El monte que guarda la perla de Arousa

Las Rías Baixas tienen tanto que ver a ras de suelo, entre caminos de arena y sal, que a veces cuesta levantar la mirada. Cuando se hace, ahí están rutas en verde y piedra como las que llevan al monte Xiabre

Hay eslóganes que el tiempo atrapa. Alguien dijo un día que, si San Sebastián era la perla del Cantábrico, Vilagarcía resultaba la perla de Arousa. Y así se vendía la capital arousana ya desde finales del siglo XIX, mientras el turismo iba despegando. La joya tenía como base aquellas playas de La Compostela y la Concha elegantes, con su balneario a pie de litoral y sus distinguidas casas con encanto. Han pasado más de cien años. Y desde el paseo marítimo arousano, desde el rincón mágico de Carril, se siguen contemplando puestas de sol que son una joya, con la isla de Cortegada de telonera. Pero hay alhaja más allá del mar. La perla de Arousa, Vilagarcía, tiene también un diamante en bruto en forma de monte. Se llama Xiabre y se comparte con los vecinos municipios de Catoira y Caldas. Merece la pena sacar fuerzas y subirlo dando con los pies en el suelo sin asfalto.

Son varios los caminos que dan a Xiabre desde Vilagarcía, algunos incluso formaron parte de rutas de senderismo marcadas hace años y algunas caídas en cierto olvido. Elegimos aparcar en el embalse de Castroagudín. Y tomar a pie un sendero singular hacia Fontefría —una zona ya alta del monte— que va serpenteando el saltarín río de O Con. Es una ruta que el club ciclista Castrobikes, tras el beneplácito de los comuneros, abrió a fouciño. Esa misma entidad la mima colocándole puentes de madera apasionantes para el ciclismo de montaña o vigilando que nadie se exceda e intente surcarla con vehículos a motor.

No se esperen encontrar estampas de postal. O sí. Es Galicia en estado puro, con su verde desbordante y sus contradicciones perdonables, como alguna tubería a la vista. Tampoco se trata de un camino señalizado al dedillo, ni cómodo. Es una ruta informal, apta para aventuras infantiles, como meter un pie al despiste en el río de O Con, resbalar con el culo por pequeños terraplenes o probar suerte haciendo equilibrios en algún tronco caído. Mientras, los ojos se empapan de cascadas en miniatura que asoman la cabeza entre el verde, el oído se acostumbra al rugir del agua y el olfato reconoce los eucaliptos y pinos que le fueron sacando sitio a la flora del país, que aún así mantiene bien el tipo.

Hay que subir de piedra en piedra y la dificultad aumenta poco a poco. El sendero a veces exige adivinarlo. Son unos tres kilómetros de subida, escuchando pájaros y pensando que el mar o la ciudad de Vilagarcía, en realidad a tiro de piedra, han quedado atrás, porque el velo agreste que cose la naturaleza y la paz del lugar parecen más propias de otras latitudes que de las bulliciosas Rías Baixas.

Siguiendo el curso del río, dejando de lado pistas de tierra que lo pondrían más fácil, se llega a Fontefría. Ahí, el bocata se come en mesa de piedra y con vistas a un monte que es también reserva arqueológica con la asignatura pendiente —y justo ahora en vías de cursarla— de proteger y potenciar ese patrimonio. Hay que coger fuerza y caminar unos tres kilómetros más y subir al pico más alto, a Meda, a 641 metros sobre el mar. Allí, solo hace falta mirar al frente para entender que el monte Xiabre, afortunado él, es un testigo de excepción de la ría más rica del mundo: la de Arousa.

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