Juan Sanguino: «Tú ves hoy 'La Isla de las Tentaciones' y son todos como David Beckham»

En «Cómo hemos cambiado» analiza la sociedad española desde el impacto que causaron en ella los iconos de la cultura popular, desde «La macarena» a las Olimpiadas del 92, pasando por Belén Esteban

JUAN SANGUINO, AUTOR DEL LIBRO  CÓMO HEMOS CAMBIADO
JUAN SANGUINO, AUTOR DEL LIBRO "CÓMO HEMOS CAMBIADO"

redacción / la voz

Sostiene Juan Sanguino que la cultura popular es un instrumento ideal «para ayudarnos a comprender la sociedad en la que vivimos y la comunidad que hemos creado entre todos». Este periodista considera que, en un momento dado, «llega un programa de televisión, una celebridad, una película, una canción, una historia o un suceso y, de repente, capturan nuestra imaginación, nuestras ansiedades, nuestros deseos y frustraciones». Con esa intención ha escrito Cómo hemos cambiando (Península), una crónica sobre la transformación de la sociedad española a través de los iconos pop y la cultura de masas. Un recorrido que va del bum de Operación Triunfo a la aparición de Belén Esteban, pasando por la irrupción de Boris Izaguirre o el impacto de la serie Ally McBeal.

-Su libro arranca con la figura del futbolista David Beckham. ¿Qué influencia ha podido tener en nuestra sociedad?

-David Beckham es el producto de muchas corrientes estéticas y sensibilidades masculinas que han influido mucho y siguen haciéndolo. Tú ves un programa como La isla de las tentaciones que, para bien o para mal, representa a un amplio espectro de la sociedad española, y todos son como David Beckham. Han construido su cuerpo de dentro a fuera y tienen un sentido casi pornográfico de su propia estética. Cuando apareció Beckham no se estilaba que los tíos se cuidasen tanto su aspecto. ¡Hombres que se pusieran mechas! ¿Dónde se ha visto eso? Que se perfumaran, que se echasen cremas, que se pudiesen ropa bonita, americanas de terciopelo, moñitos, pendientes de diamante, tatuajes decorativos… Eso no se había visto nunca. David Beckham no fue el primero, pero se convirtió en el gran referente de lo que se llamó metrosexual. Una vez que se estableció eso, ya nadie utiliza ese término. Pero, en su momento, estuvo muy de moda. Ahora no se utiliza, porque todos los hombres son metrosexuales.   

-Con Beckham y su mujer Victoria aparece en España un tipo de celebridad diferente, directamente conectado con el concepto británico de cultura pop, que tiene mucha tradición e importancia.

-Son un tipo de celebridad muy concreto. Él futbolista y ella cantante. Son realeza en la cultura pop. Áhí una mujer no puede llegar más alto. Un hombre, tampoco. Era una conexión de dos reinos de la cultura popular absolutamente dominante. 

-En su libro habla muchas veces de la sensación de «sentirnos modernos» de los españoles. ¿Ocurrió eso en ese momento?

-El fichaje de Beckham por el Real Madrid fue la culminación de una prosperidad absolutamente fastuosa que disfrutó España, desde de la anexión en la Unión Europea hasta la crisis del 2007. Una prosperidad que está muy bien representada, por ejemplo, con Operación Triunfo. Ese concurso mezclaba sentimientos humanos con sueños, música y espectáculo de variedades. Detrás estaba una ideología muy bien armada. Defendía que, con el esfuerzo, la consecuencia inmediata sería el éxito. Si tú trabajabas duro, triunfarás. Por eso Mireia cuando la nominaban decía llorando: «No lo entiendo, si me lo he currado un montón». A ella le habían explicado que, si se lo curraba, automáticamente iba a triunfar. Eso es una falacia que se instaló en la sociedad española de la época y, sobre todo, en la generación de los chavales de OT.  Entonces si tu ibas a la universidad tenías la promesa de que todo iba a salir bien. Se trataba de trabajar duro y así llegaba la recompensa directa. Ahora sabemos que eso es mentira, pero en los noventa España estaba fascinada con esa idea de crecer. Y eligió a sus propios símbolos en esta anexión al primer mundo.

