«Sé lo que es el covid, perdí a mi padre. Pero los bares no son los culpables, que paren con el mensaje machacón»

La pontevedresa Marta García pone voz al sentir del sector hostelero gallego, que asegura sentirse maltratado y pide que los locales de ocio «pasen de ser problema a solución»


Pontevedra / La Voz

Marta García Justo, de Pontevedra, es de esas mujeres con capacidad infinita para reinventarse. Trabajaba en el sector de la construcción. Cuando llegó la crisis del ladrillo, tras veinte años empleada como delineante en un estudio de arquitectura, perdió su empleo. Se apuntó al paro e hizo formaciones de todo tipo. En esas estaba cuando su vena emprendedora y sus ganas de volver a empezar se cruzaron con la hostelería. Así, se decidió a montar el e Meigas Fora, una de esas taperías coquetas que multiplican el atractivo del casco histórico de Pontevedra.

Trabajó duro, pero recogió frutos: «Los últimos años fueron buenísimos. No sabes la cantidad de gente que vino, tanto de aquí como extranjeros, por el Camino de Santiago y por todo. Fueron unos años tremendos, en verano con el turismo de aquí, de siempre y en estos meses de invierno con los extranjeros, estábamos genial. Y este año iba a ser la explosión, pero...».

Pronuncia ese pero y se queda callada. Muda. Y, cuando recupera su voz, ya no es la misma: «Mi sector está abandonado. Las medidas y protocolos son lo de menos, el problema es el mensaje de que los bares son los culpables. Y luego nos hacen un cribado a los hosteleros, como pasó en Pontevedra, y el 99,9 % damos negativo», señala. Cree que ese mensaje, esa lupa contínua sobre el sector de la hostelería, les está perjudicando injustamente. Luego, recuerda que el sector lleva sufriendo desde la primera ola. Y que sus gritos de auxilio no son escuchados pese a que pide socorro continuamente, como cuando ella misma, en el mes de abrirl, reunió valor para escribirle una carta desgarradora a la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz. La misiva ponía los pelos de punta: «La crisis del 2008 me llevó al paro. Este domingo el COVID-19 ya se llevó a Fernando, mi padre. No permita que se lleve también mi futuro y el de las familias de mis empleados».

Y es que Marta, tal y como le contaba en su carta tanto a Yolanda Díaz como al presidente del Gobierno, no solo sintió el desgarro del covid-19 en su economía. Peor fue el peaje personal. El coronavirus se llevó a su padre como a todas las víctimas de la pandemia: sin que pudiese mediar un adiós, sin que pudiesen darle ese último abrazo. Lo recuerda con la impotencia del primer día: «Ahí estamos toda la familia, intentando llevarlo, intentando seguir adelante», indica. 

La pérdida de su padre coincidió también con el fin de muchas esperanzas puestas sobre su negocio y, también, sobre las autoridades. Se reconoce defraudada, sobre todo, por esos contínuos mensajes negativos sobre su sector. «Y porque no ves que haya un plan para reactivar todo esto, para ver que pasa con gremios tan perjudicados como el nuestro», indica con voz peleona, con ganas de gritar a los cuatro vientos lo que ve cada día en su negocio. «La gente que sigue viniendo a los bares, que es poca, está cumpliendo. Estás en un sitio público, en el que te ve todo el mundo, estás intimidado, no te sacas la mascarilla ni incumples otras normas. Lo que hay que controlar es lo que se hace en el ámbito privado. Y dejar ya de asustar a la gente. Si tienen que tomar medidas que las tomen, pero que no sigan diciéndole a la gente que se autoconfine y a nosotros que sigamos abiertos, porque eso no tiene ningún sentido».

Cuenta que en su ciudad, en Pontevedra, acumulan ya muchas jornadas sin que se pueda consumir en la barra de los bares, y con el aforo interior y en terraza reducido. «Y eso tiene un peaje, claro que sí. Trabajamos, pero a mucho menor ritmo», indica. 

Defiende al gremio y lo hace con una última de esas frases que se clavan en alma: «Estamos concienciados. ¿Cómo no voy a estarlo? Sé lo que es el covid, perdí a mi padre. Pero los locales hosteleros no son los culpables. Que paren con el mensaje machacón».

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«¿Cómo tengo el ánimo? Mal. No veo la luz al final de túnel». La frase es de Jaime Veiga, natural de Samos (Lugo), un municipio donde en su día fue nombrado hijo predilecto, y también un conocido y reconocido hostelero de Barcelona. Cuenta que desde que le obligaron a bajar la persiana de sus locales —Cataluña y Navarra cerraron la hostelería para frenar la pandemia— prefiere no echar cuentas. Se ve impotente ante los números y ante la realidad. Porque está convencido de que el cierre, ese que puede llevarse por delante sus negocios, «no va a servir para nada porque se hacen otras actividades con más riesgo». Esa misma sensación la tiene el sector hostelero gallego. Aquí no hay cierres, al menos por ahora. Pero sí restricciones y lo que para el sector aún es peor: «Mensajes continuos de que los bares son el gran problema, cuando no es verdad. Es más, pueden ser la solución porque evitan reuniones en casas». De ahí que los empresarios digan con una sola voz que se sienten cabezas de turco, maltratados o incluso «criminalizados».

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