La asociación Acopros ayuda a las personas sordas en la crisis del covid

La asociación coruñesa trabaja con pacientes con discapacidad auditiva para que puedan acceder al mercado laboral

Rubén Capelán, Tamara González y Inma Tebernero trabajan en la Asociación Acopros.
Rubén Capelán, Tamara González y Inma Tebernero trabajan en la Asociación Acopros.

Las personas con algún tipo de discapacidad están sufriendo con más intensidad los efectos de la crisis del covid. Especialmente vulnerables son los pacientes que padecen problemas de audición. «El uso de la mascarilla dificulta notablemente la comunicación ya que estos pacientes se apoyan mucho en la lectura labial. Además está siendo un momento muy duro para los que se encuentran en una situación de desempleo, pero incluso para las personas activas, que tienen que gestionar toda la burocracia derivada, por ejemplo, de un ERTE», reconoce Inma Tabernero, coordinadora de proyectos de la asociación Acopros, que desde 1976 trabaja para dar respuesta a las necesidades de las familias con hijos con discapacidad auditiva. «Una de las principales tareas de la entidad es realizar un diagnóstico precoz de la enfermedad. Muchas veces la sordera no se manifiesta en el momento de nacer, pero puede aparecer meses después. Nosotros hacemos un seguimiento de los niños y niñas y asesoramos a las familias», apunta.

La asociación coruñesa acaba de recibir una ayuda económica de 6.000 euros por parte de la Fundación “la Caixa” que irá destinada a su servicio de búsqueda de empleo para personas con este tipo de discapacidad. «Buscamos negocios que puedan tener puestos de trabajo que puedan cubrir. Muchas veces las empresas desconocen que algunas de sus actividades pueden ser perfectamente cubiertas por personas con discapacidad auditiva. El proyecto financiado por “la Caixa” está pensado para que nuestros pacientes traten de acceder al mercado laboral durante este último trimestre del año», indica Tabernero.

En concreto, la iniciativa de reinserción laboral consistirá en visitar hasta siete empresas para realizar tareas tanto de sensibilización como de búsqueda especifica de puestos de trabajo que encajen con el perfil de los discapacitados. «La ayuda económica está destinada para doce usuarios de nuestra asociación. Esperamos que al menos cuatro de ellos puedan conseguir un contrato laboral. También estamos pensando en realizar cursos formativos sobre búsqueda activa de empleo mediante el uso de nuevas tecnologías y sobre algún tipo de actividad que puedan realizar, como manipulación de alimentos», concluye.

Sara Gómez: «Todos los clientes se vuelcan al ver que ahora ya no puedo leer los labios»

Olalla Sánchez
Tras 16 años en la peluquería Begoña Guzmán, a Sara Gómez, sorda de nacimiento, las mascarillas le suponen ahora una barrera. La dueña (a la que en la imagen hace un peinado) buscó una aplicación que le facilita entender a las clientas
Tras 16 años en la peluquería Begoña Guzmán, a Sara Gómez, sorda de nacimiento, las mascarillas le suponen ahora una barrera. La dueña (a la que en la imagen hace un peinado) buscó una aplicación que le facilita entender a las clientas

Esta peluquera compostelana, sorda de nacimiento, suma elogios y seguidores. El hándicap de la mascarilla lo solventa con una aplicación que da lugar a más de un equívoco, para delicia de las clientas

En la semana en la que las peluquerías aunaron su voz ante la dura situación actual, charlamos en el salón Begoña Guzmán, situado en la plaza de Fuenterrabía -a la entrada del casco histórico-, con Sara Gómez, una compostelana, sorda de nacimiento, a la que el covid y las mascarillas, se lo han puesto aún más difícil al no poder leer los labios. Una barrera que, como todo en su vida, empuja con coraje, una contagiosa sonrisa y un sólido apoyo de su círculo. «Me pongo aún nerviosa al no hablar con fluidez», comenta con enorme esfuerzo mientras mira a una tableta que le sirve, desde el desconfinamiento, de traductor de todo lo que se le pregunta. Con gesto afirmativo, y con la ayuda de Begoña Guzmán, la actual dueña de la peluquería en la que Sara, de 37 años, trabaja desde que tenía 21, accede a repasar una loable trayectoria en la que siempre primó la inclusión. «Mi infancia fue un poco diferente. Después de clase, durante tres años, tuve una hora diaria de logopeda. En casa leía para aprender más lenguaje. Me acuerdo de los globos que hacía con los chicles para ejercitar la musculatura», apunta con gesticulación mientras lamenta el poco tiempo que tenía para jugar. «Pero estoy contenta. No me imagino no saber hablar. Mi madre me enseñó, me ayudó muchísimo», aclara.

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