Día de Todos los Santos en Galicia: «Mi padre me pidió que no dejara la tumba de mi madre sin flores»

M. Mosteiro / A. Martínez / E. Silveira / E. Araújo / E. de la Barrera / C. Cortés / F. Ulloa / R. Estévez SANTIAGO, VIGO / LA VOZ

SOCIEDAD

Los camposantos han amanecido engalanados en este día de homenaje y recuerdo hacia los que ya no están

01 nov 2022 . Actualizado a las 19:51 h.

Jornada para el recuerdo en todos los cementerios de Galicia en esta jornada de Todos los Santos. Desde hace días son muchos los que han acudido a los camposantos a limpiar y engalanar lápidas, tumbas y nichos, pero el 1 de noviembre siempre es un día especial.

En Santiago, los floristas confirman que no paran. Antonio Louzán, de Lilas, asegura que desde el pasado sábado «es un no parar» y, aunque el día principal suele ser el de Todos los Santos, explica que «este año el fin de semana se movió mucho. Hay mucha gente, pero está viviendo más tarde que en el fin de semana». Por su experiencia junto al cementerio de Boisaca, Antonio considera que las visitas a los familiares están cambiando. «Antes venían más familias con los niños, ahora no se ven tantos», aunque, en su opinión, aquella era una manera de «transmitir a los niños la necesidad de honrar» a los muertos. A la hora de elegir las flores, Louzán no duda en que «es un día en el que no se escatiman gastos. Ahora se busca colorido. Se venden más centros y ramos, porque es posible mezclar más flores de más colores. Si llevas los paquetes, hay menos opción de elegir colores», detalla.

Antonio Louzán, de la floristería Lilas
Antonio Louzán, de la floristería Lilas XOAN A. SOLER

El colorido del que habla Antonio Louzán se percibe nada más entrar en el cementerio de Boisaca. En prácticamente todos las sepulturas y nichos hay flores de todos los tipos y colores. Predominan los centros encargados a los profesionales, pero también se ve a muchas personas preparando con mimo las composiciones en las jardineras de las sepulturas y nichos. Una de ellas es Milagros Fernández Castro, que permanece en silencio junto a la sepultura de su hija, fallecida en el 2014: «Tenía 44 años. Pienso en ella todos los días, pero hoy es más duro que otros. No sé la razón, pero venir aquí me da una sensación de paz que no se explicar». Esther, que perdió a sus padres hace 12 años con una diferencia de tres meses, describe la misma sensación: «Vengo cada 15 días porque me da paz. Hablo con ellos, y me marcho con la sensación de haber hecho algo bueno. Da tranquilidad». Ramón González no faltó al compromiso con su madre, fallecida hará en diciembre dos años, y a la que visita en fechas señaladas, como en el día de su santo «que fue el 12 de octubre, o en su cumpleaños. Hoy hay que venir», señala. Lucía Rodríguez tampoco falta «a la promesa que le hice a mi padre. Me pidió que no dejara la tumba de mi madre sin flores. Él venía todos los meses, pero ahora está enfermo y vengo yo». A su madre le gustaban los crisantemos amarillos, «así que los encargué para asegurarme de que los había, aunque mi padre siempre que podía le traía también nardos», comenta.

M.Moralejo

Os Ninguéns recuerda a los sintecho en Vigo

El cementerio de Pereiró ha acogido este mediodía un acto que ya se ha convertido en una tradición. Miembros del colectivo Os Ninguéns han honrado a las personas sin hogar que murieron en las calles de la ciudad en la más absoluta soledad. Sin nadie que los quiera, ni nadie que los reclame, el Concello tiene para ellos un espacio reservado en el camposanto, donde son enterrados sin ningún tipo de ceremonia emotiva y con una cruz numerada como única forma de identificarlos. 

Por eso, cada año, este colectivo que defiende a las personas más empobrecidas de la ciudad les hacen un homenaje porque también merecen una despedida digna.

Afortunadamente, este año no ha habido que añadir ninguna placa con nombre a ninguna tumba con una cruz y un número. Al menos que Os Ninguéns sepa, nadie ha muerto en la calle en lo que llevamos de 2022. El año pasado fueron tres las personas sin hogar que fallecieron a la intemperie.

