La vacuna de Pfizer: un mes en hielo seco y cinco días en la nevera

SOCIEDAD

Sanitaria muestra un vial de la vacuna de Pfizer-BioNTech en el Guys Hospital de Londres
Sanitaria muestra un vial de la vacuna de Pfizer-BioNTech en el Guys Hospital de Londres

La compañía asegura que su sistema permite llevarla directamente al receptor sin una tecnología específica

09 dic 2020 . Actualizado a las 11:15 h.

La vacunación a primera hora de este martes de Margaret Keenan, una británica de 90 años que recibió el preparado de Pfizer-BioNTech en un hospital del centro de Inglaterra marca un hito de la historia de la medicina pero también pone sobre la mesa una serie de retos técnicos y logísticos ligados a esta vacuna tan particular, la primera aprobada contra el covid-19 en el mundo occidental. Unos desafíos para que la propia farmacéutica norteamericana ha elaborado lo que llama una «hoja de datos de distribución», algo así como un prospecto muy simplificado. En principio está ideado para el mercado de Estados Unidos, pero incluye consideraciones a tener en cuenta para cuando la vacuna llegue a España y a Galicia.

Temperatura

Una de las principales novedades de la fórmula de Pfizer, al igual que ocurre con la de Moderna, la otra a punto de aprobación, es el uso de la tecnología conocido como de ARN mensajero (ARNm). Y aquí empiezan las complicaciones. Este ácido ribonucleico, que es el único material genético presente en algunos virus, está recubierto por nanopartículas de lípidos, una especie de grasilla -por explicarlo en términos muy coloquiales- que se degrada a temperatura ambiente. Por lo tanto necesita refrigeración.

Ultracongelación

Que una vacuna necesite estar refrigerada no es novedad alguna. Todas lo precisan, las que están basadas en virus atenuadas, las que se elaboran con vectores virales y también esta nueva generación, las de ARNm. La diferencia estriba en la temperatura exigida, que en el caso de este compuesto específico debe estar por debajo de los -70 grados centígrados y esa no es una temperatura al alcance de cualquier máquina. Solo determinados centros hospitalarios y similares cuentan, en principio, con la tecnología necesaria. Ahora bien, esas condiciones se exigen para un almacenamiento a largo plazo, de hasta seis meses, con lo que no hay que pensar que todo el que carezca de esos ultracongeladores se va a quedar sin la vacuna. Es más, dado los ritmos de producción y la demanda existente lo más probable es que en lo último que haya que pensar sea en almacenar producto a largo plazo.

Hielo seco y GPS

La propia empresa distribuye sus productos en unos recipientes específicos que mantienen la temperatura recomendada de -70 grados, con un margen de seguridad de +/- 10 grados. Utiliza para ello hielo seco, también conocido como nieve carbónica, que es dióxido de carbono en estado sólido, un producto bastante común que emplean desde los heladeros hasta los técnicos de efectos especiales para hacer humo en el cine o el teatro. Además, los paquetes van dotados con dispositivos GPS con lo que se puede saber en todo momento donde se encuentran y a que temperatura están, para alertar de una eventual ruptura de la cadena de frío.

Hasta 35 días

Tal como viene el paquete se puede meter en uno de esos supercongeladores que tienen los hospitales y otros centros especializados. Pero sin hacerle absolutamente nada aguanta 10 días, lógicamente sin abrir. Además, si cada cinco días se le va añadiendo hielo seco se puede prolongar su utilidad durante un mes. Incluso después de todo eso aguanta otros cinco días a entre 2 y 8 grados centígrados, o lo que es lo mismo, en una nevera convencional como la que cualquiera tiene en su casa. Eso sí, ocurre como con el pescado o una chuleta. Una vez que se rompe la cadena de frío y se descongela el producto no se puede volver a congelar.

«Justo a tiempo»

Casi tan importante como descubrir una vacuna es poder fabricarla y distribuirla y, además, con la agilidad suficiente para salvar cientos de miles de vidas, quizás millones en el mundo. Por eso Pfizer ha diseñado lo que denomina «sistema flexible y justo a tiempo». Esto es el envío de los viales congelados directamente al punto de vacunación. Se han hecho ensayos con aerolíneas, empresas de transportes... En principio su documento tipo indica que las vacunas parten de Kalamazoo (Michigan) y Pleasant Prairie (Wisconsin), aunque en el caso español cabe pensar que llegarán desde Puurs-Sint-Amands, el pueblo belga donde la multinacional tiene su planta de producción en Europa y que prevé producir más de 1.300 millones de dosis. Esas primeras que llegaron a Reino Unido proceden de allí. En cualquier caso, parece claro que lo primero que se va a notar es que la capacidad de producción y entrega está por debajo de las necesidades inmediatas que tienen todos los países compradores.

Paquetes muy grandes

Uno de los primeros hándicaps con los que se han encontrado los especialistas del Sistema Nacional de Salud del Reino Unido (NHS) es que las vacunas vienen en paquetes de 975 dosis. Una vez que el recipiente se abre, obviamente el tiempo de conservación empieza a correr y cabe darse prisa. Cuando además se trata de vacunar a una población muy específica -en este caso los mayores de 80 que se encuentran internados en residencias- tampoco es fácil concentrar ni a los viales ni o a los receptores en un mismo punto. Y por si fuese poco dividir esos lotes en partidas más pequeñas no resulta demasiado sencillo, al menos no sin inutilizar una parte de las vacunas, como han advertido los sanitarios británicos.

Sin riesgo

El hecho que se rompa la cadena de frío y que la vacuna se estropee, por así decirlo, no implica que se convierta en dañina para la salud, no es el equivalente a ingerir un alimento en mal estado. Según están explicando estos últimos días especialistas de todo el mundo, la consecuencia directa es que el preparado deja de ser efectivo para lo que se persigue, que es generar inmunidad contra el covid-19. Nada más. No supone que vaya a generar otros efectos secundarios a mayores de los que le son propios a estos medicamentos.