¿Necesita una sociedad como la española un toque de queda para detener al covid?

Expertos en psicología social valoran cómo afectaría una medida así

Las calles de París, vacías durante el toque de queda
Las calles de París, vacías durante el toque de queda

El objetivo es reducir la movilidad en la hora punta de los contagios: por la noche, cuando los españoles se reúnen con no convivientes y frecuentan locales. La medida urge. La cantidad de contagios nuevos que aparecen cada día revelan que el virus campa a sus anchas, que los rastreadores ya no son capaces de seguirle el ritmo. El panorama se vuelve más que desfavorable de cara al invierno, con el frío vaciando las terrazas y apremiando a los que se niegan a abandonar las calles a concentrarse en el interior de los bares. Pero, ¿cómo afectaría a una sociedad como la española un toque de queda? Expertos en psicología social valoran su impacto en los comportamientos.

¿Sería eficaz un confinamiento nocturno en España? 

Carlos Álvarez, psicólogo social, cree que no, que sería mucho más útil controlar los lugares de ocio nocturno y las fiestas en casas. Entiende que lo más probable es que no se comprenda su utilidad, y que la respuesta será ver cómo se puede sortear, «utilizar toda la picaresca para saltárselo». «Probablemente se sustituirá por otros comportamientos de más riesgo, más fiestas o reuniones en las casas -apunta-. Entraríamos en un juego definido como "a ver si no me pillas, a ver si te pillo" que no conduciría a ninguna parte». Defiende que, en caso de aplicarse, debe hacerse desde el control, incluyendo el policial.

En opinión del profesor Antonio Rial Boubeta, de la Universidad de Santiago, «se trata sin duda de un tema espinoso y de difícil solución, pero los gobernantes deben adoptar una postura valiente y desde un enfoque de responsabilidad». «Yo creo en las personas como individuos, pero como científico social no debo olvidar que el comportamiento de los grupos a menudo se aleja de lo racional. Por eso es que creo que los responsables públicos deben de aparcar intereses electorales e ideologías y, en estos momentos de extrema necesidad, hacer primar la salud, la seguridad y el bien común, sea o no electoralmente rentable o ideológicamente discutible».

Coincide Jorge Sobral, catedrático de Psicología Social, en que será eficaz en la medida en que la gente las entienda y se sienta «vinculada cognitiva y emocionalmente», por lo que, explica, para conseguir esto es necesario que haya sanciones legítimas. «En caso contrario, su efecto será nulo o, incluso, contraproducente. Seria un ejemplo más de lo que en psicología conocemos como "normas perversas"», normas generalmente incumplidas e inaplicadas.

A favor se posiciona la también psicóloga Carmen Patiño, que considera «interesante» este planteamiento al haber quedado demostrado estos meses, dice, que la responsabilidad individual frente al covid-19 ha flaqueado. «Nuestro país es un país de relaciones sociales y de muchísimo contacto social, y es aquí donde más contagios se producen. Esto, por tanto, solo puede ayudar», sostiene.

¿Qué cambios en los comportamientos sociales acarrearía?

«Los cambios en los comportamientos esperables bajo la vigencia de esa norma son bastante obvios, ahora bien...¿tendrá efectos no previstos y no deseados?», plantea Sobral, el más escéptico de los tres. Retoma la idea de que los encuentros sociofamiliares vayan a trasladarse a pisos o locales cerrados, «a una cierta clandestinidad». «Hay que estar atentos a eso -advierte-. No vaya a ser que sea peor el remedio que la enfermedad»

Patiño, por su parte, observa que ya hemos empezado a interiorizar cambios a nivel de comportamiento -«Hace seis meses ni siquiera nos imaginábamos que nuestra vida iba a pasar por llevar puesta todo el día una mascarilla o depender del hidrogel»- y que, por tanto, seguiremos adoptando otros tantos si esta situación se alarga. «Son hábitos y los iremos entendiendo como normales, como no besarnos o abrazarnos». Hay otra cara de la moneda que preocupa a la experta: las personas con algún tipo de trastorno, por ejemplo, aquellos que sufren un trastorno obsesivo compulsivo con la limpieza. «Esta gente va a empeorar», aventura.

¿Pueden quedar secuelas de estas medidas?

Sobral no cree que ninguna evidencia científica haya resuelto que un paréntesis en la actividad social entre, por ejemplo, las 22 y las 6 horas, durante un par de semanas, ocasione ningún problema relevante a nadie. «Seguro que no», subraya. «Otra cosa es que, a buen seguro, toda la angustia que genera una época como esta, llena de miedos e incertidumbres, incremente la incidencia de trastornos de ansiedad, depresivos, mixtos adaptativos, etc.», añade.

Mientras que Patiño pone de manifiesto que el ser humano tiene una gran capacidad de adaptación a los cambios, la impresión de Álvarez es que un toque de queda generaría más alarma y más miedo, con los consecuentes efectos emocionales: aumento de la sintomatología ansiosa y depresiva. «Reduce la sensación de libertad y de control, y en personas con tendencia al pánico, esto solo podría empeorarlo».

«Si en estos momentos ya estamos notando algunas secuelas de todo (como, por ejemplo, de limitar nuestra vida social y no ver a familiares ni abrazarles, lo que potencia la sensación de un mayor aislamiento y falta de percepción de control), una medida de toque de queda aumentaría en general el malestar psicológico -reflexiona-. Podría hacer que se intensificaran emociones de tipo negativo, como la rabia y la irritabilidad, y que apareciesen conductas encaminadas a recuperar esa libertad, como saltarse el toque de queda o cosas similares, incluso en algunas personas podría derivar en comportamientos violentos».

Explica que esto es lo que ocurre en los estudios sobre desamparo e indefensión: «Primero, se responde tratando de recuperar lo que me han quitado y, si no soy capaz de conseguirlo, entro en una situación de desamparo con toda la sintomatología anteriormente citada».

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