No obstante, los miembros de este colectivo han vuelto a reivindicar su deseo de evitar que ninguna persona viva sin un hogar y que las instituciones públicas «garantan o acollemento residencial e unha vivenda que sexa confortable e duradera», según han expresado en un manifiesto.

Historias de Todos los Santos en A Coruña: «Seis rosas blancas, una por cada bisnieto, a la matriarca de la familia»

San Amaro se llenó de flores y castañas en un día en el que la alcaldesa destacó la labor de los docentes y a dos personas vitales en la infancia de Pablo Picasso, Isidoro Brocos y Gumersindo Pardo

Elena Silveira

El Día de Todos los Santos amaneció brillante. Casi primaveral. Y eso hizo que los coruñeses se levantaran temprano para acudir a los cementerios para rendir homenaje y recordar a sus seres queridos ya fallecidos. «Pon el ramo un poco más abierto». ¡Cuidado! no lo tuerzas que se cae el agua!».«Mejor cambia esas flores de sitio, que así parece que son muy pocas», comentaban algunos de los que este festivo acudieron al camposanto de San Amaro. El ir y devenir de gente fue fluido, constante y tranquilo durante todo el día, aunque a partir de las doce del mediodía se notó una mayor afluencia y agentes de la Policía Local comenzaron a regular el tráfico en los pasos de cebra más conflictivos.

También madrugó, como ya es tradición, Sergio Gallego Tesouro, que desde las ocho de la mañana estaba con el carrito de las castañas a la entrada de San Amaro. «Teño 77 anos e levo no oficio 63. Na familia vendemos xeados, churros, castañas... E dos nove irmáns que somos catro temos este negocio», confirma. Dice que este año las castañas vienen no muy grandes, pero sí sabrosas. Y lamenta que, con el tiempo, se vaya perdiendo esta tradición. «Xa case non quedan castañeiros. A xente nova non quere traballar. É duro porque hai que star na rúa, pero máis perigoso é estar no andamio ou no mar», comenta.

Elena Silveira

Antes, cuenta, hacían los típicos collares de castañas que se ponían los niños el día de Todos los Santos. Pero esa tradición también se va perdiendo. Algo que también confirma Eva Fariñas, una de las gerentes de la Floristería Calo. «Muchas familias que vienen a recoger los encargos florales traen a sus niños vestidos de Halloween, con las cestitas para el truco o trato. Nosotros tenemos a la entrada bombones y chocolates para los más pequeños, porque es una tradición que ya se ha arraigado. Sin embargo, ninguno viene con ese collar de castañas que es una tradición mucho más nuestra», dice. Ella y sus compañeros llevan desde las siete de la mañana en la tienda, atendiendo a los clientes. Dice que algunos llevan preparando este día más de un mes, limpiando y adecentando tumbas, nichos o criptas. Y encargando incluso los ramos o coronas que quieren para honrar a sus seres queridos. Sobre lo que más han vendido este año, confirma que es el crisantemo de bola grande. «Puede durar entre cuatro y cinco semanas y, dependiendo de cómo sea de grande, puede costar entre 3,50 a 6 euros la unidad. Es una flor buenísima, con mucha tradición aquí. Lo habitual es tenerlas en amarillo y blanco, pero todo se renueva y para este día de Todos los Santos también las teníamos en fucsia, tonos rosados y caldero», explica. 

Elena Silveira

El camposanto se llena estos días de historias familiares entrañables. Aunque algunas también son dramáticas. La que cuenta Elena Moreno Campoamor es más bien fraternal. Ella y sus dos hijas visitan desde hace años la tumba de su madre, María Luisa Campoamor. Las hijas fueron teniendo descendencia y ahora, los seis nietos (de entre 9 años y los mellizos de ocho meses), acuden como una tradición a ponerle «seis rosas blancas, una por cada bisnieto, a la matriarca de la familia». Elena, Matilda, Jacobo, Tomás, Gonzalo y Mencía toman la visita como un día especial, como una tradición que los ha ido uniendo todavía más. «Yo venía a ver cómo estaban las flores de la bisabuela. Las habían sacado y le hemos puesto estas otras frescas», dice la mayor de los críos. Y Matilda fue a enseñarle el oso de arco iris que «nació» el pasado 7 de agosto en un viaje a Londres. Elena Moreno, rodeada de tanta vida, comenta con una mezcla de nostalgia y esperanza que «mientras se van unos vienen otros...».

