Prohibido castigar a los pequeños, pero también reforzarlos con un «muy bien»

La disciplina positiva propone una nueva relación entre padres e hijos


redacción / la voz

Ni castigar, ni decir «muy bien». Tampoco usar el recurso del rincón de pensar, ni colocar etiquetas de víctima o verdugo en los casos de acoso. Esas son solo algunas de las notas de la disciplina positiva que en Galicia difunden personas como la coruñesa María Soto. Lo acaba de exponer en Educa bonito (Vergara), un manual basado en su experiencia profesional y personal. Pretende llevar a los padres a una nueva dimensión respecto a su relación con los pequeños.

«Hoy ya nadie defiende que haya educar pegándole a los niños. Esperemos que la próxima generación crezca sin castigos», dice de entrada. Fija su punto de partida: «Educamos en base a reforzar una conducta positiva o anular una negativa y no sabemos el porqué de esas conductas. Solo nos limitamos a "esto lo haces" y "esto no lo haces"». Tras ello, lanza una conclusión provocadora: «Eso se llama amaestrar, no educar». Y ahonda: «Si quieres que un perro se siente y no lo hace, le pegas. Si lo hace le das una galleta. Eso es lo mismo».

¿Cómo se debe actuar entonces? María Soto sostiene que hay que situarse mucho antes del problema: «La disciplina positiva lo que indica a los padres es por qué los niños hacen lo que hacen para poder actuar de forma preventiva. Si quieres que tus hijos se porten bien en una cafetería tienes que enseñarles muchas habilidades antes. No vale solo "cállate y no molestes". Hay que aprender a estar en público, tener en cuenta a los demás, aprender a regular el tono de voz para que te oigan pero no molestar. Todo eso junto no se enseña en un solo momento riñendo».

Para no terminar en la espiral de gritos, reproches y castigos a las que se ven abocados muchos padres (y con lo que se consigue «que el niño te obedezca solo porque tiene miedo», indica) Soto plantea «entender la condición humana». ¿A qué se refiere con ello? «Todos necesitamos pertenencia y significancia. Aprender a convivir y que nuestra vida tenga un propósito. La educación basada en el conductismo, amaestrando en el castigo-premio, no tiene en cuenta eso. El cerebro humano no está capacitado para aprender por imperativos y órdenes. Los humanos obedecen por miedo o por un condicionamiento tipo Pavlov: me das un caramelo y respondo».

«En una clase, un trabajo o una casa logras que alguien te haga caso si te respeta y te admira. Sigues a una persona que te hace sentir segura y capaz. El adulto que guía el niño lo tiene que hacer sentir así», argumenta.

Una de las partes más chocantes de su discurso llega con el llamado «muy bien». Soto alerta de ese refuerzo positivo: «Es muy peligroso. El cerebro siempre está buscando la felicidad. La vía rápida son las redes sociales, los likes, los caramelos, los "muy bien" y las alabanzas huecas. Generan una respuesta rápida en el cerebro. Es muy intensa, pero desaparece pronto. El cerebro la busca porque es muy potente. Es como un orgasmo cerebral».

Por tanto, según Soto, esas exclamaciones maravilladas ante las creaciones infantiles van en la dirección equivocada. «Llega un momento en el que un niño hace un dibujo y, o alguien le dice muy bien, o se deprime. Pues no, la idea es "vas a hacer dibujos hasta que dibujes como Picasso. Ahí te aplaudo"». De nuevo, la idea del premio: «Cada vez que refuerzas es la galletita. No está mejorando nada. No estás ayudándole a superarse. No estás fortaleciendo su autoestima. La forma en la que tus hijos van a crecer estables mentalmente y con una autoestima alta es cuando no tienen refuerzo positivo». ¿Cómo debe ser la reacción? «Cuando hacen algo bien, en lugar de decirle que está bien, preguntarle ¿y tú cómo te sientes? "Has subido al árbol al que te daba miedo. ¿Cómo estás?" Es la manera de que él forme su criterio y no dependa siempre del refuerzo».

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