Desirée Bela-Lobedde: «Me lo dijo una vez mi hija: 'Nos llaman minorías pero realmente somos más'»

La autora de «Ser mujer negra en España» acaba de editar su nuevo libro en el que explora discriminaciones invisibilizadas en las mujeres


redacción / la voz

Hay una minoría mayorizada y una mayoría minorizada. Esa es la idea de la que parte la escritora Desirée Bela-Lobedde (Barcelona, 1978) en Minorías (Ediciones B), un ensayo en el que aborda varios casos de mujeres sobre las que recaen simultáneamente varios tipos de discriminación. «Cuando en una persona coinciden diferentes fuentes de ello, como el género, la clase social, la raza o el origen, confluyen creando una forma única de discriminación», explica

-¿Las minorías son mayoritarias?

-Me lo dijo una vez mi hija, cuando tenía 9 o 10 años. Era el 8M y veíamos en la tele una marcha de mujeres sobre Washington. Se veía un montón de gente en las imágenes. «No lo entiendo. Nos llaman minorías pero realmente somos más», señalaba. Y realmente es así. Fuera del hombre blanco y heterosexual de clase media hay muchísimas personas. No son grupos minoritarios, sino minorizados.

-No rehúye lugares incómodos. Desde el feminismo le da voz a una prostituta que ejerce de manera pública y voluntaria.

-Normalmente, se meten en el mismo saco dos cosas diferentes: la prostitución y la trata. Y, obviamente, tengo claro que la primera muchas veces es una consecuencia de lo segundo. Aquí yo quería escuchar la vivencia de Valery, sobre todo en lo referido a la defensa de sus derechos laborales. Por más que no nos guste la prostitución como ejercicio de una profesión, hay mujeres que la ejercen de forma voluntaria como ella. Es una realidad. Yo me planteo que, mientras eso exista, estas mujeres tienen que tener unos derechos laborales garantizados. No tengo ideas claras al respecto todavía, pero es básico escuchar todas las posturas.

-También plantea otro tema polémico: el hiyab?. ¿Por qué?

-Porque en el tema de las mujeres musulmanas hiyabis siempre hay un comportamiento muy extendido dentro del mundo blanco occidental, el de la salvación. Se piensa que las obligan a llevarlo, pero ¿alguien les ha preguntado? Y lo peor: a veces, cuando se les pregunta, no se les permite hablar. Desde el paternalismo solo se las intenta convencer.

-¿Quería mostrar discriminaciones imperceptibles? La de esa niña de 12 años obligada a hacer de traductora de sus paredes semeja una de ellas.

-Claro, eso ocurre mucho con hijos de personas migrantes. Entienden la lengua y sus padres, no. Se ven, desde edades muy tempranas, haciendo el papel de intérprete. Los padres tienen trabajos precarios con horarios extensos que tampoco les permiten ponerse tomar cursos de español. Luego, está el lenguaje administrativo, súper enrevesado. Imagínate con la barrera idiomática. Estos niños se encuentran desde un momento muy temprano en esta posición, de traducir en la administración, en las reuniones con el profesorado y de meterse en temas que, por su edad, no tendrían por qué conocerlos.

-Dice algo provocador: «Hay que desconectar un poco de tanta blanquitud».

-A una persona blanca le puede parecer provocador, pero para una persona no blanca es necesario. El hecho de vivir en sociedades mayoritariamente blancas implica que, en algún momento, no sabes cuándo, puedes verte en una situación súper hostil. A nivel emocional, eso desgasta mucho. Cuando pasa una vez y otra y otra, llega un momento que necesitas aislarte un poco para protegerte. De repente, señalas un comentario racista y, como eres la única que no eres blanca en el espacio, la mayoría de la gente no está de acuerdo y te lo hace saber fehacientemente. Y el resto de la gente, que puede estar de acuerdo contigo, tampoco se moja, ni se pronuncia. Una necesita un respiro. Esos respiros se articulan en esos espacios mixtos de origen diverso.

-¿Las minorías tienen que liderar las políticas dirigidas a la protección de sus intereses?

-En los movimientos feministas se ve muy claramente. Al frente del Instituto de la Mujer tiene que haber una directora mujer, nadie lo cuestiona. Pues esto con el resto tiene que ser lo mismo. Y no solo en temas de etnicidad o racialización. En el caso de Montse, la compañera con síndrome de Down que sale en el libro, está este discurso. Si se diseñan políticas para garantizar los derechos de personas con discapacidad intelectual estas personas tienen que ser tenidas en cuenta. Si no, vas a pedir ayudas para el alquiler y, en vez de que sean ayudas económicas, resulta que son pisos adaptados, con rampas. Se mete a todas las discapacidades en el mismo saco, porque se hace totalmente desde fuera y sin contar con ellos.

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