementos clave, y avanzar en su estudio es una prioridad científica.
Durante décadas, la Luna fue un territorio exclusivo para la ciencia básica. Hoy, ese paradigma evoluciona gracias a los datos de sondas y misiones robóticas. El satélite empieza a revelarse como un espacio geológico natural de enorme interés. El foco de la investigación no es plantear una extracción a gran escala hacia la Tierra, sino comprender cómo se formaron estos elementos y desarrollar tecnología para procesarlos in situ, abriendo la puerta a una presencia humana sostenible en el espacio.
El activo sobre el que recae la mayor certeza científica es el agua. Las investigaciones han confirmado la existencia de hielo en los polos lunares. Desde una perspectiva de recursos, este hallazgo lo cambia todo: no solo es vital para futuros asentamientos, sino que puede disociarse para fabricar combustible en el propio satélite.
Pero si hay un elemento que concentra los esfuerzos de investigación prospectiva, ese es el helio-3. El regolito lunar —la capa de polvo y rocas de la superficie— está impregnado de este isótopo. En la Tierra es prácticamente inexistente, pero su potencial es inmenso: se postula como el combustible ideal para los futuros reactores de fusión nuclear, ofreciendo energía limpia y segura. Las estimaciones apuntan a reservas que garantizarían energía para siglos.
A esto sumamos evidencias de elementos críticos para la tecnología. Los análisis espectrométricos indican que la superficie lunar alberga tierras raras, platino, hierro y magnesio. El objetivo científico es desarrollar tecnología para procesar estos materiales en el entorno espacial y construir infraestructuras in situ.
Como profesionales de las ciencias de la Tierra, observamos este escenario con fascinación. El desafío es desarrollar un conocimiento geológico profundo que permita entender y gestionar estos recursos bajo marcos éticos y científicos rigurosos. Empecemos a escuchar a la Tierra, sí, pero avancemos en el estudio geológico de lo que nos depara la Luna.
Cuando el Sol se escondió detrás de la Luna
DANIEL MARÍN, ASTROFÍSICO Y DIVULGADOR CIENTÍFICO
A las 1.07 hora peninsular española del 7 de abril, la tripulación de la misión Artemis II, Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen, se convirtieron en los seres humanos que han viajado más lejos de la Tierra, al pasar sobre la cara oculta de la Luna. La nave Orión alcanzó una distancia de la Tierra de 406.780 kilómetros, superando el récord del Apolo 13 en 1970. que era de 400.171 kilómetros. Los astronautas pudieron contemplar con sus ojos la cara oculta de la Luna, siendo los primeros seres humanos que pueden ver esta parte del satélite en el siglo XXI. Veinticuatro astronautas de las misiones Apolo también vieron esa cara oculta con sus propios ojos, pero no la zona por la que pasó Artemis II. Durante el sobrevuelo de la Luna, la cara oculta estaba iluminada un 21 %, aproximadamente.
La tripulación propuso además nombrar dos cráteres con los nombres de Carroll e Integrity. Integrity es el nombre que los astronautas le han puesto a la nave Orión de Artemis II, mientras que Carroll es el nombre de la esposa del comandante Reid Wiseman, fallecida en el 2020. La tripulación anunció esta propuesta en una emotiva transmisión, tras la cual se fundieron en un abrazo colectivo. Entre las 0.44 y las 1.25 horas se perdieron las comunicaciones con la nave, al situarse la Luna entre la Tierra y Orión. Esta fase ocurrió mientras las comunicaciones se canalizaban a través de las antenas de la Red de Espacio Profundo de la NASA, situadas en Australia. Los astronautas pudieron ver cómo la Tierra se ponía detrás de la Luna y, luego, cómo salía por el otro lado. Entre las 2.35 y las 3.32 horas observaron el Sol ponerse detrás del satélite; son lo que son los primeros humanos que contemplan un eclipse de Sol desde la Luna. Durante el sobrevuelo, los astronautas observaron la superficie lunar con cámaras Nikon D5 y Z9 y con sus propios ojos.