Historias de Todos los Santos en Ferrol: «Venir a la tumba de mis hijas y nieto es algo que me permite estar en paz y por eso lo hago mucho»

José Calvo cumplía hoy en soledad con el ritual de presentar sus respetos a sus familiares en Catabois; algo que acostumbraba hacer en compañía de su mujer, que actualmente padece alzhéimer

Elba de la Barrera

Entre las familias, parejas y grupos de asistentes al cementerio municipal de Catabois en esta jornada martes, festivo de Todos los Santos, destaca la ceremonia con la que José Calvo Martínez adecentaba una lápida, ubicada en una de las últimas calles del cementerio municipal, a primera hora de la mañana. Tijeras de podar en mano, el ferrolano se afana en colocar un ramo de flores blancas en la jardinera de uno de los nichos. «Esta tumba es de una tía mía, que no tiene a nadie que le traiga flores y yo estoy encantado de poder hacerlo», determina. No es esta, no obstante, la única visita que ha realizado al camposanto de Catabois en los últimos días, según detalla. 

José Calvo es un habitual del cementerio de Catabois, al que acude con regularidad.
José Calvo es un habitual del cementerio de Catabois, al que acude con regularidad. JOSE PARDO

«Es la segunda vez que vengo, ya estuve aquí el domingo para traerles un gran ramo a mis hijas y mi nieto, que están un poquito más arriba», relata José que es, además, de esos habituales de la necrópolis ferrolana, más allá de fechas señaladas. « No es que vayamos a arreglar nada con nuestras visitas, pero venir a sus tumbas es algo que me deja tranquilo, en paz conmigo mismo y por eso lo hago mucho», apostilla Calvo.

Una costumbre que, señala, lleva ejerciendo desde que era pequeño y que ha decidido mantener con el paso de los años. «Siempre venía acompañado de mi mujer, Josefina, pero actualmente le diagnosticaron alzhéimer y casi no sale de casa. Así son las cosas», expone visiblemente afectado. Porque para José, más allá de rendirle tributo a los suyos, es también importante sacar tiempo para aquellas personas que, de un modo u otro, marcaron su vida. «Ahora voy a ir a la tumba de la que fue la primera jefa que tuve cuando empecé a trabajar; tenía 15 años», detalla el ferrolano, que rememora con nostalgia sus primeras andanzas en el mercado laboral, dentro sector de la fabricación de gaseosa. «Ahora está todo muy cambiado, pero siempre me acuerdo de aquella época y de lo bien que se portó mi superior conmigo y por eso le he traído también a ella unas flores de la finca», subraya.

Recordar por dos

Con paso firme José se dirige también al punto en el que descansan sus dos hijas, Dolores y Conchi. Un gran centro de rosas rojas y pequeñas margaritas preside el sepelio, al que Calvo acudió también en el día de ayer para pasar un rato en silencio. «Estas flores son compradas, hazles una foto para que se vean bien», solicita. Según relata, ya hace más de medio siglo que en ese nicho reposan los restos de Conchi, una hija a la que su mujer y él perdieron a muy corta edad: «Falleció de recién, tenía solo dos meses. Fue allá por el año 1967 y fue un palo porque nosotros estábamos recién casados y su muerte nos afectó mucho». 

José Calvo riego el centro que compro para la tumba de sus hijas y su nieto.
José Calvo riego el centro que compro para la tumba de sus hijas y su nieto. JOSE PARDO

En enero se cumplirán tres años desde que José sufrió otro varapalo. Y es que el adiós a su hija Dolores sumó una nueva razón para los desplazamientos constantes de este vecino de Ferrol al camposanto. «Traigo flores todo el año y vengo también a regar. Hasta tengo un pequeño almacén aquí para guardar las garrafas con el agua y demás utensilios», relata en referencia a un nicho vacío situado a continuación del de sus familiares. En ese mismo punto reposa también uno de sus nietos, Juan José, que se quitó la vida con tan solo quince años de edad. «Era un chico muy bueno, no daba ningún problema», rememora su abuelo con gran entereza. 

