La pandemia vista por niños y adolescentes

Sin urgencias económicas ni políticas, los menores de 20 años han sido, a veces, invisibles

No trabajan. No tienen un empleo que perder ni forman aún parte directa de la cadena productiva cuya necesidad de recuperación ha ido empujando en buena medida las decisiones de la desescalada. Tampoco votan. Así que las medidas o las posiciones políticas respecto de ellos tampoco supondrán sumar o restar sus papeletas en futuras elecciones. Y, sin embargo, los niños y los adolescentes también sufren las consecuencias de la irrupción del SARS-CoV-2 en todo su rigor.

Solo en Galicia hay unos 400.000 menores de edad. La cifra de personas de entre 0 y 18 años en toda España supera los 8,7 millones. Y todos ellos, al igual que los adultos, han visto como sus vidas se ponían patas arriba. Sin clases, alejados de amigos, primos y abuelos, y también del aire libre y la actividad que deberían ser su hábitat natural, fueron los primeros en romper el confinamiento con salidas controladas, pero desde entonces las concesiones a la recuperación de su normalidad y su ocio han sido limitadas. Parques cerrados hasta este mismo lunes, clubes deportivos inactivos e incertidumbre sobre el curso próximo son algunas de las preocupaciones que ellos mismos cuentan a La Voz.

DAVID FERREIRO - 10 AÑOS

David y su padre aprovechan su paseo diario para jugar al fútbol
David y su padre aprovechan su paseo diario para jugar al fútbol

«Tenía miedo de que mis familiares se contagiaran»

En una explanada de O Burgo (Culleredo) David le da patadas a un balón que ya vivió mejores días. Juega con su padre. Y lo hace muy bien. Metido en una camiseta del Barça es fácil imaginar cómo echó de menos momentos como estos: «Sí, sí. Cuando empezó era un poco aburrido, aunque intenté que lo fuera lo menos posible». David, que tiene 10 años, habla como si fuera mayor: «Claro que sé lo que pasó: fue una pandemia a nivel mundial y no podíamos salir porque nos podíamos contagiar. Al principio yo tenía miedo por si se contagiaban mis amigos o mis familiares», recuerda.

David se gestionó una rutina para salir adelante. por la mañana, los deberes.

—No te pondrían muchos.

—Bueno, no estuvo mal.

Y por las tardes, ocio. La tele, la consola... «Antes de esto no jugaba al Fornite, pero ahora ya sí. Y al Fifa». Los días se hicieron muy largos, pero llegó uno en el que se pudo salir: «No, el primer día no salí, pero luego sí. Me puse muy contento. Ahora sí, salgo todos los días».

David pasó el confinamiento en su casa, con sus padres y su hermana que, como ya es algo mayor, tampoco es que le hiciera demasiado caso: «Lo que más eché de menos fue el fútbol». El chaval pertenece al Sporting Burgo, donde, como en tantos otros equipos, la temporada acabó abruptamente: «Pero yo no quiero perder la forma, por eso estoy entrenando». Su padre, que asiste divertido a la conversación, le apoya en esta puesta a punto: «A nuestra edad salíamos más de casa. Estos chicos ahora tienen muchos entretenimientos electrónicos. Pero a mí me gusta que salga e intento que lo hagamos todos los días». Han elegido una hora en la que están casi solos en la gran explanada. De hecho, David casi no ha vuelto a reunirse con sus amigos, otra cosa que también echa mucho de menos, pese a que con algunos compartió virtualmente aventuras a través de la consola.

¿Volverá el confinamiento?: «En la televisión ya dicen que el virus vino para quedarse —reflexiona el jovencito— así que sí, imagino que nos volveremos a confinar». Por si las moscas, David se apura a volver a dar toques al balón, con innegable habilidad.

LOLA - 8 AÑOS

«Dábannos moita pena os parques cerrados»

A Lola, de ocho años, le encantan las atracciones de feria. Así que no hace mucho preguntó a sus padres cuándo serían las fiesta de Santa Rita en Vilagarcía. Para su desilusión, supo que la fecha ya había pasado (se celebran en mayo), esta vez sin pena ni gloria para ella. Es una de las tantas cosas de las que el coronavirus le ha impedido disfrutar.

Otra, vetada hasta este lunes, eran los parques infantiles, que han languidecido durante meses sin niños que los alegrasen, olvidados como gran parte de las opciones de ocio de los más pequeños. «Dábanos moita pena non poder ir ao parque. Cando quedaba coa miña amiga Lara polas tardes sempre me dicía ¿e cando van abrir?», cuenta la niña.

Por lo menos, ahora ya puede ver a sus amigas. Atrás quedan los meses en los que la única niña con la que podía compartir el tiempo era su hermana Carme, de cuatro años. Ambas vieron el cielo abierto cuando por fin se autorizaron las salidas. Aunque su madre reconoce que a Lola le daba un poquito de respeto encontrarse con otros niños en esas primeras salidas. Ella no lo recuerda exactamente así: «Sentínme moi alegre e vin a moitos amigos, pero era raro non poder xuntarnos», cuenta. De lo que sí disfrutaron de lo lindo ambas hermanas fue de saltar en los charcos de barro, tras semanas de no poder desfogar a gusto sus ansias de movimiento, aire libre y descubrimientos.

«O que non me está gustando nada é o da mascarilla, dáme moita calor», advierte Lola, a la que le cuesta llevar con resignación ese complemento imprescindible de la «nueva normalidad». Le gusta casi tampoco como haber dejado de ir al colegio. Y sin embargo, al preguntarle de qué tiene más ganas no dice ni volver a clase ni montar en los cochecitos de las fiestas. «Do que teño máis ganas é de estar coa miña tía Loli, que vive en Canarias, e coa miña prima Álex, que vive en Madrid». Hasta los más pequeños esperan con ansia que se normalice la movilidad.

