La pobreza se agrava en Galicia: «Este invierno va a ser muy duro»

SOCIEDAD

MARCOS MÍGUEZ

La subida de precios ha llevado a muchas familias a tener que recurrir a las entidades sociales, que reconocen que están desbordadas por la demanda

29 oct 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

El último informe sobre el Estado de la Pobreza en Galicia 2021, de la Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social (EAPN Galicia) arroja datos preocupantes. A pesar de las medidas sociales que se pusieron en marcha a raíz de la pandemia, el riesgo de exclusión está aumentando entre las mujeres y alcanza el 34 % para los niños y jóvenes.

Los datos se reflejan de forma clara en la cruda realidad: las entidades sociales no logran cubrir una demanda creciente de ayuda agravada por dos factores: el disparatado aumento de los precios y la inmigración. Natalia González, coordinadora del banco de alimentos de Ourense, confirma que el aumento de demanda tiene mucho que ver con la llegada de inmigrantes. «En algunas ciudades ha aumentado considerablemente la demanda por esta causa. Suele venir mucha gente de Sudamérica en los meses de verano, y hay zonas del centro donde sí que ha aumentado la lista de familias solicitantes».

Pero al margen de esto, la cruenta escalada de precios está dejando a muchas familias al borde de la miseria. «Aunque la gente trabaje —añade Amadora Núñez, del Banco de Alimentos de Lugo— el problema es que los precios son tan brutales que no te alcanza para nada»; y apunta a un sector muy vulnerable, las familias monoparentales. «Tú imagínate: una familia monoparental con dos niños: cole, libros, ropa, calzado, material escolar... Y luego tienes que pagar el alquiler, pero te viene un recibo de luz que te puedes morir. Después vas al súper y te ha subido todo una barbaridad. ¿Qué importa que ganes 600 euros trabajando? Porque además, si eres mujer, madre, con niños, no puedes coger la jornada completa. Y así estamos, con el pie encima del cuello siempre».

La demanda de usuarios de los bancos de alimentos no para de crecer. «Las donaciones bajan y cada vez cuestan más —explica Mariquiña, del Banco de Alimentos Rías Altas—. El perfil ha cambiado, porque hay gente que antes no utilizaba este tipo de servicios y ahora lo tiene que hacer porque, aunque trabajen, si vive una familia con un sueldo de mil euros con los recibos del gas, la luz... ¿Qué comen?»

María Tabarés, presidenta del comedor social de Cáritas Ourense, confirma que la situación «empieza a ser preocupante». «La realidad es que a partir del verano hemos duplicado el gasto. Ya nos hemos gastado el presupuesto de este año. Volvemos a estar en un reparto de raciones como a nivel de pandemia, pero con unos precios mucho más disparados, claro. La situación es muy complicada porque quedan todavía los peores meses, en los que suele haber más afluencia de gente porque se incrementan los gastos en luz y de calefacción, Los sueldos no suben y la gente no puede hacer frente a sus gastos».

En este comedor los servicios están sobrecargados. «El comedor estaba dimensionado como para 250 raciones diarias y estamos haciendo 400 y pico. Eso supone más personal, más gente entrando y saliendo... Llevamos una temporada que vamos de crisis en crisis. Nuestro programa de ayudas y acogida se han vuelto a disparar y lo vemos con preocupación, porque detrás de cada demanda hay una familia que lo está pasando mal».

Tabarés intuía que esto iba a pasar, «pero no esperaba que empezase tan pronto». «Yo creo que el invierno que viene va a ser duro, no tanto por las entidades como por las personas que atendemos, que son lo más importante».

A su juicio, de poco sirve subir el salario mínimo o crear un ingreso mínimo vital si se dispara la inflación, y no cree que la solución esté en las ayudas. «Yo creo que la solución tiene que venir de base —concluye—, soy más partidaria de tener un trabajo que me garantice unos ingresos dignos que no tener que vivir de ayudas, porque eso es depender de otros, y un trabajo te dignifica».

