El niño de sonrisa permanente que quiere escuchar a su mamá

Una madre logra un implante coclear para su hijo tras recibir 60.000 apoyos


A Coruña / La Voz

Dan ganas de comérselo. Tiene una sonrisa que abraza y con ella transmite que la vida es más bella pase lo que pase y pese a lo que pese. Son de esos pequeños lindos y juguetones que llegan a un sitio y todos los que están quieren mimarlo. Agradece como un preciado tesoro las carantoñas, los guiños y los saludos con palmas. Pero cuando le hablan, no escucha. Padece cofosis en el oído izquierdo y en el derecho sufre hipoacusia moderada severa —percibe menos de un 20 %—, lo que le impide oír a quien le habla, canta y le enseña que el mundo es distinto a como él lo siente.

Xoel se duerme pasada la una de la madrugada. Como si luchara todas las noches contra el sueño. Tal vez, porque solo la almohada sobre la que quiere estar e la del regazo de su madre. Al despertar, pega su mejilla a la de ella con la fuerza de quien espera a alguien tras una larga ausencia.

Lo único que lo separa de la felicidad se encuentra dentro de sus oídos. La solución del crío de hipnótica sonrisa está cerca. O no. Tiene una fácil solución. Se trataría únicamente de realizarle un implante coclear. Nada complicado en la medicina actual. Pero ha de llegarle con mucha urgencia, porque si no es ahora, se quedará sordo para siempre.

Hay esperanzas. Después de estar mucho tiempo en lista de espera, en el Hospital Materno de A Coruña le han dicho a su madre que, si nada lo impide, será intervenido el próximo martes. Pero esta coruñesa ya poco confía en lo que le digan. Porque ella sí que escucha y ha escuchado tantas cosas que luego se han evaporado que está desesperada. Sufre. Ha perdido la esperanza en el funcionamiento del sistema. Sobre todo ahora, que la pandemia ha obligado a suspender o retrasar operaciones. Veremos. Solo quedan horas para ver si ahora es verdad.

Para romper ese muro insalvable de este niño coruñés siempre está su mamá. Solo ella conoce el secreto de la sonrisa de Xoel. Se llama Carmen y desde que a su hijo le diagnosticaron la enfermedad, no ha hecho otra cosa que entregarle su vida y el niño no ha hecho más que aceptar sin quejarse las eternas horas de aprendizaje. Ella lo compara con un universitario que colma su historial académico con matrículas de honor.

Ante las lecciones de los médicos, terapeutas y las que su madre le da en casa, el crío ensancha su sonrisa como si estuviera jugando con un payaso. Su capacidad de trabajo «es inmensa». Es feliz cuando Carmen busca en Internet lecciones y terapias para luego trasladarlas a su pequeño. Cuando todo el mundo dormía o veía series en la televisión durante el confinamiento, ella se empapaba de información porque la pandemia le impedía llevarlo a la clínica.

Socialización

El pequeño lleva desde los 3 años sentándose frente a un médico o sanitario del Materno Infantil. Hasta esa edad, nadie le había notado nada extraño porque en esa franja todos los pequeños son iguales. Pero empezaron a surgir problemas en su lenguaje y en su manera de socializarse. Era como si su desarrollo se frenase en seco. Los facultativos le diagnosticaron un Trastorno Generalizado del Desarrollo (TGD) y lo derivaron a terapias, a las que acudía una vez a la semana.

Al cumplir los 6 años, le dieron el alta debido a su edad. «Pero yo vi que seguía sin escuchar», recuerda Carmen. Así que pidió unas pruebas auditivas. Ahí se descubrió todo.

Le cuentan a la madre que la pérdida auditiva es consecuencia de una infección congénita por citomegalovirus y que el niño puede seguir perdiendo audición durante su desarrollo, a lo que probablemente pueden unirse otras afectaciones principalmente a nivel neurológico y de visión. Por esta razón el menor comenzó a usar un audífono y según su progenitora «se notó una significante mejora».

La pérdida auditiva que sufre, cuenta Carmen, «es consecuencia de una infección contraída durante el embarazo, que no fue diagnosticada». Es tan urgente la intervención que la vida del pequeño se puede complicar todavía más. Porque, dice su madre, «el lenguaje se desarrolla de los tres a los seis años y su niño se encuentra ya en un período muy crítico para la adquisición del mismo», a lo que se unen, «afectaciones a nivel neurológico que derivan en que el pensamiento no está formado adecuadamente puesto que se desarrolla a la par que el lenguaje».

Su lucha ha llegado a 60.000 oídos, los que han firmado en la página que change.org. abrió titulada «la madre de un campeón». Que el pequeño escuche es sencillo. Solo hay que acostarlo un rato en el quirófano y escuchar la vida.

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