 -¿Cuáles fueron?

-Barcelona 92, La Macarena, Antonio Banderas.... Eran hitos que marcaban esa celebración en la que España estaba absolutamente imbuida en su prosperidad, como digo. Cuando llegaron David Beckham y Victoria a España fue un poco la coronación. El rey y la reina pop de la época se vienen a vivir a Madrid, simbolizando toda esa prosperidad económica.

-Pero pronto todo se torció.

-Sí, presuntamente Victoria dijo que España olía a ajo. De pronto, afloraron todos los viejos complejos de inferioridad de la sociedad española. Los mismos que nos decían que íbamos a hacer el ridículo en las Olimpiadas del 92. Cuando inauguraron el Estadio Olímpico había goteras. Todo el mundo dijo: «¡Qué desastre! ¡Qué vergüenza! ¿Qué van a decir los americanos? ¿Qué va a decir Michael Jordan cuando llegue?». Luego, aparecían vacas muertas en los ríos en donde se hacían las competiciones de piragüismo. Esos complejos eran los que España trataba de superar. Lo trató en los ochenta y los noventa. Se vino muy arriba con lo de «España va bien». De repente, las películas hacían mucho dinero, se vendían muchos discos y la gente tenía dinero para gastar en ocio y cultura popular. Pero llega Victoria y dice supuestamente esto del ajo y a la gente le removió un complejo de inferioridad muy concreto a España: el de ser la aldea de Europa. 

 -¿Lo puede explicar?

-Me refiero a esas historias que contaban que en la estación de tren de París la megafonía se decía que había que usar las papeleras y no tirar la basura al suelo. Solo lo decía en castellano. No lo decían en inglés, ni en francés. Cuando los españoles iban a París no sabían utilizar las papeleras. Eso nos acomplejaba, la idea de hacer el ridículo. Lo trato en el libro con el pasaje de Madonna y Martes y 13. De repente, TVE es uno de los seis únicos medios europeos que pudo entrevistar a Madonna en la presentación de su disco Erótica (1992) y mandaron a Martes y 13 allí. Ante el temor de hacer el ridículo, pues decidieron que lo mejor era hacerlo directamente. Ante el temor de quedar como una paleta, pues te plantas allí de ese modo. Le das un abrazo a Madonna y le culeteas como un perrillo salido, ¿no? Esa idea de ponerte tú en ridículo antes de que los demás te hagan sentir ridículo está muy relacionada con ese complejo de inferioridad que Victoria nos hizo sentir.

-Marca 1992 como el hito. ¿Fue ese año un fenómeno pop?

-Es muy pop, sin duda. En la Expo confluyeron muchos shows musicales, por ejemplo. Hay un concierto muy mítico de Mecano. Actuaron Amistades Peligrosas, una cosa muy picantona de la época. También se hizo el espectáculo Azabache con Rocío Jurado y otras folclóricas.  Ahí se reivindicaba el pasado español pero al tiempo se conectaba todo con el futuro. Había Internet, teléfonos móviles… Faltaba muy poquito para para que todo eso se instalase en nuestro día a día, pero entonces eran elementos que parecían de ciencia ficción para el español medio. Eran artilugios de fantasía. Existía mucho optimismo e ilusión. Además, hubo algo que ocurrió en los Juegos Olímpicos: la sensación de arrimar el hombro.

-¿A qué se refiere?

A pesar de que en las sociedad hubiera diferencias, circunstancias y clases sociales, se tuvo claro que los Juegos Olímpicos no eran el momento de ponerse con ello. Se cuidaron detalles al máximo. Por ejemplo, en la inauguración cuando entraron los reyes pusieron el himno catalán porque temían que si era con el himno español se produjeran abucheos. Se transmitió una imagen de armonía, conexión y unión al mundo. Pero es que la había. Además de ello, en los primeros noventa acaban de llegar las televisiones privadas, que fueron muy importantes.

