Intercambio cultural en Os Ancares: un ruso, un húngaro, un inglés y un vigués conviven en la aldea

«Aquí sabemos que existe el coronavirus por las noticias y porque cuando viene alguien tenemos que ponernos las mascarillas», explican

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En Barcia, a dos kilómetros de Navia de Suarna, se ha conformado una comunidad multicultural

Os Ancares / La Voz

Barcia es una aldea de Os Ancares que está a dos kilómetros de Navia de Suarna. Llegar hasta el corazón de la montaña de Lugo con la idea preconcebida de que solo queda población envejecida y de que no hay juventud en el rural es un cliché que se desmonta al bajar del coche. A las puertas de Casa Quiñones aparece Pedro Álvarez, un ingeniero que nació en Vigo y que decidió decir adiós a la ciudad para instalarse en el campo. Con poco más de 40 años, él es el mejor ejemplo de que el teletrabajo es factible si se consiguen los medios adecuados. Vivió en diversos países de Europa hasta que llegó un punto en el que decidió que tenía que encontrar una forma para compaginar trabajo y tiempo libre. Por eso, regresó a la aldea natal de su madre y creó una casa rural que alquila como apartamentos individuales.

Sí, al llegar a Barcia, Pedro aparece como defensor de las inversiones en el rural para crear infraestructuras. También es el ejemplo de que se puede trabajar en remoto y, al mismo tiempo, plantar una huerta, criar animales y tener un trato personal con la gente de la aldea. Junto a Pedro aparece Pavel Yakushev, un ruso que se asentó en diciembre del año pasado en Louxas. Y lo hizo con su pareja, Alisa Smirnova. Ambos son artistas, de ámbitos muy diferentes. Ahora, tratan de dar a conocer sus obras desde el corazón de Os Ancares. Por eso, Pavel expone una muestra de forja en el interior del hórreo de Pedro.

Tras Pavel, aparece Balazs, un húngaro que es biólogo, veterinario y algunas otras cosas más pero que, de repente, abre una de las puertas de Casa Quiñones y saca sus lienzos hechos con fieltro. Se empadronó en Navia porque su estancia en el interior lucense, anticipa, será larga.

Y a estos tres emprendedores se suma Tom, un joven del sur de Inglaterra que llegó a Barcia para trabajar y gracias a un programa de voluntariado en el que participa Pedro. Estudió Oceanografía y también Ingeniería de Costas. Aunque llegó a España en agosto, tiene claro que se quedará a vivir por aquí, aunque, apunta, probablemente busque trabajo de cocinero cuando se marche de Os Ancares.

Barcia es el prototipo de una aldea en la que confluyen culturas, formas de pensar y trabajos dispares que, al mismo tiempo, se retroalimentan. Estos cuatro jóvenes aseguran que vivir en esta zona, a primera vista remota, es un auténtico lujo.

«Aquí sabemos que existe el coronavirus por las noticias y por las mascarillas»

En Barcia, las casas no están pegadas y antes de que apareciese el coronavirus, ya había distanciamiento social, para bien o para mal. «Aquí sabemos que hay coronavirus porque lo vemos en las noticias y sabemos que cuando viene alguien de fuera nos tenemos que poner mascarilla», explica entre risas Pedro Álvarez. Que las casas no son pisos es algo obvio, pero la realidad perfila que la forma de vida de la gente que vive en las aldeas varía radicalmente y más que nunca de la que hay en las ciudades.

Los habitantes de esta pequeña agrupación de casas bajan a comprar a Navia, como mucho, una vez a la semana. En el caso de Pedro, va a Lugo mensualmente y llena el coche para no tener que volver con tanta asiduidad. Los productos frescos llegan de la huerta y, si hay alguna urgencia, baja hasta A Pobra y la subsana en cuestión de minutos. Esta forma de comprar va de la mano de una manera de vivir a menor intensidad. Por algo dicen los estudios que los problemas de ansiedad se disipan cuando la vida transcurre entre árboles. En Barcia, creen que la gran enseñanza que debe dejar tras de sí la pandemia es que la vida en el rural es factible también para los jóvenes y que teletrabajar es una opción a contemplar, también apta para aquellos que necesitan vivir hiperconectados. Hasta esta aldea llega la fibra óptica, pero la falta de infraestructuras en muchas zonas rurales se combate con población nueva, joven, que demande servicios, aunque también es necesario que se impliquen las administraciones.