«Cuando vemos a alguien que acaba en la calle nos parece algo muy lejano, pero a ellos también se lo parecía»

 Quienes trabajan a diario en entidades sociales son testigos de historias que demuestran que cualquiera puede acabar en la calle por un mal golpe de la vida. José Luis, responsable del servicio de comidas de La Sal de la Tierra, en Vigo, reconoce que «la cosa va mucho más allá de no tener para comer, hay situaciones muy graves, se ve el deterioro de la gente». La semana pasada llamó a su puerta una pareja joven a primera hora de la mañana. Estaban durmiendo en la calle. «Le puede pasar a cualquiera, cuando vemos a alguien nos parece algo muy lejano, pero ellos también les parecía que no les podía pasar, y de repente te ves en esa situación. Hay coberturas, pero no te llegan». Desde la pandemia, en esta entidad solo dan comida para llevar. Ahora no podrían atender a todo el mundo de forma presencial, «porque se juntaría la comida con la merienda». De momento cubren la demanda para atender a unas setenta personas diariamente. «Hasta ahora podemos hacerlo, aunque los precios de los alimentos se han disparado y cada vez es más difícil».

Pablo Sánchez, trabajador social de la Cocina Económica de A Coruña, reconoce que hay sobredemanda de ayuda. «Por momentos nos vemos un poco justos por logística, porque no estamos preparados para cocinar tanta cantidad de comida y con la calidad que queremos, así que nos vemos comprometidos».

Desde esta entidad corroboran que la situación, lejos de ser algo puntual, se está cronificando. «Las previsiones no son buenas —dice Sánchez— porque la situación socioeconómica a nivel mundial está teniendo consecuencias directísimas en la vida de las personas y de las familias. Y en el caso de España parecía que había una situación mejor que en otros países, pero ahora parece que ese pronóstico positivo tiene matices e incluso se difumina por momentos».

Las personas que atienden en la Cocina Económica suelen cobrar prestaciones sociales que no resuelven su situación. «El ingreso mínimo vital está en 565 euros. Hace tres años esto sería una cuantía suficiente para que una persona pudiese hacer compra para cubrir la alimentación la mitad del mes. A día de hoy esto ya no es viable».

En cuanto al perfil de personas que atienden en la entidad, Pablo Sánchez explica que el creciente flujo migratorio tiene mucho que ver con los nuevos usuarios, pero también el de personas «con baja cualificación que trabajaron en lo que pudieron y, a poco que se mueva el mercado laboral se quedan descolgados, no tienen cabida».

«25.000 euros se nos han ido en un poco de leche, aceite, huevos, yogures y galletas»

Con la cesta de la compra por las nubes, los bancos de alimentos de Galicia ven cómo cubrir la demanda de las personas que necesitan ayuda se hace cada vez más complicado. «¿Que si cubrimos la demanda? Pues no damos hecho —asegura Natalia González, del Banco de Alimentos de Ourense—. Estamos un poco a la baja de donaciones, porque todo está subiendo y a la gente le cuesta más colaborar. Es lógico. Los alimentos de la cesta básica, como son las galletas, el azúcar, la leche, el aceite... ha subido a casi al doble que hace un año, y la verdad es que se nota. Ha bajado el número de donaciones y el volumen de las que se hacen».

Estas donaciones son las que les sirven para hacer la compra, pero ahora no alcanza. «Acabamos de hacer un gasto de cerca de 25.000 euros y no nos da para cubrir todas las necesidades. Este dinero se nos ha ido en un poco de leche, un poquito de aceite, huevos, yogures y galletas. Solo es para cubrir la falta de stock que teníamos, la compra no nos da para repartir a todos. Cuando antes con 12.000 euros podíamos casi hacer la compra de un camión de leche, ahora no llega».

Ellos, como el resto de los bancos gallegos, tienen que agradecer el apoyo de empresas gallegas y entidades sociales que aportan una parte importante del presupuesto. «Gracias a su apoyo salimos adelante —explica Amadora Núñez— la solidaridad ahora mismo es imprescindible».