Actualmente, José y su esposa conservan un nieto y un bisnieto que, confiesa, «son todo lo que nos queda en la vida». Como habitual que es en Catabois, son muchos los transeúntes que se interesan por él mientras se dirige, provisto de su arsenal de flores y la tijera de podar, a su siguiente destino en el camposanto. «Como me sobran algunas flores, las voy a colocar en la cruz que hay en el centro del cementerio», expone a la par que camina a paso ligero. 

Sobre la posibilidad de que alguien tome su relevo en materia de cuidados en el cementerio, Calvo se muestra bastante escéptico aunque explica que es algo que sí le gustaría. Y es que esta es una cita a la que, detalla, solo faltó durante el confinamiento, tras el estallido de la pandemia. «No podíamos salir de casa y eso hizo que no me sintiese culpable y no me parase mucho a pensar en ello», concluye José, que actualmente, con la enfermedad de su esposa Josefina, es el encargado de recordar a los suyos por los dos. Una encomienda que asume con gusto y que va más allá de cualquier efeméride o festividad. «No me cuesta nada, al contrario. Es bonito ver esto cuidado», zanja.

Un día especial

Numerosas personas acudieron a Catabois para depositar flores en las tumbas de sus seres queridos.
Numerosas personas acudieron a Catabois para depositar flores en las tumbas de sus seres queridos. JOSE PARDO

Además de los habituales como José, desde primera hora de la mañana, el cementerio municipal de Catabois fue recibiendo a un nutrido número de familias y grupos que acudieron, como manda la tradición en Todos los Santos, para presentar sus respetos a aquellos seres queridos que ya no están. Abrazos, besos y, en algunos casos, algún que otro paseo para localizar la calle en la que se ubica el nicho familiar. «Vengo desde Pontevedra y esto está muy cambiado. Aquí tengo mucha familia y esta es una tradición que ejerzo desde que tengo uso de razón, pero me está costando encontrar el sitio exacto de algunas de las lápidas», señalaba uno de los asistentes al camposanto en la mañana de este martes.

Afluencia de familiares en el cementerio de Catabois por el día de Todos los Santos.
Afluencia de familiares en el cementerio de Catabois por el día de Todos los Santos. JOSE PARDO

El tiempo acompañó, además, a los más madrugadores que pudieron realizar sus plegarias y sacar lustre a los sepelios bajo los rayos del sol. El aparcamiento se convirtió, poco a poco y a medida que avanzaba la mañana, en punto de encuentro de muchos conocidos y la presencia de Policía Local y Protección Civil se hizo necesaria para evitar colapsos en la explanada del aparcamiento y en los accesos al cementerio municipal. 

El emotivo misterio de las flores que aparecieron en un panteón de Catabois

Detrás de cada una de las flores, sepelios y visitas congregadas en Catabois hay una historia de vida. Asó lo atestigua Mercedes Gómez, ferrolana residente desde hace veinticinco años en Madrid. Desde el fallecimiento de su padre, hace cinco años, sus visitas a la ciudad se han ido espaciando en el tiempo. No obstante, según detalla, en la mañana de este martes festivo ha podido estar más cerca de ellos, a través del gesto altruista de unos amigos de sus progenitores.  «No soy muy de cementerios, pero un amigo que vive en Vigo me mandó una fotografía del panteón de mis padres en Catabois lleno de flores y ese gesto me ha reconciliado con la vida y la buena gente», relata al otro lado del teléfono.

Esa imagen motivó que Mercedes se dispusiese a tratar de localizar a los responsables del arreglo floral en sepelio de sus padres. Una búsqueda que, según explica, le llevó a Francisco y Fina. Ambos eran amigos de sus padres, de la época en la que tenían un comercio en la calle Pardo Baixo. «Hablé con ellos por teléfono y se lo agradecí enormemente porque no solo hoy, sino que siempre que van se acuerdan de mis padres», subraya Gómez. 

Este acto altruista ha permitido que esta madrileña de adopción haya podido estar más cerca de los suyos en un día como el de hoy. «Este es un homenaje a la vida, a los amigos de verdad», concluye.