«Aquí todo es más fácil; transformo la lana en fieltro para hacer cuadros o prendas de ropa»

Los cuadros hechos con fieltro requieren de un trabajo detallado
Los cuadros hechos con fieltro requieren de un trabajo detallado

Balazs Czéh es húngaro, pero llegó a Os Ancares y lo primero que hizo fue empadronarse en Navia de Suarna donde, por el momento, se quiere quedar a vivir. Se encarga de la parte agrícola del huerto que tiene Pedro Álvarez en Casa Quiñones, aunque también da de comer a los animales y cuida de las plantas. En definitiva, le gusta el trabajo y la vida en la aldea. De formación es biólogo y veterinario, pero también presume de ser un amante del yoga. En Hungría, participó en retiros espirituales. A este hombre, las montañas le recuerdan a su lugar natal, donde regentaba una pequeña granja en la que se llegaron a celebrar festivales de mediano tamaño en verano. «Aquí, todo es más fácil», comenta este artesano de 40 años que conoció el proyecto de Pedro a través de Internet. Entonces, decidió mudarse, aunque también influyeron algunas discrepancias políticas con los dirigentes de su país de origen. Balazs tiñe la lana y después, la transforma en fieltro. Entonces, empieza un proceso de creación con varias fases —el cuadro se conforma, literalmente, por capas, aunque también emplea agua, jabón y agujas— y que deriva en un resultado final trabajado ya que, literalmente, parece que el lienzo ha sido pintado. «En Hungría vendía en mercados locales y ahora, con la pandemia, aunque no me gusta vender por Internet, es posible que no me quede otra opción», comenta el húngaro. Además de producir cuadros crea otras prendas como zapatillas o incluso ropa. Y todo lo hace con lana que trajo de su granja de Hungría, aunque ya piensa en tener ovejas en un futuro próximo.

Una casa rural al completo, con un aluvión de reservas el fin de semana

Pedro está al frente de Casa Quiñones
Pedro está al frente de Casa Quiñones

La única casa rural que no se ha resentido en los últimos meses es Casa Quiñones, en plena montaña y corazón de Os Ancares. Pedro Álvarez está sorprendido y es que son muchas las familias que se pirran por pasar unos días entre semana en este paraíso natural. Los sábados y domingos, las tres habitaciones de este inmueble —que se alquilan de forma individual— están siempre llenas. «Me llamó mucho la atención porque, no nos olvidemos, estamos en temporada baja», explica Pedro. A sus huéspedes, el joven también les ofrece un espacio coworking por si quieren compatibilizar el teletrabajo con la paz de este entorno bucólico. Además, el lugar está formado por dos estancias, una estilo chill y otra con mesas en las que es posible trabajar en grupo. Sin embargo, el coworking es un servicio que puede solicitar quien quiera, no solo los huéspedes. «Aquí vino gente de Barcelona que está de vacaciones en Navia y que pasaba ocho horas trabajando a diario; es decir, lo que dura la jornada», explica Pedro.

El proyecto que gira en torno a Casa Quiñones mira de frente al agroturismo. Es por eso que, próximamente, los huéspedes podrán hacer rutas a caballo por las aldeas de Os Ancares. «Fomentaremos estancias sostenibles. Quien venga, podrá dar de comer a los animales o cuidar de la huerta durante unos días», explica Pedro Álvarez, convencido de que, con el tiempo, este tipo de actividades serán un gran atractivo para la gente de las ciudades.

El ingeniero tiene cuatro cabras, otras tantas ovejas —«y mas que quiero tener porque en un año espero estar haciendo quesos», comenta entre risas —, dos cerdos celtas, 20 gallinas —todas de razas diferentes—, un perro, un caballo y hasta peces en el estanque que tiene a los pies del hórreo en el que expone Pavel.

La intención del propietario de Casa Quiñones es atraer a turistas que tengan una alta sensibilidad con el entorno y que busquen saber cómo es la convivencia con los vecinos en Os Ancares y la vida rutinaria. Para ello, ofrece un trato personal que no finaliza cuando se marchan, «seguimos en contacto», asegura Pedro.

En el interior de la montaña no son muchos los alojamientos o los restaurantes pero la conexión es buena entre los distintos gerentes, «nos llamamos continuamente y hay veces en las que llega gente a la que derivo a otros sitios porque sé que buscan algo que a lo mejor, aquí no pueden encontrar», añade el vigués.

Una exposición dentro de un hórreo: «Quería hacer algo nuevo, único»

María Guntín
Pavel en el interior del hórreo de Barcia en el que expone varias piezas que hizo en los últimos meses
Pavel en el interior del hórreo de Barcia en el que expone varias piezas que hizo en los últimos meses

El artista ruso asentado en Os Ancares, Pavel Yakushev, ofrece en esta muestra diseños en hierro de meigas, iglesias y hasta del puente de Navia de Suarna

Días antes de que se cumpla un año desde que Pavel Yakushev y Alisa Smirnova aterrizaron en Os Ancares, este joven artista del metal acaba de inaugurar una exposición que lleva por título ‘Do millo ao ferro’ y cuyas piezas están en el interior de un hórreo de Barcia, a los pies de Casa Quiñones. «Quería hacer algo nuevo», explica en inglés, aunque cada vez se maneja mejor en castellano y, hasta se atreve con el gallego. Pavel no ha parado de trabajar desde que llegó a España y sus obras de arte se exhiben también por las calles de Navia de Suarna. Todo lo que ahora muestra es made in Galicia y es el resultado de muchos meses de creación desde su taller, ubicado en Louxas. «Alisa me ayudó en todo», comenta con cariño el ruso. Ella se dedica a pintar, aunque en Moscú tuvo trabajos muy diversos y también le gusta hacer murales.

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