Un domingo con dos pinchazos en Pontevedra: el de la vacuna y el de la emoción

Hoy se inmuniza a centenares de personas de entre 60 y 65 años. Entran y salen en pocos minutos. Pero muchos se quedan para siempre con una imagen del recinto ferial que nunca pensaron ver


Redacción / La Voz

Jaime Alonso, de Poio y con 63 años sobre los hombros, llegaba en la mañana de hoy, domingo, al recinto ferial de Pontevedra, a la vacunación masiva frente al covid-19 para la que fue convocado, con ánimo y chispa. «¡Claro que vimos contentos, a ver que pasa aquí dentro!», señalaba mientras mostraba el carné en el control de entrada. A su lado, Loli, de la misma edad, vieja amiga del él y vecina de Xeve, que también iba a vacunarse. Entraron juntos (aunque guardando la distancia de seguridad), charlando del tiempo, de sus cosas, de la salud y la enfermedad. Pero, nada más cruzar la puerta del pabellón, les cambió la cara. Ellos, como casi todos, como cualquiera que asista a una de estas jornadas maratonianas de pinchazos, entendieron entonces que estaban viendo una imagen que nunca imaginaron. Y que ojalá no tuviera que producirse.

Allí, a la izquierda, en mesas, hasta siete profesionales vacunando a la vez, con los números de cada puesto sobre sus cabezas. A la derecha, sentados, los ya vacunados esperando los minutos de rigor tras el pinchazo. Y, en medio, los que como Loli y Jaime recibían indicaciones para ponerse a la cola y esperar por la inoculación. Todo perfectamente estructurado. Todo en orden. Todo tan milimetrado que parece casi de película. «É incrible que nos pareza normal ver isto... se nolo din hai máis dun ano non o cremos», comentaba Jaime con la voz entrecortada.

Les pincharon enseguida. Y Jaime y Loli tomaron asiento. Cerca de ellos estaba Carmen, también con 63 años y vecina de Ponte Sampaio, que viendo las filas para la vacunación reflexionaba también sobre todo lo ocurrido en el último año. Y, cómo no, se le encogía el corazón: «Ves a tanta xente poñéndose a vacina e parece que che da algo de esperanza de que todo isto se vai terminar, porque todos estamos desexando recuperar a nosa vida. Agora mesmo eu sinto que ando perdida e asustada cada vez que saio da casa. Necesitamos recuperar a nosa liberdade. Eu nin sequera me atrevo aínda a ir á compra e a miña filla, que xa está vacinada, non come con nós. Ogallá isto sirva para recuperar a nosa vida, con esa idea nos vacinamos», indicaba. 

Quienes reposaban tras la vacuna lo hacían sentados separados, como manda el protocolo. Había una excepción, la de Paco y Milagros, de O Grove, que permanecían juntos. Contaban que son matrimonio y que les tocó, con 63 años. inmunizarse a la vez. Señalaban que su principal meta es «ser libres, poder volver viaxar e estar coa familia». Y se quedaban también con esa imagen dominical del recinto ferial llena de filas para la inmunización: «¡Cantas cousas vivimos que non pensabamos que iamos vivir!», señalaban al unísono. Decían también que en ningún momento dudaron sobre si hay que vacunarse. Es más, casi les ofendía la duda: «¡Claro que hai que vir!», remachaban en esos minutos tras los pinchazos, que por cierto, no les «doeron nadiña». 

Ni Carmen ni otros vacunados tenían el mínimo interés en hablar del suero que les habían puesto, si se trataba de una u otra vacuna. «Hai que confinar no que nos din os médicos e os científicos», señalaba María Victoria, de Tomeza, que agradecía que hubiesen dejado pasar a su hijo al recinto porque ella es alérgica y tenía miedo a que le diese reacción el pinchazo. Si defendió la vacunación con un fármaco concreto, con AstraZeneca, el alcalde de Sanxenxo, Telmo Martín, que pasó el coronavirus en febrero, y que esta mañana, tal y como indicó el Concello que preside en las redes sociales, también se vacunó el pabellón pontevedrés con el suero citado, el que le corresponde a su edad. 

Sobre las doce y media, Jaime y Loli, que pasaron los minutos de reposo de la vacuna hablando de que a ver en qué momento vuelven las verbenas (Jaime reconocía que es un gran bailarín y que la pandemia ha frenado en seco su afición), enfilaban ya la salida del recinto ferial pontevedrés. Solo habían pasado unos veinte minutos desde que habían entrado; los suficientes para que el viento y los nubarrones dejaran paso a algún que otro rayo de sol, como si el cielo quisiese invitarse a ese canto a la esperanza que es la vacunación en tiempos de pandemia. 

 

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