El día en el que los muertos unen a los vivos, así se celebra Todos los Santos en Ourense

Los cementerios ourensanos se convierten en Todos los Santos en punto de encuentro de familias y vecinos a los que la vida ha llevado lejos de casa

Fina Ulloa

Una vez que la niebla dejó paso a los cielos despejados, los cementerios de la capital ourensana comenzaron a llenarse de visitantes. Algunos, cargados con ramos, centros y otros arreglos florales, se disponían a adecentar las tumbas de sus seres queridos. Otros, ya con la tarea hecha en días previos, tan solo acudían a pasar unos minutos orando frente a esa última morada, recordando a aquellos que, aunque se fueron físicamente dejaron la huella del afecto y siguen formando parte de su vida. De hecho en muchos casos los ausentes se convierten en esta jornada de Todos los Santos en una especie de pegamento que ayuda a mantener unida a la familia. «En esta fecha nos juntamos. Es una tradición», relatan Flor Crespo y Antonio Silva. Este matrimonio ourensano tiene por costumbre visitar en el mismo día a los antepasados sepultados en San Francisco y a los del cementerio de As Caldas, en el barrio de A Ponte.

 

Flor y Antonio mantienen la tradición de reunirse a comer con la familia tras visitar el cementerio
Flor y Antonio mantienen la tradición de reunirse a comer con la familia tras visitar el cementerio Alejandro Camba

«Venimos por la mañana y luego vamos a comer juntos toda la familia», cuenta este matrimonio ourensano. La mesa de este año era para veinte comensales. Parecen muchos, pero es que además de hijos y nietos, Flor tiene cinco hermanos y y por parte de Antonio son otros cuatro, a los que hay que sumar los sobrinos. «Antes aún eran más porque venían incluso tíos que teníamos fuera. Recuerdo que una tía de Vigo siempre venía llena de caramelos. Nos ha quedado esa tradición de juntarnos y a mí me ha gustado inculcársela a mis hijos», explica Flor. Cuentan que el que viene de más lejos se desplaza desde Barcelona y que, aunque siempre hay momentos en los que la conversación deriva al recordatorio de anécdotas protagonizadas por los que se fueron, no es una cita triste sino todo lo contrario. «Son recuerdos entrañables, bonitos», apuntan.

Alfonso, con sus sobrinos, su hijo y su nieto Jaime, visitó la tumba de su madre y su hermano en San Francisco
Alfonso, con sus sobrinos, su hijo y su nieto Jaime, visitó la tumba de su madre y su hermano en San Francisco Alejandro Camba

Para otros, esta jornada es la excusa perfecta para volver a la tierra que los vio crecer. Es el caso de Alfonso Víctor González Docampo, cuyos orígenes familiares están en Souto de Rei (Cudeiro) y al que la vida lo llevó por varios países del mundo. «Después de la mili me marché a Inglaterra, estuve dos años en Londres y seis en Francia, en París. Me recorrí media Europa», relata. Cuenta que también tuvo oportunidad de conocer Rusia. «Estuve en San Petersburgo, que entonces era Leningrado; y en Brasil; y me casé con una escocesa», apunta. En el año 68 se instaló en Vigo, pero cada uno de noviembre acude al cementerio de San Francisco para visitar las tumbas de su madre y su hermano. Ayer lo hacía en una silla de ruedas, porque, a pesar de que a sus 85 años conserva un sentido del humor envidiable, las piernas ya no le responden en la misma medida. Pero eso no es un problema, porque Alfonso visita el camposanto acompañado de una pequeña comitiva compuesta por hijos, sobrinos e incluso su nieto Jaime.

