Shanghái estalla en protestas tras 16 días de confinamiento absoluto por un repunte de coronavirus

Pablo M. Díez PEKÍN

SOCIEDAD

Atlas

A pesar del impacto económico y social, el régimen dice que no dejará circular el virus porque aumentaría una mortalidad que ya tenían controlada

13 abr 2022 . Actualizado a las 18:18 h.

La historia del coronavirus vuelve a empezar en China. Había logrado protegerse muy bien contra la pandemia tras controlar su estallido en Wuhan hace dos años, sin embargo, ahora sufre su peor brote desde entonces por la irrupción de la supercontagiosa variante ómicron, según informa Colpisa. Frente al rápido incremento de casos, y como si no hubiera pasado el tiempo, el régimen ha optado por la misma solución para frenar el pico: decretar un confinamiento no solo para los 25 millones de habitantes de Shanghái, sino para decenas de millones más en otras ciudades donde también se han comenzado a detectar casos.

El problema es que esta política de covid cero, que funcionó como medida de emergencia para atajar la propagación inicial, puede que no sirva para contener al subtipo BA.2 de ómicron, que ya circula por 28 de las 31 provincias del país y que es hasta un 30% más contagioso. Más difícil de detectar por la levedad de sus síntomas, la altísima capacidad de transmisión de la BA.2 es tan imparable como los resfriados de cada invierno, por lo que el resto del mundo ha decidido convivir con ella y «gripalizarla» gracias a la protección de las vacunas y de la inmunidad de grupo adquirida por los contagios de los dos últimos años.

Pero China, que había basado su blindaje en el cierre de fronteras y en unas vacunas propias que parecen menos efectivas que las occidentales frente a ómicron, no cuenta con dicha inmunidad de rebaño. Para colmo de males, el nivel de inoculación completa entre los mayores de 60 años no es tan alto como en Occidente y esta es la población más vulnerable. A tenor de los datos de la Comisión Nacional de Salud, frente al 56 % de los chinos con tres dosis entre los 60 y 69 años, la cifra baja hasta el 48 % entre los de 70 y 79 y se queda solo en el 20 % en aquellos que tienen más de 80.

Problemas con los mayores

Con más de 50 millones de personas mayores de 60 años sin la pauta completa y al menos 15 millones de octogenarios sin vacunar, el riesgo para China es que ómicron cause una sangría como la que sufre Hong Kong desde principios de año. Sin ataúdes en las funerarias, la excolonia británica presenta uno de los índices de mortalidad más elevados del mundo porque un 66 % de sus mayores de 80 años están todavía sin vacunar y una de cada cuatro infecciones se contabiliza como letal.

Con el precedente de los más de mil muertos diarios causados por el coronavirus en otros países en vías de desarrollo, superpoblados y con débiles sistemas sanitarios -como India, Indonesia o Vietnam- durante sus picos del año pasado, China se encuentra entre la espada y la pared: o covid o confinamientos masivos pese a su fuerte impacto económico y social.

La decisión está clara a la vista del cierre total de Shanghái, que representa el 3 % del PIB chino y aporta más del 10 % a su comercio total. Pero además de razones sanitarias, hay motivos políticos detrás. Durante estos dos últimos años, el régimen del Partido Comunista ha legitimado su modelo autoritario tras conseguir una mejor protección de la vida frente a la escabechina que el coronavirus desató en las caóticas democracias occidentales. Cambiar ahora la estrategia es impensable no solo porque dispararía la mortalidad, sino porque sería una peligrosa pérdida de prestigio en un año especialmente sensible. En otoño se celebra el XX Congreso del Partido Comunista y el presidente, Xi Jinping, que ha hecho de la política de covid cero una causa personal, se perpetuará en el cargo convirtiéndose en el dirigente más poderoso desde Mao.

Por ese motivo, hay que tomar con reservas las cifras del coronavirus, que parece haber obrado un nuevo «milagro» con el brote de Shanghái. Aunque la ciudad ha registrado más de 220.000 casos desde marzo, no ha notificado ni una sola muerte y asegura que la inmensa mayoría de contagiados son asintomáticos.

Las protestas

A medida que el confinamiento por covid-19 deja a sus residentes en aprietos para conseguir alimentos o recibir atención médica, los ciudadanos de Shanghái muestran desesperación y protestan por las condiciones que enfrentan. Las redes sociales, a través de las que se han publicado vídeos de denuncia, permiten hacerse una mínima idea de la pesadilla que se está viviendo en el lugar. 

Al hartazgo de la población por las restricciones y confinamientos de barrios y distritos, que empezaron a principios de marzo tras el estallido del brote, se suman las drásticas medidas del régimen para atajar la situación, en ocasiones «totalmente inhumanas». Así es cómo los internautas chinos definen las imágenes de niños separados de sus padres y enviados solos a centros de cuarentena después de dar positivo.

Por todo esto, la gente grita durante la noche en la ciudad más poblada de China, hay manifestaciones en las calles ante los agentes de seguridad -que incluso han derivado en detenciones- e incluso recurre al pillaje frente a las crecientes dificultades para el abastecimiento más esencial.

Mientras tanto, a las autoridades les preocupa que estas protestas, cada vez más agresivas y que incluso han derivado en detenciones, se extiendan por el resto del país como el propio virus. Aunque la mayoría de los casos se han identificado en Shanghái y Jilin, otras 29 provincias y municipalidades han reportado nuevos contagios. De hecho, los 18 millones de habitantes de la ciudad portuaria de Guangzhou tuvieron que someterse a pruebas obligatorias de covid-19, después de que se detectaran infecciones la semana pasada.