Qué hay tras la explosión del coronavirus en Navarra y cómo evitar en Galicia los errores de la región más castigada

La comunidad foral es la que arroja peores datos en la segunda ola. Gallegos de Pamplona, desde profesores a hosteleros, cuentan cómo el fenómeno de las «no fiestas» les condenó


Redacción / La Voz

Los centenares de alumnos que, desde mediados de los años noventa hasta la actualidad, hayan acudido a alguna clase de Manuel Martínez Algarra, ahora docente de la Facultad de la Comunicación de la Universidad de Navarra pero antes uno de los emblemáticos profesores de Ciencias Sociais en Pontevedra, podrían dar cuenta de lo difícil que resulta verle enfadado. Es de habla pausada, tono bajo y carácter conciliador; la mesura hecha verbo. Tal es su corrección que, cuando va a mostrarse indignado, avisa de ello por adelantado. Y ayer, desde Pamplona, la ciudad que le acogió cuando dejó Pontevedra, lo advertía: «Me tiene muy indignado todo esto del coronavirus. Tenedlo en cuenta por si mi testimonio se viera influenciado por ello», indica. Martín Algarra, que imparte la asignatura de Opinión Pública, lleva desde el minuto cero de la pandemia siguiendo los datos de la misma, por interés ciudadano y profesional. Y de ahí parte su enfado: «Hay un desbarajuste tremendo con los datos. Actualmente, no sabemos ni qué número de personas murieron. Los datos son la materia prima para tomar decisiones correctas. ¿Cómo van a acertar con lo que hacen si no tienen criterios para evaluar correctamente lo ya vivido? Hay un problema claro de gestión por parte de los gobernantes, y así estamos como estamos. No es lógico que estemos así en la segunda ola».

Luego, mira hacia Navarra, la tierra que le acogió cuando se marchó de Pontevedra, en el año 2004. Y señala: «España está mal y Navarra está peor». A partir de ahí, trata de buscarle explicación a por qué se da esa explosión de contagios en la región, la más castigada de España, con una tasa de más de mil contagios por 100.000 habitantes. Y, como muchos otros ciudadanos e investigadores, parte del problema lo encuentra en el comportamiento ciudadano: «Salimos de un confinamiento muy duro y luego llegó el verano y las actitudes se relajaron. Aquí se acuñó el concepto de la no fiesta, es decir, al suspenderse las fiestas habituales, la gente empezó a reunirse igualmente. Se juntan en distintos sitios, entre ellos las llamadas bajeras, que son como locales privados no regulados donde la gente come y bebe. Parece que se dieron bastantes contagios», razona Martín Algarra

Ese mismo argumento lo da Zoila Chávez. Ella no es gallega. Pero es la nueva responsable de uno de locales hosteleros con sabor a Galicia que hay en Pamplona, el Lar Gallego, que depende de la Casa de Galicia en Navarra. Zoila responde con un «muy mal» cuando se le preguntan cómo van las cosas. No hace mucho tiempo que tomó las riendas del negocio y ahora tiene el bar paralizado, después de que en la comunidad se decretase el cierre de la hostelería para frenar la pandemia. Ella también cree que las llamadas bajeras, esos locales donde se reúnen las pandillas, han sido uno de los problemas: «Gran parte de la hostelería ha respetado mucho las normas, pero el problema vino por la indisciplina de las reuniones en casas y demás locales», indica con impotencia. 

Tito López, policía jubilado, natural de Rodeiro (Pontevedra) y vecino de Burlada, en las afueras de Pamplona, coincide en que probablemente algunas de las tradiciones de la juventud navarra hayan sido perjudiciales. «Aquí tienen mucha importancia las cuadrillas. Desde niños se forman las cuadrillas y andan juntos siempre. Y, sí, se juntan en las bajeras y claro, pues parece que hubo contagios. No se puede culpar a todos los chavales, estoy seguro de que la mayoría lo hicieron fantástico. Pero en algunos casos parece que hubo contagios. Se empezó a hablar de las no fiestas, es decir, de que no las organizaba ningún ayuntamiento pero había fiestas igual... Eso pudo perjudicar», dice. Tampoco cree que pudo penalizar la gestión que se hizo, la falta de medios. Y cuenta lo que pasó en su propia casa: «Mi mujer, en febrero, empezó con una tos seca, se puso mal, y fue al médico. La mandaron confinarse y le dijeron que tenía síntomas compatibles con el covid-19, pero no le hicieron la prueba ni nada. Estuvo en una habitación de casa sin salir. Creemos que lo pasó, pero tampoco lo sabemos con certeza. Y nosotros no sabemos si nos contagiamos y fuimos asintomáticos o no lo pasamos», enfatiza Tito López. 

Tito, que en verano viajó a Galicia con la familia y se sorprendió del uso generalizado de la mascarilla en esta tierra, reconoce que ahora mismo la situación «es de casi confinamiento». Apenas sale de casa y la mayoría de las noticias le llegan por los medios de comunicación.

Menos le cambió la vida a Mario Otero, natural de Pontevedra y profesor de Matemáticas en un instituto de Pamplona desde hace once años. Él aporta el mensaje más optimista desde la capital navarra: «La verdad es que tanto algunos de mis compañeros como yo a veces nos preguntamos dónde están todos esos contagios, porque aquí la vida da la sensación de seguir estando tranquila como siempre. Sigo yendo al instituto, mis clases de pilates y patinaje continúan... no veo muchos cambios, salvo por lo de que los bares ahora están cerrados. A mí no me cambió mucho la vida, la verdad. Y en nuestro centro apenas tuvimos casos». Confía en que la situación remonte pronto y comparte el argumento de las no fiestas: «Sí, tengo compañeros y amigos que tienen hijos adolescentes o de veinte años y sí hablan de que iban a esas no fiestas, que al final es como si hubiese fiestas normales. Pero creo que cada vez hay más concienciación», enfatizó.

Mario Otero, tirando de positividad, señala que, aunque es un gran viajero, este año ya no preveía viajar con pandemia o sin ella, porque el anterior sí lo había hecho, «así que ni tan mal, me coincidió bien». Confía en poder comer el turrón en Galicia, al lado de la familia. Ahora mismo lo tendría difícil. La comunidad de Navarra es una de las nueve regiones que han optado por confinamientos para tratar de doblegar la curva. En el caso del territorio foral, hay un aislamiento perimetral, es decir, se permite la movilidad entre municipios (aunque no se recomienda) pero no se puede salir de la región sin una causa justificada y relacionada con el ámbito laboral, académico o sanitario. 

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