Vuelta a la vida tras 88 días en la uci del CHUO

Manuel Vázquez, de 71 años, pasó a planta tras superar la enfermedad, que contrajo durante un viaje a Benidorm


ourense / la voz

Patricia Vázquez acudía ayer al hospital ourensano CHUO a visitar a su padre antes de comenzar su turno como técnica del 061. Manuel Vázquez, vecino de Meréns (Cortegada), fue despedido el pasado miércoles por la tarde por los sanitarios, que improvisaron un corredor de aplausos como emocionado homenaje al último paciente que enfilaba la puerta de salida de la uci en dirección al área de neumología, donde sigue ingresado pero avanzando en su recuperación.

Manuel estuvo 88 días entre la uci covid-19 y la uci convencional del CHUO. Todo un logro a sus 71 años, tras haber caído a merced del coronavirus durante un viaje a Benidorm con otros vecinos de la provincia. Al regresar a casa comenzó a mostrar los primeros síntomas, que se remontan a los días iniciales del estado de alarma. Ingresó finalmente el 21 de marzo y, tras pasar la fase más aguda de la enfermedad, desfiló por la zona de críticos para pacientes covid-19 hasta que, después de unas semanas interminables, dio negativo treinta días después. Sin embargo, en su particular desescalada, Manuel aún hubo de permanecer en la uci por un tiempo.

«Me quedé muy contenta con el trato humano que vi en la uci de Ourense, por la capacidad que tienen los sanitarios para estar cerca de la gente», dice Patricia. Ella lo fue a visitar en numerosas ocasiones mientras su padre avanzaba a cuentagotas, pero ahí también fue precisa la intervención de Yolanda Castro, una psicóloga del CHUO que atendió a la mujer de Manuel y a dos de sus hijas mientras él se peleaba contra el virus dentro de una habitación. «Les prestó ayuda cuando ellas no veían las cosas con optimismo, así que fue muy importante», dicen desde el CHUO. «Somos tres hermanas. Y en mi caso yo recibí mucho apoyo de mis compañeros de trabajo, que no dejaron que me viniese abajo en ningún momento porque sabían lo que estaba pasando. Así que, en realidad, fueron mi familia durante todo este tiempo, porque tampoco pude acercarme demasiado a mi madre por mi profesión y el temor de lo que pudiese pasar si me contagiaba. A veces, le llevaba la compra a la puerta, pero poco más», relata.

Patricia, muy apegada a sus padres, todavía no era capaz de articular demasiadas palabras sobre lo ocurrido y las sensaciones que experimenta al percibir los avances de su padre. «Hablamos de muchas cosas. De nuestras cosas», dice bromeando.

El día que articuló palabra

Cuenta Patricia que, al principio, tanto su padre como ella tuvieron que acudir a las señas para poder comunicarse entre sí. Para despedirse, le hablaba al oído y, en ocasiones, le lanzaba unos besos al aire desde la puerta. «Nos encontramos con que él, por el tema de la respiración y demás, no podía vocalizar en absoluto. Así que tuvimos que buscar fórmulas con las manos para que entendiese mucho de lo que le decíamos mientras él no mejorase o pudiese hablar sin entrecortarse», recuerda la hija.

Durante las visitas de Patricia a su padre se sucedieron los «te quiero mucho» hasta que, poco a poco, Manuel consiguió responder un día un «eu tamén» que a ella le supo a gloria. Pero, para Patricia, el día que quedó marcado en el calendario fue cuando él ya empezaba a reencontrarse consigo mismo y le soltó de repente: «Grazas por estar aí». Ella reflexionaba después sobre lo vivido, que fue mucho y en muy poco tiempo. «Tiene que ser una situación extraña para él, porque seguramente se despertó en un lugar y en unas circunstancias que no se esperaba para nada, igual sin ser consciente de todo lo que había pasado durante estos tres meses», concluye Patricia.

«Tras superar el covid-19 quise conocer a quien estuvo conmigo al teléfono»

pablo varela
Judit, segunda por la izquierda, con las sanitarias que la atendieron
Judit, segunda por la izquierda, con las sanitarias que la atendieron

Una ourensana que se recuperó de la enfermedad vuelve a dar las gracias al servicio de teleasistencia del CHUO

Cuenta Judit Alonso, ourensana de 29 años, que tras caer en las redes del coronavirus tenía que escoger a menudo entre hablar o respirar. «Mi problema fue la fatiga. Eso que se decía al principio de que la gente joven sin patologías previas no tenía tantos boletos para sufrir el covid-19 no se cumplió conmigo», explica.

El día 4 de mayo dio positivo y se quedó al borde del ingreso, pero esta sociosanitaria se empeñó en seguir en régimen de aislamiento domiciliario. Tenía sus motivos. «Estoy con lactancia materna y mi niña tenía cinco meses», dice. La hermana de la pequeña, de cuatro primaveras, supo desde el comienzo lo que pasaba, pero también vio cómo se estiraba su confinamiento mientras el resto de críos iban recuperando su vida en las calles. «A ambas se les hizo el test y dieron negativo, pero no me quedé tranquila, porque aunque iba protegida en casa nunca sabías qué podría pasar», razona.

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