Sylvester Stallone, un héroe traumatizado por un padre brutal y un hijo muerto

Óscar Belategui MADRID / COLPISA

SOCIEDAD

Sylvester Stallone y su mujer Jennifer Flavin.
Sylvester Stallone y su mujer Jennifer Flavin. DANNY MOLOSHOK | REUTERS

El actor de «Rocky» no esconde el lado amargo de una vida triunfal en «Sly», un emocionante documental estrenado en Netflix

19 nov 2023 . Actualizado a las 05:00 h.

Si Arnold Schwarzenegger tiene su serie documental en Netflix, Sylvester Stallone no podía ser menos. A sus 77 años, el padre de Rocky y Rambo hace memoria en una película de hora y media de aliento hagiográfico -su protagonista figura como productor ejecutivo-, en la que hasta Tarantino y Schwarzenegger alaban sus méritos cinematográficos. Sin embargo, Sly resulta más amarga de lo previsto. Constata que un icono del folklore estadounidense está condenado a repetir una y otra vez el mismo papel y emergen dos figuras trágicas en su vida: un padre brutal del que no recibió amor y su hijo Sage, fallecido en 2012 a los 36 años.

Ya estrenada en la plataforma,  arranca con Stallone queriendo reinventarse a una edad en la que otros dormitan en el asilo. Para ello, decide vender su mansión de Beverly Hills, que compró la cantante Adele por 58 millones de dólares, comprometiéndose a cumplir una condición del propietario: no quitar la estatua de Rocky que preside la piscina, a semejanza de la que corona las escaleras del Museo de Arte de Filadelfia. Mientras los operarios de la mudanza embalan la increíble colección de arte moderno y los cientos de retratos, figuras e imágenes del actor que pueblan la casa, prueba de un ego descomunal, Sly echa la vista atrás. Después de 65 años sin pisarlo, regresa al barrio de Nueva York en el que creció.

Recuerda a su padre, «siempre con chaqueta y corbata, como un personaje de Arthur Miller», un peluquero casado con una cigarrera de un club nocturno, el Diamond Horseshoe, que era la que traía el dinero a casa. Cuando Jacqueline Stallone rompió aguas en un autobús la llevaron a un hospital de caridad. El parto fue una chapuza y el pequeño Sylvester nació con los músculos de la boca paralizados, de ahí su eterna expresión. Frank Stallone, el hermano cantante, cuya carrera quedó eclipsada por la de Sly, rememora gritos y discusiones. Nuestro hombre creció entre el internado y los cines, donde soñaba con tener los músculos de Steve Reeves, el Hércules que a finales de los 50 y comienzos de los 60 fue el actor más taquillero del mundo.

Tras trece colegios en doce años, incluida una escuela militar, estudió interpretación en la universidad. En una representación de Muerte de un viajante un profesor le dijo que tenía algo, que debería dedicarse en serio a ser actor, un consejo que cambió su vida. Durmió en portales y estaciones, pidió limosna y recorrió agencias de representación, donde no sabían qué hacer con ese cachas de mirada caída. Su matón en Bananas de Woody Allen queda como prueba de la «mierda de papeles» que le ofrecían. Trabajaba de acomodador en cines, grababa el sonido de las películas y después escribía guiones en casa. Solo en Días felices (The Lords of Flatbush) (1974) le permitieron improvisar, adelantando, en opinión de Tarantino, el personaje de Rocky que llegaría dos años después.

Stallone contaba apenas 30 años cuando su boxeador de los suburbios de Filadelfia lo convirtió en el mayor ídolo italoamericano desde Frank Sinatra. Su acierto fue aceptar una suma ridícula como pago del guion a cambio de un porcentaje del 10 % sobre los beneficios en taquilla y exigir el papel protagonista, que United Artists ofreció a Paul Newman y Burt Reynolds. Sly intuyó que, tras el escándalo Watergate y la caída de Nixon, el público americano necesitaba no ya optimismo, sino recobrar la propia estima. Y con su gramática parda y su conmovedora fuerza de voluntad, esas eran justamente las cualidades que derrochaba Rocky Balboa, exaltación del espíritu del underdog, del que Hollywood volvería a ofrecer un taquillero ejemplo al año siguiente: el Tony Manero de Fiebre del sábado noche.

Nadie recuerda que Rocky pierde. Y que la cinta de John G. Avildsen ganó tres Oscar (película, director y montaje; Stallone estuvo nominado como actor y guionista). «Rocky no va de boxeo, es una historia de amor», remarca Stallone en el documental. El fracaso de sus dos filmes posteriores, FIST. Símbolo de fuerza y La cocina del infierno, le obligaron a volver a calzarse los guantes y subir al ring. La última de la secuelas del púgil es de hace tan solo cinco años, Creed II. La leyenda de Rocky. El público no ha querido verle en otros registros. Lo mismo sucedió en los 80 con John Rambo, el ex-boina verde veterano de Vietnam, capaz de sobrevivir en un medio hostil sin otras armas que el coraje y el ingenio. El personaje que necesitaba la América de Reagan tras el débil mandato de Carter. La última entrega es del 2019: Rambo: Last Blood.

«Mi sueño no ha resultado ser como esperaba», confiesa Stallone. «Pensaba que en la cima de la montaña todo serían cielos azules. Y no». Sage Stallone, fruto del primer matrimonio del actor con Sasha Czack, intentó labrarse una carrera después de que su padre lo lanzara en Rocky V. Apareció muerto en su casa entre basura a los 36 años. Los informes médicos hablaron de una muerte por causas naturales (un infarto por culpa de la arteriosclerosis), aunque el documental no da ninguna explicación y se limita a señalar con pudor la fecha de la muerte del mayor de sus cinco hijos.

La película favorita de todos los tiempos de Stallone es, sorpresa, El león en invierno, la reunión de Enrique II con sus tres hijos para decidir quién va a sucederle. No es fácil adivinar que se debe identificar con el colérico Ricardo Corazón de León, encarnado por Anthony Hopkins. «El león en invierno me recuerda a mi padre. Es la película más extraordinaria que hay sobre la necesidad humana del amor recíproco», reflexiona el actor, que vence el pudor revelando emocionantes imágenes familiares de su padre derribándole sin piedad en un partido de polo, además de mostrarle en su lecho de muerte. «Cabrón, ahora me dices que debería ser amable, como si hubieras tenido una epifanía de despedida», se sincera Sylvester Stallone, que toda su vida y todas sus películas se las ha pasado buscando un padre como Rocky.