«Oiga, usted é home ou muller

La crónica del desafortunado accidente que sufrió una mujer mientras se rasuraba el cutis con una navaja de barbero se convirtió, dos días después, en una historia que encerraba el que para Francisca Souto tuvo que ser un gran drama personal en aquella época.


«Una mujer-hombre en Arteijo». Así rezaba el título que aparecía en la primera página de La Voz de aquel jueves de julio de 1911. Unas «terribles tormentas» en Ourense o el crimen de un tabernero en Oleiros, con «un enorme cuchillo», no podían competir ese día con esta intrigante noticia: una mujer que había fallecido días atrás en Arteixo, en extrañas circunstancias, tenía desconcertados a los médicos que le habían practicado la autopsia. Según recogía aquélla, Francisca Souto se encontraba «en un punto equidistante entre los dos sexos, sin que pudiera calificársela de ninguno».

El periódico concluía que, según los galenos, era un caso claro «de hermafrodismo» (actualmente hablarían de intersexualidad, un término mucho más correcto que nacería con los avances posteriores de la ciencia médica) y comparaba el suceso con el caso Elisa-Marcela, la exclusiva dada por La Voz diez años antes, referido al matrimonio de dos mujeres, una de ellas haciéndose pasar por hombre. Hay que ponerse, claro está, en en el contexto de la época: ni siquiera la moda de las chicas flapper liderada por Gloria Swanson en EE. UU. había empezado a gestarse. Era fácil meter en el mismo saco cualquier comportamiento que se saliese de la acera. Actualmente, la OMS cifra en un 1 % los casos de intersexualidad en todo el mundo.

Pero en una lectura actual de aquel suceso de 1911 lo realmente interesante es el contenido de la crónica de La Voz de aquel día, que revela el sufrimiento personal de Francisca Souto García, la mujer fallecida mientras manipulaba una navaja de barbero. Este es el relato que hacía el periódico:

«Hace unas semanas, un convecino nuestro vio parada ante el escaparate de una tienda de la calle Real a una mujer alta, tipo aldeano, vestida de luto, con la cara envuelta en una bufanda, a pesar de ser día de sol fuerte. Fijose en la mujer, extrañada por lo de la bufanda, que solo le dejaba al aire ojos y nariz, y vio que la interesada era hombruna de constitución; pero al reparar en sus manos, advirtió que eran grandes, membrudas y cubiertas de vello».

«Esos detalles y lo desgarbado del tipo, lo grandote y tosco de los pies y la expresión de los ojos, hizo sospechar al vecino en cuestión si se trataría de algún hombre disfrazado, que estaría acechando la ocasión de algo siniestro. Y entonces, fue junto a un guardia municipal, y le comunicó sus sospechas».

«El guardia siguió a la desconocida hasta los jardines de Méndez Núñez. Allí la detuvo».

—Oiga- dijo sin más ambages. ¿Usted é home ou muller?

—Señor,- le respondió una voz gruesa- por muller me teño.

—Pero entonces, esas manos...

—Mire, si Dios quixo que fose así, ¿qué lle he de facer?

«En eso llegó un aldeano conduciendo de la brida un burro. Dijo que la incógnita era hermana suya, y esta montó en el pollino y se marcharon, sin que ocurriese más».

Giro de guion

La crónica llegaba a su desenlace con un soprendente giro de guión: «Pues bien, la desconocida era la misma que hace tres días se degolló en Louredo (Arteijo) cuando estaba afeitándose, y de la autopsia apareció que la finada, Francisca Souto García, era un caso muy semejante al famoso Elisa-Mario, de tragicómico recuerdo. «Francisca Souto tenía la cara cubierta de vello, en forma de barba y bigotes rasurados. Su constitución era muy masculina, y había, por último en ella una malformación tal, que la colocaba en un punto equidistante entre los dos sexos, sin que pudiera calificársela en ninguno. El fenómeno no ha podido menos de llamar la atención en la autopsia. Para más detalles, vedados a la publicidad, dirigirse a aquellos que tienen las notas anatómicas del caso». La soledad, por el desconocimiento social, es aún hoy uno de los padecimientos sicológicos de muchos intersexuales. Imagínense la sensación de aislamiento que debería sufrir Francisca Souto mientras miraba escaparates, hace más de un siglo, y todos la miraban a ella.

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