26 de enero de 1938, el día que el cielo de Galicia se tiñó de rojo

SOCIEDAD

El astrofotógrafo gallego Óscar Blanco captó una aurora boreal en marzo del 2015 durante su viaje a Islandia. La transición entre el invierno y la primavera y el verano y el otoño es una buena época para verlas por las horas de luz siempre que haya un pico de actividad solar
El astrofotógrafo gallego Óscar Blanco captó una aurora boreal en marzo del 2015 durante su viaje a Islandia. La transición entre el invierno y la primavera y el verano y el otoño es una buena época para verlas por las horas de luz siempre que haya un pico de actividad solar Óscar Blanco

Se cumplen 85 años de la primera aurora boreal registrada en la historia de la comunidad

25 ene 2023 . Actualizado a las 20:26 h.

Lalín, madrugada del 25 al 26 enero de 1938. Los habitantes corren inquietos a casa del astrónomo Ramón Aller para tratar de obtener información sobre la extraña luz roja que inunda todo el cielo. Aller tranquiliza a la multitud. «Díxolles que era un fenómeno raro, pero natural producido pola radiación solar sobre a atmosfera e que non se preocuparan que nunhas horas xa pasaría», explica José Ángel Docobo, director del actual Observatorio Astronómico Ramón María Aller de la Universidad de Santiago que lleva el nombre del célebre matemático y sacerdote.

Los vecinos de Lalín, como el resto de los gallegos, observaron aquella noche una aurora boreal, un espectáculo luminoso también conocido como «luces del norte». Un suceso inédito que el propio Aller ilustró en un dibujo que acompañó de una descripción. «A las 0 horas y 15 minutos aparecen encima del brillo crepuscular magníficas cortinas rojizas formadas de rayas destacadas y marcadas a intervalos por otras rayas más claras con estrías blancas. El aspecto es de una belleza y delicadeza sorprendente», mencionaba el texto del astrónomo. «Posteriormente dúas notas súas foron publicadas en revistas importantes de astronomía como Astronomische Nachrichten e L' Astronomie», destaca Docobo.

Dibujo de Ramón Aller. El padre de la astronomía gallega tenía 60 años cuando inmortalizó a mano la aurora que prendió el cielo de Lalín, su pueblo natal.
Dibujo de Ramón Aller. El padre de la astronomía gallega tenía 60 años cuando inmortalizó a mano la aurora que prendió el cielo de Lalín, su pueblo natal. Observatorio Astronómico Ramón María Aller

Las auroras son un espectáculo de la naturaleza tan hermoso como escurridizo que solo se pueden ver en determinados lugares y situaciones específicas. Se producen cuando las partículas procedentes del Sol son atraídas por el campo magnético de la Tierra que por su diseño natural desplaza esas partículas hacia los polos. Cuando interactúan con los átomos y moléculas de la atmósfera se genera una energía que se traduce en luz y que puede verse desde el suelo.

Suelen ser habituales en las regiones polares de ambos hemisferios cuando aumenta la actividad solar. Desde las latitudes medias raramente son visibles. «Daquela aínda se estaba na influencia do máximo de actividade solar que tivera lugar entre abril e xuño de 1937, pero é que ademais a mediados de xaneiro de 1938 apareceu sobre o disco solar unha enorme mancha que podíase ver a simple vista. Todo isto foron condicións moi favorables para un importante incremento da intensidade do vento solar», reconoce Docobo.

Las auroras se presentan de diferentes colores. El más habitual suele ser el verde, pero desde Galicia el tono dominante fue el rojo. «Habitualmente dende latitudes baixas só se poden ver as partes máis elevadas das auroras e a máis de 200 quilómetros de altura imperan as colisións das partículas solares co osíxeno atmosférico que proporcionan esta cor. As cores verdosas e azuis adoitan aparecer a alturas menores e a súa cor débese ao choque de fotóns emitidos por nitróxeno ionizado con átomos de osíxeno», explica Docobo.

Hoy se cumplen 85 años de aquella noche mágica en la que cielo se tiñó de rojo eléctrico. Habría que esperar medio siglo para poder presenciar nuevamente el fenómeno. La segunda aurora boreal registrada en la historia reciente de la comunidad se produjo el 13 de marzo de 1989. La posibilidad de poder verlas en el futuro es poco probable, pero no imposible, aunque dependerá directamente de la actividad del astro rey. «Unha condición necesaria para que podan verse auroras na nosa latitude é que esteamos preto dun máximo de actividade solar, que se producen aproximadamente cada once anos. Pero non é unha condición suficiente, ten que acontecer algo máis, por exemplo que ese máximo sexa destacable ou que aparezan grandes manchas na superficie do Sol como pasou en xaneiro de 1938», concluye el astrónomo.