El museo del fin del mundo

Xosé Ameixeiras Lavandeira
xosé ameixeiras CARBALLO / LA VOZ

SOCIEDAD

Ana Garcia

Piratas de toda índole y procedencia arrasaron la Costa da Morte durante siglos. Fisterra era un objetivo principal. Por eso levantaron en 1767 el Castelo de San Carlos, ahora convertido en humilde Museo da Pesca

26 dic 2020 . Actualizado a las 13:31 h.

En 1392, Harry Paye arrasó Fisterra y, entre otras cosas, se llevó una cruz a su ciudad, Poole. En el 2008, los ingleses devolvieron a los fisterráns una copia, que está en el Museo da Pesca, una vieja batería concebida en los planes del Marqués de la Ensenada y edificada según inspiración de La Ferriere y construida con la dirección de Carlos Lamour. La levantaron para evitar los saqueos y los ataques piratas. Estaba defendida por 11 cañones y 28 soldados de infantería. Entre sus paredes se vivieron hechos heroicos. Con la invasión francesa, en 1811, fue incendiada y desmantelada.

En 1897 la adquirió Plácido Castro Rivas, un aventurero empresario que se hizo rico exportando langostas. En 1922 se la cedió al Concello para una escuela de huérfanos. Luego iba a ser museo arqueológico, pero acabó abandonada. Ahora es de la cofradía. Y allí ejerce de guía el poeta Alexandre Nerium, seudónimo de Manuel López, un hombre que ama el mar y los versos a partes iguales. Lo acompaña Arancha Aguete. El Museo da Pesca de Fisterra no es un lugar, es una experiencia.

«Probablemente sexa o museo máis humilde do mundo», tiene dicho Nerium, pero posiblemente sea uno de los más poéticos y humanos que se conocen. Es como sumergirse en siglos de tradición marinera. No es tan interesante por los objetos que se muestran, que son sencillos, sino por las explicaciones de Nerium y Arancha. No es que se observen grandes ingenios de la navegación, pero sí se reciben explicaciones amenas y cargadas de pasión sobre el mundo de la pesca de siempre. Es como si poseyesen el cofre de las palabras nacidas del océano. Allí las saben nombrar como en ninguna otra parte, como si tuviesen vida propia. Es el saber de verdad lo que es vivir y morir encima y debajo de las olas que mecen el Atlántico.

El castillo ya no está para defender la ría, pero sí lo está para defender la memoria de una forma de vida y de muerte. Manuel y Arancha son los guardianes de esos recuerdos y en sus disertaciones sacan de su diccionario palabras que ya no se escuchan o suenan de otra manera.

Incluso directivos del museo de la Royal Navy se van sorprendidos cuando descubren que el escandallo, una humilde piedra untada de sebo utilizada desde los principios de los tiempos para sondear los fondos, está en el origen de los radares. O cuando un andaluz de Cádiz descubre que a San Lúcar de Barrameda le llaman así porque al acercarse a la costa y al levantar la piedra los marinos decían: «Barra me da». O un escocés ve la campana del Mattew Cay, el barco procedente de Troom que naufragó en 1887 en los bajos de la Carraca y murieron nueve hombres. O el premio Nobel de Química Kar Barry, que se emocionó al ver cómo le explicaban el uso de los tintes de la corteza de pinos para colorear las redes.

El padre de Manolo López pescaba más que los otros marineros porque desde el castillo esperaba a ver hacia dónde se lanzaban los cormoranes para capturar peces. Allí estaban los mejores bancos. Los pulpos saben huir de las nasas, pero caen víctimas por acaparadores. Se las quieren apropiar. Por eso se quedan en ellas. Son cosas que solo se aprenden de boca de Nerium.