-¿Qué ofrecieron? 

-Un montón de oferta y programas modernos. O, más bien, que parecían modernos. Había muchísimo más sexo, porque Tele 5 tenía muchos programas basados en tetas, básicamente. ¡Ay, qué calor!, Las Mamachicho, Las noches de tal y tal de Jesús Gil. De repente, el programa de Ángel Casas en TVE terminaba con un striptease, cuando hacía unos pocos años se había montado un escándalo con lo de Sabrina de Nochevieja. Más que el año 92 en sí, lo importante era lo que simbolizaba: la promesa de un futuro, un triunfo colectivo y un número infinito de posibilidades. Podía pasar de todo. Al año siguiente ganamos el Óscar con Fernando Trueba. Culturalmente, fue una erupción de creatividad, de trabajo y de potencial. Muy importante.

-Habla de la idea de triunfar fuera. Y ahí aparece “La Macarena”, el mayor éxito internacional de la música pop española. Siempre ha dado un poco de vergüenza haberlo hecho de esa manera. ¿Se mezcla el éxito y el complejo de inferioridad?

-Mmm... si hoy ocurriera algo parecido estaría la gente en las redes sociales diciendo: «¡Qué mierda de canción!» A nadie le encanta esa canción. Nadie la pone en su casa para escucharla. Pero nadie puede evitar bailar cuando suena en un espacio común con gente, porque tiene un efecto inexplicable, casi tántrico. Hace que la gente se ponga de muy buen humor en cualquier país del mundo. Más que sentirnos orgullosos de La Macarena, lo que ocurre es que se trata de un fenómeno que encaja muy bien con como se vé el español a sí mismo. Que es, por encima de todo, campechano. Hablamos de un país que, hasta hace 15 minutos, se enorgullecía por encima de todo de que su rey fuese «el campechano» y que su hijo fuese apodado «el preparado». Los Del Río podían ser muchas cosas, pero sobre todo eran campechanos. Eran gente muy trabajadora, que llevaba ahí toda la vida. Ahora vemos un fenómeno internacional como el de Rosalía y la gente, ante una chica joven, pone en duda su preparación y que se haya ganado el estar ahí. Sin embargo, Los del Río eran como tus abuelos. Gente afable, humilde y sencilla que, de repente, cantaba con Michael Jackson en la Superbowl, cantaba con Bill Clinton, cantaba para el papa. Y eran exactamente las mismas personas. Eso hace que España se sienta muy cómoda con el fenómeno comercial absoluto que supone La Macarena.    

-También está el hecho de que todo fue una auténtica sorpresa.

-Eso es clave: fue un fenómeno accidental. El carácter español nos lleva a sentirnos más cómodos cuando el éxito es accidental. O fruto del trabajo. Tenemos más reservas cuando alguien desea triunfar, demuestra ambición y marca el objetivo de llegar lejísimos. Eso nos parece menos bonito, menos orgánico y menos loable. Los del Río tenían un punto de «yo pasaba por aquí, hice una cancioncita y, de repente, lo estoy petando». Nadie ha dicho nadie en contra de ellos. Nadie dice que son unos pesados. Porque todo el mundo sabe que ellos no tienen la culpa de que esta canción esté en todas partes. En el caso de Rosalía hay muchos otros elementos en juego: su juventud y su género pero, sobre todo, el hecho de que es una persona muy ambiciosa. Quiere llegar lejos. Quiere llegar a la Superbowl. Y lo va a conseguir. Eso es algo que, por lo general, la sociedad española lleva un poquito peor. Por ejemplo, en el caso de Penelope Cuz siempre se dice que ella ha llegado lejos por suerte, porque ha sabido utilizar sus contactos. También porque es muy lista, usando el adjetivo de modo peyorativo. Que es muy ambiciosa. Eso esconde un complejo de inferioridad. Si tú admites, en voz alta, que Penelope Cruz ha llegado lejos por su trabajo y por su talento estás admitiendo que, si tú no has llegado lejos, es porque no tienes talento o no has trabajado lo suficiente. Sin embargo, tendemos en España a vincular el triunfo a los enchufes o a la suerte. Al no tener tú eso, te da una coartada para justificarte a ti mismo porque tú no has triunfado en la vida.