La tripulación hizo turnos de una hora, durante los cuales dos astronautas observaban la Luna y los otros dos los apoyaban desde más atrás. La cápsula permaneció a oscuras durante la observación para permitir adaptar la vista. Luego, al sobrevolar el hemisferio nocturno de la Luna, efectuaron otro experimento consistente en observar la superficie en busca de destellos provocados por el impacto de meteoros o pequeños asteroides.
Artemis II regresará el viernes a la Tierra. Realizará una reentrada atmosférica a casi 11 kilómetros por segundo, una entrada mucho más rápida que la de las naves que vuelven desde la Estación Espacial Internacional, que van a unos 8 kilómetros por segundo. La reentrada será un momento crítico, porque durante la misión Artemis I el escudo térmico sufrió un desgaste mayor del esperado. Si todo sale bien, la cápsula amerizará en el océano Pacífico, frente a las costas de San Diego.
Artemis ha terminado, ¿y ahora qué?
ÁLEX RIVEIRO, divulgador científico, autor del pódcast Astrobitácora y de los libros «Hacia las estrellas» y «Más allá de las estrellas»
En la madrugada del viernes al sábado, vimos el regreso a la Tierra de la tripulación de la misión Artemis II. Ahora, la agencia espacial estadounidense se prepara para analizar toda la información recogida a lo largo de estos diez días.
Por primera vez, en más de medio siglo, hemos visto a cuatro seres humanos viajar más allá de la órbita baja (la región que abarca, aproximadamente, entre 200 y 2.000 kilómetros de nuestro planeta). Ha sido una misión de prueba, con el objetivo de entender mejor la cápsula Orión, certificar su viabilidad para llevar una tripulación y, por supuesto, allanar el camino para ese ambicioso objetivo, en el 2028, de regresar a la superficie de la Luna.
Sobre el papel, los pasos a seguir están bien definidos: aplicar las lecciones aprendidas a los procedimientos y diseño de la cápsula Orión (en cuestiones como los problemas recurrentes en el aseo) y preparar todo para Artemis III, que debería lanzarse en el 2027. Era, originalmente, la misión en la que veríamos el esperado regreso a la Luna, pero ahora su cometido será ligeramente diferente.
En su lugar, se centrará en probar la capacidad de acoplamiento de la cápsula Orión con Starship o Blue Moon. Estas dos naves, que se encuentran todavía en desarrollo (por parte de las compañías SpaceX, de Elon Musk; y Blue Origin, de Jeff Bezos, respectivamente) serán las responsables de llevar a la tripulación de Artemis IV desde la órbita de la Luna a la superficie del satélite.
La mayor incógnita está, precisamente, en este punto. Originalmente, Starship sería la encargada de llevar a la tripulación en Artemis III. Sin embargo, en busca de una mayor agilidad, la NASA anunciaba, hace solo unas semanas, que ahora la nave encargada será la que esté lista en primer lugar. ¿El inconveniente? Cabe la posibilidad, muy real, de que ninguna de las dos naves esté lista para esta misión de prueba en el 2027. Algo que, por fuerza, obligaría también a posponer Artemis IV.
Las noticias, en este sentido, no son especialmente alentadoras. SpaceX sigue trabajando en el desarrollo de Starship, pero todavía no hemos visto ningún lanzamiento de prueba en el 2026, y se habla de que podría no llegar antes de mayo o junio. Blue Origin, por su parte, todavía no ha comunicado cuándo podría empezar a probar su nave. Esto hace que nos encontremos en una situación un tanto extraña. Mientras EE.?UU. busca regresar a la superficie de la Luna y reafirmar su dominio en el campo de la exploración espacial tripulada, China trabaja en conseguir enviar su primera misión tripulada a la superficie lunar. El gigante asiático ya ha dejado claro su objetivo: 2030.