Pero no solo los familiares se reencuentran entre las tumbas. Las exclamaciones de sorpresa entre dos mujeres de aproximadamente la misma edad, delata que hacía tiempo que no se veían. Tanto que se explican la una a la otra los hijos que tuvieron y quién es la persona que les acompaña. Unos metros más arriba un anciano muestra a un adolescente dónde estaba la tumba de su abuela. Pero no todos los que acuden a San Francisco un día como este tienen familiares a quien recordar. Un ejemplo es Bel Santos, una joven fotógrafa natural de Bueu que pasó buena parte de la mañana en este cementerio ourensano. Cuenta que reside en Ourense desde hace una década y que prácticamente desde que llegó se sintió seducida por el lugar. «Intento venir siempre entre el 31 y el 1. Es un proyecto personal que no sé si en algún momento publicaré. Este es un cementerio que a mí me parece impresionante, espectacular», apunta. Explica que esta es una jornada en la que el camposanto cobra vida. Y, aunque no retrata rostros de los visitantes ni tampoco las inscripciones de las lápidas para preservar la intimidad de quienes descansan en él, consigue instantáneas interesantes. «Siempre que vengo encuentro algún detalle, algo que me llama la atención y lo fotografío», matiza. Este martes un timbre, como los que antaño estaban en las recepciones de los hoteles y que alguien dejó sobre una lápida, atrajo especialmente su interés. Bel tiene sentimientos encontrados sobre esta jornada. «Por un lado pienso que es un poco farsa que solo haya flores y nos acordemos de visitarles hoy. Es como si pesase más la apariencia y que no se diga que nuestra lápida no está tan limpia y adornada como la del vecino. Pero por otro lado también se ven muchas emociones. Yo creo que para los gallegos este día es muy especial, lo llevamos muy dentro, y hay gente que lo vive muy intensamente y se les nota en la cara», relata.

Historias de Todos los Santos en Arousa: «Sobre mi tumba fría no depositéis flores», el deseo lanzado a la eternidad desde una lápida de Cambados

Los epitafios y las tumbas, las flores y los rituales de la muerte dicen mucho sobre quienes pueblan los cementerios arousanos, que este martes recibieron miles de visitas

Rosa Estévez

Murió con más de noventa años, pero mantuvo intacto su buen humor y su urbanidad a prueba de bombas. «Perdone que no me levante», dice una lápida, que imaginamos de un ceremonioso caballero, en el cementerio municipal de Rubiáns. Hay quien dice que una frase muy parecida a esa recibe a quienes visitan la tumba de Groucho Marx, pero no es así: este es uno de tantos «falsos epitafios» atribuidos a famosos que luego se hacen realidad en cualquier rincón del mundo, como Vilagarcía de Arousa.Este martes, ante la losa de mármol negro en la que estaba impreso ese guiño a la posteridad, había un centro de crisantemos y blancos y rosas rojas. Era el día de Todos los Santos. Esa extraña jornada en la que los vivos invaden el territorio de los muertos, en el que hablan las flores y las piedras.

Desde primera hora, el ajetreo fue intenso en los camposantos de la comarca. A pesar de que las previsiones de Meteogalicia daban una tregua de sol durante la mañana, quien más y quien menos quiso cumplir con el ritual cuanto antes, para tener los deberes hechos en caso de que se desatase la lluvia. Antes de las once de la mañana ya había en Rubiáns ajetreo, aunque es verdad que en algunas calles del camposanto el crujido de la grava era el único ruido que se escuchaba. También en Santa Mariña, el cementerio más famoso de la comarca por razones obvias, hubo ajetreo desde bien temprano. Aquí, ante las ruinas, bajo las ruinas y junto a las ruinas, las tumbas florecieron: ramos, centros de flores y un sinfín de faroles que deben alumbrar estos días y estas noches a las almas difuntas, demostrándoles que aún hay quien las recuerda. Aunque hay quien, como Carmen, no quiere saber nada de esos adornos. Carmen ocupa un nicho cerca de la entrada trasera del cementerio. Sobre el mármol blanco que lo tapa reza: «Sobre mi tumba fría no depositéis flores, vana ilusión de un día son sus colores». Y sigue el verso: «Una oración os pido, y mil perdones». Carmen, de la que no consta ni el apellido ni el año de nacimiento, fue clara a la hora de expresar sus deseos. «Andei moito, naide me decía nada; só eu sabía o que me esperaba», se lee en otro rincón de Santa Mariña, un cementerio en el que la tumba de la mujer de Valle-Inclán y de su hijo aún reciben flores en Todos los Santos.

Martina Miser

También los vivos usan las lápidas como lienzo de su dolor, como deposito de su memoria. Puede haber poemas, recuerdos, fotos y composiciones sobre quién era la persona que yace al otro lado de la fría piedra. En Rubiáns, por ejemplo, en una se reproduce al aún joven ocupante de un nicho practicando surf. En Santa Mariña, una aguja y un ancla hablan de la atadora que allí descansa. Son códigos, homenajes, mensajes para la memoria y el tiempo.