-Destaca que con Belén Esteban aparece el orgullo de clase como fenómeno pop. ¿Cómo surge?

-Lo es igual que lo pasó con los barrios marginales negros en EE.UU. Allí se armaron con su cultura y con las cosas que son intrínsecas a su vida para llegar lejos y para utilizarlos como emblema de orgullo. Ahí está el hip-hop o el soul. Eso ha pasado con la cultura del parking, por ejemplo. Bad Gyal viene de una buena familia, pero se arma con la imaginería, la estética y la actitud de las chicas de extrarradio, porque ahora es una corriente cultural en sí misma. Ya lo predijo Bigas Luna con Yo soy la Juani. Decía que vivía tanta gente en los extrarradios que solo era cuestión de tiempo que esos niños crecieran y se convirtieran en los dueños de la conversación. Que es lo que pasa con Rosalía. Si se hace un libro como el mío dentro de 20 años, evidentemente ella es referencial para entender dónde estamos ahora mismo culturalmente en España. Ocurre lo mismo con el fenómeno de Camela. Es una historia de superación: de pasar de vender sus propias cintas en el mercadillo a vender un millón de discos en toda España. Mucha gente escuchaba a Camela riéndose de ellos, pero mucha otra lo escuchaba de forma literal. Poco antes de la pandemia dieron un concierto en el Palacio de los Deportes de Madrid. Lo llenaron. ¿Quién iba a decir hace 25 años que Camela iba a llenar el Palacio de los Deportes?  Iba gente que iba a verlos de forma irónica o parcialmente irónica, en plan «ji ji, ja ja» con unas cervezas. Pero había gente que iba a verlos de forma fan total. Entonces, decir «me encanta Camela, me recuerda a mi infancia y a mis amigos», reconocer que tienen verdaderos temazos y, además, es que son gente estupenda claramente, es un fenómeno parecido. Cuando eres adolescente tienes mucho complejo de clase si naces en un barrio pobre. Pero, luego, cuando creces y te abres un poco de camino en la vida, esos orígenes te hacen sentir orgulloso. No solo porque te gustan de verdad y porque es lo que has mamado de pequeño, sino que se trata de decir: «Mira de dónde vengo y a dónde he llegado». Ahí elementos culturales como Camela, Belén Esteban, el chándal, el parking o el oro se convierten en fetiches para ti y en motivo de orgullo. Belén Esteban, en muchos sentidos, es un símbolo de algo que estaba ocurriendo antes y que ella ha canalizado.

-Le dedica un capítulo completo a la gala homenaje a Miguel Ángel Blanco. En el recuerdo colectivo está la actuación de Nacho Cano. Pero, realmente, la gala completa fue un delirio. Cuesta creer que eso haya existido de verdad.

-Hoy en día algo así sería totalmente impensable. Sobre todo por esa primera fila llena de ministros, con Julio Anguita, la infanta Elena, Marichalar, Álvarez Cascos con Gema Ruiz… De todos modos hay que tener en cuenta una serie de factores para entenderlo. Aquel asesinato tuvo una repercusión tremenda en la sociedad española. De repente, el terrorismo de ETA dejó de ser un tema tabú en la calle, en la oficia, en los institutos y las universidades. España se reveló ante la crueldad del asesinato. No es que fuera más cruel que los demás, pero había algo muy retorcido en la cuenta atrás que dio ETA de 48 horas. Había algo muy sádico en ello. Y también algo de esperanzador en la sociedad española, que creyó que podía hacer algo. Hubo una idea de que si la gente se manifestaba, si gritaba lo suficientemente alto, si cantaba cosas como «ETA aquí tienes mi nuca», que es un cántico escalofriante y que se hacía de rodillas, se podía salvar Miguel Ángel Blanco. Quizá así podía evitarse una muerte. Aquel crimen cristalizó todos los miedos y toda la rabia de haber llegado a normalizar que tú desayunabas con tus hijos un día normal y en la tele hablaban de un atentado. Eso era algo habitual en este país. Tras lo de Miguel Ángel Blanco España necesitaba un duelo colectivo, una catarsis. No hay que olvidar que este concierto ocurrió dos meses después del asesinato. No fue una cosa que se improvisase. Hubo una gran preparación. Fue un show que tuvo tres guionistas y los mayores artistas de España en aquel momento. Hablo de Julio Iglesias, Rocio Jurado, Raphael, Amistades Peligrosas… Solo faltaba Alejandro Sanz. 