Por si no fuera suficiente, están trabajando ya en el desarrollo del cohete y la cápsula responsable de este propósito. Por lo que, en muchos sentidos, podemos hablar de una segunda carrera espacial (en un ambiente muy diferente al de la Guerra Fría, afortunadamente). ¿Quién se alzará con la victoria? Estados Unidos anunciaba, a bombo y platillo, que veríamos seres humanos en la superficie de la Luna en el 2024 (la fecha original de Artemis III) y solo acumula retrasos. China, sin embargo, aunque mucho más conservadora en sus plazos, no destaca por acumular retrasos… Así que, seguramente, en el 2030, como tarde, veamos de nuevo seres humanos en la Luna. La pregunta es… ¿de qué agencia espacial?
Artemis 2: más cooperación y menos competición por ver quién llega primero
ALEJANDRO CARDESÍN MOINELO, DOCTOR EN CIENCIAS Y TECNOLOGÍAS ESPACIALES
Por fin, después de más de 50 años, hemos vuelto a la Luna, o al menos, hemos pasado muy cerca, y mucha gente no entiende por qué hay tanto revuelo si esto ya se hizo hace décadas. Efectivamente, esta misión parece poco importante en sí misma, pero marca el inicio de un nuevo y apasionante programa de exploración espacial. Este «pequeño paso para el hombre» lo será ahora también para la mujer, y supondrá el primero de muchos más pasos que nos llevarán, no solo a pisar la superficie de la Luna, sino a construir una base lunar estable, usar sus recursos naturales, y plantearnos en pocos años la posibilidad de pisar otros planetas. Aunque enviar humanos a Marte sigue siendo ciencia ficción, este es el pistoletazo de salida a una nueva carrera espacial, ahora más abierta y con China como principal competidor, que quizá pueda convertir esta ficción en realidad.
Sin embargo, desde la comunidad científica se oyen muchas críticas y reticencias ante este nuevo programa espacial, que genera sentimientos encontrados, y no podemos negar un sabor agridulce por la manera en que se ha diseñado este programa Artemis. Los grandes programas científicos se rigen por comités internacionales que definen y priorizan las preguntas clave para la humanidad, los datos que son necesarios, las tecnologías y las misiones a desarrollar en las próximas décadas. Sin embargo, Artemis no se ha basado en prioridades científicas, sino en criterios geopolíticos estratégicos, de una manera parecida a como se desarrolló la carrera espacial hace 50 años en el marco de la Guerra Fría. Ahora el objetivo claro de EE.UU. es volver a la Luna antes que los chinos, pero la participación científica es casi inexistente. Las misiones seguramente aportarán datos y tecnología muy útiles para la ciencia en un futuro, pero esto podría, y debería, hacerse en el marco de una cooperación internacional y no como una competición a ver quién llega primero.
El problema, además, es que la exploración humana es extremadamente cara, e incluso innecesaria para afrontar la mayoría de las prioridades científicas actuales, que podrían resolverse con satélites y misiones robóticas como llevamos décadas haciendo de una manera extremadamente eficiente y por un coste muchísimo menor. Estas misiones tripuladas despiertan la fascinación de la sociedad, pero los astronautas tienen la mala costumbre de respirar, comer e ir al baño (con una enorme complejidad como se ha visto con el famoso y problemático retrete espacial). La sociedad no es consciente de que el coste de llevar y mantener vivos a estos astronautas durante una semana ha supuesto la cancelación de muchísimas otras misiones científicas internacionales, y está poniendo en riesgo la viabilidad de muchos otros programas de investigación en temas tan críticos como la monitorización del cambio climático que nos influye a todos en la Tierra.
Los investigadores, obviamente, apoyamos cualquier desarrollo tecnológico que nos permita facilitar el acceso al espacio y recibiremos con los brazos abiertos los nuevos datos que nos permitan mejorar nuestro conocimiento del sistema solar, pero no debemos olvidar que el principal promotor de este programa es el gobierno de Trump, que está usando el espacio como una herramienta propagandística más, y esperamos que no exporte fuera de la Tierra las estrategias geopolíticas agresivas (y bélicas) que ya está llevando a cabo en nuestro planeta sin ningún respeto por el derecho internacional o por la comunidad científica