El querido médico que acababa de recibir la mejor de las noticias

Manuel Calvo falleció en Pontevedra tras superar un cáncer


redacción / la voz

Manuel Calvo Brea, médico de familia, vivía y trabajaba en el centro de Pontevedra. Pero solía tardar una hora en llegar de su casa a la consulta. Sus pacientes le paraban por la calle porque sabían que nunca tenía prisa para ellos. Recetar y dar consejos a pie de acera era marca de su casa. Por eso, entre otras muchas cosas, era muy querido en Pontevedra, la ciudad a la que había llegado de joven, procedente de Santiago, para trabajar primero en el ambulatorio Virxe Peregrina. Luego, fue también uno de esos doctores pioneros que llevaron los controles de salud a los colegios de la provincia, allá por los años ochenta. Y trabajó después en el Quirónsalud. La medicina era su pasión y nada había logrado hasta ahora apartarlo de ella. Ni siquiera el cáncer, con el que batalló duramente.

Hace tres años, a los 65, Manolo, que es como le llamaban también sus pacientes, sufrió un cáncer. Lo superó. Y pudo seguir como siempre, disfrutando de su familia y de la pasión de ser médico. Pero durante el confinamiento le detectaron otro tumor. Esta vez, con pronóstico peor. Manolo se agarró a su positivismo. En medio de la pandemia, se sometió a la quimioterapia y, a su término, todo parecía estar mejor: «Estabamos moi contentos porque se lle reducira moito todo, estaba no mínimo. Non se curara, porque ese cancro non cura, pero as noticias eran boas, as mellores posibles», cuenta su hijo Ismael.

La alegría no duró en este 2020 imposible. Manolo ingresó en oncología por una infección de una bacteria. Estaba relativamente bien, aunque con las defensas bajas. Fiel a su estilo y a su tremendo buen corazón, ya ingresado, sacaba fuerzas para contestar a los mensajes que le mandaban los pacientes. Les contaba lo de su cáncer. Pero también les recetaba un jarabe para una tos o unos mocos.

Se contagió de coronavirus estando ingresado en oncología. Y comenzó a empeorar. Le trasladaron de hospital y, en las llamadas que hizo a los familiares, a los suyos les pareció que Manolo ejercería más de médico que nunca y sabía que tenía que despedirse. No se quejaba. No estaba enfadado. Supo transmitirles que se marchaba en paz. Murió el día 8 de noviembre a los 68 años. Y se fue con un sueño pendiente. Quería pasar el invierno al calor de su hogar sintiendo llover tras el cristal. La sencillez de su deseo incumplido es el mejor espejo de cómo era el doctor Manolo.

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