Historias de Todos los Santos en Monforte: «Me fui hace 50 años, pero nunca dejaré de venir al cementerio el 1 de noviembre»

Emigrantes que vuelven,  flores que se repiten desde hace casi veinte años... las historias personales del día Todos los Santos en Monforte

Carlos Cortés

Hace más de medio siglo que Fernando Rodríguez se marchó de Monforte, pero cada 1 de noviembre se le puede ver en el cementerio municipal. La del día de Todos los Santos es una de las citas a las que no falta nunca. «Vivo fuera desde hace más de 50 años, pero mientras pueda seguiré viniendo cada 1 de noviembre -promete-, porque aquí están enterrados mis seres queridos». Fernando es una de las miles de personas que este martes acudieron al cementerio de Monforte, en una jornada en la que no llegó a haber grandes aglomeraciones, ni en este ni en los demás camposantos del sur de Lugo. La cercanía al fin de semana hizo que muchos optasen por adelantar el día de su visita para dejar flores en las sepulturas de sus familiares.

Fernando Rodríguez hizo esta vez su visita anual al cementerio municipal de Monforte acompañado por su mujer, Feli González, y por Aurora García, una de sus cinco hermanos. De los cinco, solo dos viven en Monforte. Aurora está en A Coruña, otro en Sevilla y Fernando en Madrid, donde se jubiló hace unos años después de una vida laboral larga y diversa que estrenó en 1965 en Suecia, primero como friegaplatos y después como cocinero y sumiller, y que terminó como autónomo en la capital de España.

Fernando y los suyos no vuelven solo cada 1 de noviembre, porque conserva casa aquí y la utilizan con frecuencia, pero la de Santos es una de las fechas que no perdonan. Y no tiene ninguna intención de dejar de hacerlo. Lo que sí admite cambiar es el medio de transporte. Hasta ahora siempre ha venido en coche, pero puede que el próximo año ya haga el viaje en tren: «Vamos a comprobar que tal funciona el AVE».

Crisantemos blancos y una rara flor morada

El festivo del 1 de noviembre trae a Monforte a oriundos de aquí que han hecho su vida fuera, como Fernando Rodríguez, pero es sobre todo una conmemoración para los locales. Como Juan Arias y María Jesús Gómez, que son de los que cuidan especialmente la decoración de flores que traen para las sepulturas en las que descansan sus seres queridos.

Las flores de las tumbas de los familiares de él resultan fáciles de reconocer, porque son distintas a las habituales y siempre son las mismas. Desde que murió su hermana en el 2003 encarga invariablemente el mismo centro, hecho con 20 crisantemos blancos y 24 liatres de color violeta. El crisantemo es una de las flores estrella del día de Todos los Santos, pero las liatres moradas hacen que este centro parezca distinto. «Es un diseño que se me ocurrió a mí y siempre se lo encargo a la misma floristería -explica-, porque las flores de liatre no son fáciles de encontrar».

Como ellos, gente de todas las edades visitó ayer todos los cementerios del sur de Lugo. En el caso del de Monforte, el más grande de todo el sur de Lugo, la Policía Local estableció un dispositivo permanente de control del tráfico en la entrada principal. De todas formas, este 2023 no ha sido de grandes multitudes en los camposantos. En algunos casos, hubo casi tanta gente el sábado y, sobre todo, el domingo como ayer. Muchos aprovecharon que el día 1 caía esta vez cerca del fin de semana para adelantar su visita y evitar posibles aglomeraciones que finalmente no se produjeron.

De todas formas, los que no quisieron esperar tuvieron que vérselas este fin de semana con un tiempo más adverso que el del propio día 1. En el cielo se vieron muchas nubes, pero no llegó a llover y la mayor parte de la mañana lució el sol.

Sepulturas en el cementerio municipal de Monforte, inaugurado a comienzos del siglo XX.