-Señala, casi a modo de disculpa, que en España todo se conmemora con música. Lo bueno y lo malo.

 -Sí, somos un país cuya música tradicional es muy sentida. Estamos muy acostumbrados a experimentar la alegría y la tragedia con la música. También hay que decir que, en aquel momento, España era un país menos reflexivo y más impulsivo. Simplemente, el público asumió que si a alguien se le había ocurrido organizar este concierto, con tan buenas intenciones como montar una asociación de víctimas con el nombre de Miguel Ángel Blanco, estaba bien. Que si TVE, con un gobierno recién elegido del PP, montaba esto en la plaza de toros de La Ventas y estaba Concha Velasco, Matías Prats, Ana Obregón, Paloma San Basilio, Jarcha… pues todo el mundo creyó que era bueno hacerlo. Nadie se planteó que pudiera ser algo de mal gusto, una extravagancia o que se convirtiese en un circo. La gente estaba tan aturdida que no se planteó nada. De repente, este concierto ocurrió. Todo el mundo se acuerda hoy de lo de Nacho Cano porque, de vez en cuando, se viraliza de nuevo y la gente flipa. No da crédito a esa actuación. Ha quedado como testimonio del esperpento que fue aquel concierto, ya desde su concepción.

 -¿A qué se refiere? 

 -No nos debemos olvidar que eso viene del Live Aid y los maratones de la televisión americana para recaudar fondos para los pobres. El concepto de hacer un show solidario con famosos no es una mala idea en sí misma. El problema es que esto era terrorismo, no un desastre natural. Ni siquiera es pobreza, que la gente a veces lo trata como algo accidental. Llega el Live Aid y dice «solucionemos la pobreza». Pero es que la pobreza tiene una solución. No es que Dios crease el mundo, dejando la mitad de ricos y la mitad de pobres. La pobreza es una cuestión política, un fallo de nuestra civilización. Punto. Hacer una canción como We Are The World sirve para sensibilizar a la gente. ¿Pero qué va a hacer la gente? Donar dinero. ¿Y qué más? Mezclar este tipo de shows con política es un poco de mal gusto. Hacerlo con terrorismo es directamente surrealista. No tiene ningún sentido. ¿Por qué se hace ? ¿Para qué?

-En su momento la polémica la había generado la actuación de Raimon, por los silbidos que recibió por cantar en catalán y la intervención de José Sacristán. El resto se había asumido como normal. ¿Cuesta hoy creer ese tono de gala de verano para algo así?

 -Claro que cuesta. Se podría haber hecho un acto televisivo interesante, a modo de duelo. Eso España sí lo necesitaba a modo de catarsis. Y a lo mejor invitar ahí a Paloma San Basilio a cantar Por ti volaré. O a Rocío Jurado, a cantar Lucha, lucha. Pero es que ese día Los Centellas cantaron El toro enamorado de la luna. Fue una auténtica verbena. Eso es el problema. El gusto de aquel show es muy cuestionable, sobre todo porque no estaba para recaudar fondos y ni siquiera puede apelar al sentido práctico de los maratones solidarios. En ese caso era solo para conmemorar la fundación de este organismo. Fue demasiado fastuoso para lo que significaba este evento.       

-El titulo de su libro dice «cómo hemos cambiado». Viendo cosas así o a Jesús Gil en un yacusi queda claro que el cambio es a mejor. 

-En algunas cosas. En otros no. Como en todo.

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