La ciencia confirma la desaceleración de la corriente del Atlántico norte

La circulación oceánica que transporta aguas cálidas hacia Europa se encuentra en su estado más débil en 1.000 años


La comunidad científica ha introducido recientemente al discurso sobre el cambio climático conceptos como «punto de no retorno» y «punto de inflexión». Estos términos se refieren a la posibilidad de que algunos mecanismos de regulación climática colapsen y produzcan una reacción en cadena en el sistema global. Uno de ellos es la corriente del Golfo. Un transporte de aguas cálidas que hay en el Atlántico norte y que forma parte de la circulación termohalina, que distribuye aguas frías y cálidas por todo el planeta. Una gota tarda mil años en completar una vuelta por esta cinta transportadora.

La corriente del Atlántico actúa como un sistema de calefacción natural para Europa. Durante los últimos milenios ha permanecido estable gracias un delicado equilibrio. El agua que sale desde el golfo de México se desplaza hacia el norte. Cuando llega cerca de Islandia ha ganado salinidad y perdido temperatura, así que su elevada densidad provoca que se hunda e inicie un viaje por el fondo hacia el océano austral.

La paleoclimatología ya ha revelado los efectos que se producen cuando esta corriente se debilita. Hace 8.200 años se registró un aumento de los icebergs en el Atlántico norte que provocó un incremento de agua dulce. «Hubo una pulsación fría corta pero muy intensa. Las condiciones incluso fueron más gélidas que durante la Pequeña Edad de Hielo», explica Antonio Cortizas, biólogo de la Universidad de Santiago e investigador en paleoclima. 

Las temperaturas más bajas del conocido como «Evento 8.2» se concentraron en el Atlántico norte, donde las anomalías térmicas negativas (valores por debajo de la media) fueron muy notables y el causante fue un cambio de las condiciones en la corriente del Golfo. «En Galicia produjo un cambio significativo en la vegetación. Aumentó, por ejemplo, el abedul, una especie propia de condiciones más gélidas. Y acompañando a este enfriamiento se registró una proceso de erosión de los suelos debido al impacto de las borrascas», sostiene  Cortizas. 

Un nuevo estudio publicado en la revista Nature Geoscience acaba de confirmar lo que otros trabajos vienen señalando en los últimos años. La corriente del Golfo no ha estado tan débil en los últimos 1.000 años. El origen de esta desaceleración moderna también tiene que ver con el aumento del agua dulce, aunque está vez por el cambio climático de origen antropogénico. El incremento de las precipitaciones y el deshielo de Groenlandia reducen la salinidad y, por tanto, la densidad del agua, inhibiendo el hundimiento y debilitando así el flujo de la corriente. «Si continuamos impulsando el calentamiento global, el sistema de la Corriente del Golfo se debilitará aún más, entre un 34 y un 45 % para el 2100, según la última generación de modelos climáticos. Esto podría acercarnos peligrosamente al punto de inflexión en el que el flujo se vuelve inestable», sostiene el investigador y autor principal Stefan Rahmstorf, del Instituto de Potsdam de Cambio Climático.

Las consecuencias de la desaceleración de la corriente podrían ser múltiples para las personas que viven en ambos lados del Atlántico, como explica el científico Levke Caesar: «El flujo de la superficie hacia el norte conduce a una desviación de las masas de agua hacia la derecha, lejos de la costa este de Estados Unidos se debe a la rotación de la Tierra que desvía los objetos en movimiento, como las corrientes, hacia la derecha en el hemisferio norte y hacia la izquierda en el hemisferio sur. A medida que la corriente disminuye, este efecto se debilita y puede acumularse más agua en la costa este de Estados Unidos e intensificar el aumento del nivel del mar».

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