Juan Diego Botto: «El franquismo no necesitaba policías; los llevábamos dentro»

Su filme «Los europeos» se estrena directamente este lunes en Orange TV sin pasar por las salas de cine


málaga / colpisa

Antes de enrolarse en una megaproducción de superhéroes, Escuadrón suicida 2, Juan Diego Botto (Buenos Aires, 1975) ha viajado a la España de finales de los 50. El director Víctor García León adapta la novela de Rafael Azcona Los europeos, en la que dos españolitos de la época viajan a una Ibiza prehippie para ligar con extranjeras y descubrir que no se pueden sacudir la caspa y la miseria moral del franquismo. Botto compone un personaje espectacular, un señorito ligón, cínico y hedonista, que brilla a la misma altura que el pobre diablo que lo acompaña, encarnado por un también soberbio Raúl Arévalo. El filme se estrena hoy en Orange TV, sin pasar, de momento, por las salas.

-En toda la obra de Azcona late el anhelo de ser europeo, pero sus protagonistas están condenados a no serlo.

-Azcona escribe desde la oscuridad de una España que vive una dictadura, inmersa en una profunda represión que recorre no solo lo político, sino también lo sensual y lo sexual. Los europeos transcurre en Ibiza, que era una pequeña ventana desde la que uno se podía asomar para ver el mundo que acontecía fuera de los límites de la censura. Y es normal que uno quisiera pertenecer a él, vivir un mundo en color y no en blanco y negro. Hay algo muy bien descrito pero profundamente triste en el hecho de que al final del camino la represión es algo que los personajes llevan puesto. Quieren volver al «vivan las cadenas», a lo que les da estabilidad y seguridad. A la Virgen del Pilar y la censura.

-Es como si el franquismo fuera más allá de lo político, los personajes lo llevan dentro.

-Exacto. Como si la censura hubiera permeado en ellos y el régimen no necesitara policías para decirte lo que tienes que hacer, porque el policía lo llevas tú dentro. Esa es una de las más precisas descripciones de lo que fue el franquismo y lo que explica el posterior devenir de nuestro país.

-Su personaje debe estar en las antípodas de usted.

-Ja, ja. Supongo que sí. Fue un precioso y complejo trabajo de creación. Ensayamos mucho. Encontré una veta en El desencanto, la cosa exquisita y entregada al hedonismo, con ese bon vivant que era Juan Luis Panero.

-¿Le da pena que «Los europeos» se estrene en una plataforma?

-Que se estrene en plataformas no excluye que lo vaya a hacer en salas. Vivimos un tiempo en el que los órdenes tradicionales han explotado para no volver a ser como antes. Los productores necesitan amortizar la película y garantizar su exhibición, porque el cine se hace para que se vea. Las películas están hechas para disfrutarse en una sala, en una buena pantalla y compartiéndolas con otra gente. Tenemos que pelear para que sigan existiendo cines que proyecten este tipo de películas, que no queden solo para Marvel y los megaestrenos.

-Hablando de Marvel, o mejor de DC, ¿cómo ha sido la experiencia de «Escuadrón suicida»?

-Divertidísima. Nunca había jugado en esa liga y ha sido como un viaje a Disneylandia todos los días.

-¿Cuál es la principal diferencia con un rodaje en España?

-El presupuesto. Es absolutamente incomparable: teníamos el presupuesto del Ministerio de Cultura, algo escandaloso. Eso te permite contar con muchísimo tiempo para la preparación, unos efectos especiales espectaculares y unos decorados como de otra época. Todo un estudio para nosotros. Eso sí, cuando gritan acción el cine es igual. Por más que tengas enfrente a Margot Robbie o a Raúl Arévalo tu trabajo es el mismo, dar verosimilitud a una cosa escrita en un papel.

-¿Qué piensa de las palabras de Scorsese, culpando a las películas de superhéroes de la falta de riesgo en el cine actual?

-Scorsese se ha ganado que escuchemos con respeto lo que dice. Es parte de la historia del cine. Muchas de las cosas que decía son ciertas, pero con otras discrepo.

-Su primera película fue una de Martes y Trece, «Ni te cases ni te embarques». ¿Cómo fue eso?

-Fue la primera vez que tuve conciencia de que por esto se pagaba. Tenía seis o siete años. Supongo que entré por mi madre (la profesora de interpretación Cristina Rota). Recuerdo que rodamos en el parque de atracciones de Madrid. Al acabar, alguien me dio un sobre y me dijo: esto se lo das a tu madre. Lo abrí ¡y había dinero! Mi madre me explicó que por aquello que había hecho, faltar a clase y hacer el payaso, se pagaba. Me abrió los ojos: allí había una forma de vida.

-Es muy combativo en Twitter. ¿Alguna vez le han tentado para entrar en política?

-Obviamente. Lo he agradecido y lo he rechazado. Me interesa la política como ciudadano y me interesa hacerla desde el arte, pero no dedicarme a ello. Mi oficio es contar historias y tengo la enorme suerte de poder hacerlo. Vivimos en comunidad y todos debemos mojarnos para que el mundo se parezca a lo que pensamos que es más justo y digno.

-¿Se siente desencantado con la izquierda?

-No he descubierto nada decepcionante con la izquierda que no supiera hace quince años. El efecto «Vida de Brian» no es nuevo, cualquiera que haya estado cerca de una opción de izquierdas ha comprobado el efecto Frente Popular de Judea y Frente Judaico Popular hasta la extenuación. En Argentina se cuenta un chiste: van tres trotskistas y crean cuatro partidos. La decepción no viene tanto con la izquierda, sino con los límites de la democracia formal en sí. Frente a atisbos leves de cambio los resortes saltan para poner límites desde lo económico, lo judicial, lo mediático y lo cultural. Llevo muchos años trabajando en una pieza de teatro sobre Lorca que por fin voy a estrenar este año. Y aproximándome a ese período histórico es triste comprobar similitudes con la actualidad que no deberían existir.

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