Tres mil historias olvidadas que salen a flote en el cementerio de Monforte

LUIS DÍAZ

La parte vieja del cementerio municipal de Monforte, por la trascendencia de muchas personas allí enterradas, debería contar con algún tipo de protección. El PP dejó caer esa posibilidad en el pleno celebrado el pasado lunes, durante el debate sobre la necesidad de una ordenanza que regule la conservación de las sepulturas. Semanas antes, el investigador local Felipe Aira había llamado la atención en su cuenta de Facebook sobre el patrimonio cultural que esconde el cementerio. Y es una voz autorizada para hacerlo. En los últimos años recopiló información sobre alrededor de 3.000 personas allí enterradas. «Gente —explica— que por una u otra razón puede considerarse relevante». Ayudado por otros colaboradores, ha ido localizando las tumbas con vistas a la posible creación de un itinerario guiado.

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Tumbas sin flores, los cementerios municipales de Ames, Teo y Oroso, apenas tienen difuntos

La población del área metropolitana de Santiago, más joven que la media, no tiene los mismos hábitos funerarios y apenas compra sepulturas

Emma Araújo

En una cultura como la nuestra la muerte está muy presente, lo que provoca que cada 1 de noviembre los cementerios se conviertan en un hervidero de vida. Pero todo tiene excepciones, y la imagen de un camposanto rebosante del olor y el color de las flores no es, ni de lejos, la que arrojan estos días los cementerios municipales de Ames, Teo y Oroso. La razón es muy simple, ya que los tres son de reciente construcción, y los dos últimos nacieron bajo el paraguas del Plan E del año 2008.

Disponer de este servicio sin vinculación a credo alguno es una obligación para ayuntamientos de más de veinte mil habitantes, una exigencia que solo debe cumplir Ames, pero, como también Teo tiene mucha población nacida fuera de su territorio, tener tumbas para enterramientos se convirtió en una necesidad. Y esta costosa obligación pudo materializarse con el citado Plan E.

XOAN A. SOLER

Los datos de los propios concellos, y las escasas tumbas floridas de estos cementerios, confirman la escasa demanda y el mínimo uso que tienen en estos momentos. Así, el cementerio de Ames, ubicado en Os Batáns, cerca de Bertamiráns, es el más grande de los tres al disponer de 2.031 tumbas construidas, pero solamente están adjudicadas treinta mediante la fórmula de concesiones administrativas por 25 o 75 años. Doce de ellas corresponden a sepulturas individuales y nueve a panteones, con tres nichos cada uno y un cenicero. A estos espacios funerarios hay que añadir quince ceniceros independientes. También hay doce sepulturas (diez nichos, una tumba y un depósito de cenizas) que tienen concesiones temporales no renovables por cinco años, a los que se suma un nicho de adjudicación directa por beneficencia.

La situación del cementerio de Teo, con 579 sepulturas y ubicado en Montouto, es muy similar. Tiene 32 nichos vendidos de forma individual, dos panteones (tres sepulturas cada uno) y seis ceniceros independientes. Y solamente en torno al 50 % de estos depósitos funerarios están ocupados, ya que la adquisición de un nicho con años de antelación es una costumbre cada vez más en desuso.

En cuanto a Oroso, su cementerio municipal tiene veinte panteones adjudicados y en cada uno de ellos hay cuatro depósitos funerarios. Y quedan pendientes de arrendar otros 55, lo que supone 222 sepulturas  a la venta. En este cómputo no están incluidas las que el Concello se reserva para situaciones excepcionales y personas sin recursos, un servicio que todos los cementerios públicos deben estar en condiciones de prestar.

Manolo, a pie de la tumba de su María, en el cementerio de San Mauro en Pontevedra.

Ocho años sin fallarle ni un día a su María en el cementerio de Pontevedra

María Hermida

Se llamaba Eladina García Morgade. Para muchos era Digna. Y su marido, Manolo Méndez, de Pontevedra, le llamaba simplemente María. Esta mujer, pese a que murió en abril del 2014, le sigue dando la vida a su Manolo, que peina 92 años en una cabeza sobre la que llevó gorra desde niño. Lo reconoce él mismo: «De non ser por ela igual estaba metido nunha cama. Pero grazas a María levántome cada día e veño ao cemiterio vela. Teño que vir... que era a miña muller», dice con orgullo. Y así lo hace. Desde que murió su María, hace ya ocho años, Manolo no le falla ni un día en el cementerio. Solo se quedó en casa a cuenta del confinamiento, y le costó la vida hacerlo, tal y como contaba a La Voz en el año 2020

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