CARLA Y LÍA - 12 Y 8 AÑOS

Las dos hermanas lucen las mascarillas que siempre usan en sus salidas
Las dos hermanas lucen las mascarillas que siempre usan en sus salidas

«Nos iban a hacer un tour para ver el instituto, ahora empezaré allí de golpe y estoy nerviosa»

Los muñecos Lego de Lía asisten a una boda. Los novios llevan diminutas mascarillas hechas de papel brillante y pegadas con celo. Los invitados están colocados bien lejos unos de otros. «Hay que estar a distancia, a dos metros», explica la niña. Con ocho años, se ha aprendido a la perfección las nuevas normas de convivencia que ha traído la pandemia. Una pandemia que la dejó sin su día favorito, los martes, cuando iba a clases de natación en la piscina del polideportivo. «Es que en la bañera no puedo nadar porque es muy pequeña», aclara. Recuperar esa actividad es lo que más le apetece, pero ni ella ni sus padres saben si será posible en los próximos meses. «En nuestro ayuntamiento reabrirán las piscinas al aire libre, pero las cerradas no sabemos. Y a saber en las descubiertas si habrá sitio», comenta su madre.

Lo que sí llegó por fin este fin de semana fue la visita a los abuelos y la familia que vive en Ourense, a los que llevaban meses sin ver en persona. «Por videollamada no es lo mismo», cuenta Carla, la hermana mayor. Tiene solo doce años, pero habla con una sensatez que ya quisieran muchos adultos. Ella ha recuperado por fin las salidas con sus amigas, aunque le gustaría recobrar también algo de normalidad: «Poder hacer una fiesta de pijamas, por ejemplo». De momento, quedan al aire libre, para poder pasear o sentarse «bien separadas o con la mascarilla puesta», explica. Y añade: «Vemos a mucha gente irresponsable que no la lleva. ¡Ni que fuera tan difícil ponérsela un rato si te vas a cruzar con gente! Así puedes evitar muertes», dice juiciosa.

Para Carla, lo peor de esta crisis sanitaria fue no poder ir al colegio. «Puede ser raro, pero para mí es divertido», explica. Además este era su último año en la escuela. El próximo curso entrará ya en el instituto. «Íbamos a tener una excursión superchula y nos la cancelaron. Y nos iban a hacer un tour por el instituto para enseñarnos cómo es que me iba a hacer sentir más segura. Ahora será todo de golpe y estoy un poco nerviosa», confiesa.

También para Lía será un año de cambios. Pasará a tercero de Primaria. Cambiará de aula, pero también de tutor, su adorado Paco. «No pudimos disfrutarlo nada. ¡No lo vemos desde marzo y estamos en junio!», dice la pequeña, demostrando que para los niños tres meses son una auténtica eternidad.

A ella, desde luego, se le han hecho largos. «Antes me quejaba de que no estábamos nada en casa —entre el colegio, las actividades y las visitas de fin de semana a las familias—, y ahora, justo al revés», exclama, aunque reconoce que no se aburrió. Hubo tiempo para recuperar los juegos de mesa. La tableta, restringida al fin de semana, se extendió durante el confinamiento a un ratito cada día antes de desayunar. Y la consola Wii sirvió para hacer la dosis necesaria de deporte y ejercicio.

Para Carla, sin embargo, el gran refugio fueron los libros y la videollamada diaria con su mejor amiga y algún compañero de clase. «Me hacían olvidar un poco la situación», reconoce.

Las salidas a la calle las aprovecharon estas hermanas desde el primer día. Lía dejó así de tener que sacar la cabeza por la ventana para comprobar lo «fresquito» que seguía siendo el viento.

CANDELA Y MAURO - 7 Y 4 AÑOS

«Mauro se portó muy mal; hasta decía palabrotas»

Candela se sube despacio por los muretes del Paseo do Temple (Cambre) a los que su hermano Mauro ya se ha subido armado con una bolsa de gusanitos. Están de paseo con su madre que intenta que me hagan algo de caso mientras interrumpo su momento de juego. Candela lo hace con desgana cuando le pregunto qué hizo tantos días: «Pues jugar, pintar, ver la tele...» «Sí, creo que vieron demasiada televisión durante este confinamiento», admite su madre. Ella, que trabaja en un supermercado, tuvo que ir al tajo todos los días, también los más duros. Y su marido teletrabajó desde casa: «Y a veces había que entretenerlos con una tablet o con la tele». Lo dice porque Candela no quería salir a la calle los primeros días. Cuando por fin se estableció una franja para que los niños pudieran salir a la calle, Candela se quedó en casa. El miedo que salía a diario de la televisión le hizo mella y no quiso bajar hasta el tercer día.

Mauro sí. Salió en cuanto pudo. Para alivio de todos: «Mauro se portó muy mal —recuerda Candela—; hasta decía palabrotas». Su madre ríe, pero asiente y Mauro sigue triturando gusanitos como si nunca hubiera habido una pandemia. Quizás ni la recuerde cuando se haga mayor.

A Candela no se le olvida que también hubo deberes y que llegaban con frecuencia correos electrónicos desde el cole con tareas para cumplir. Así que no todo fue jauja. Y si se le pregunta qué fue lo que pasó, responde así: «Mi profe dice que los chinos comían algo como sopa de vampiros y de ahí salió el coronavirus». Encantadora Candela, que todavía no ha podido reunirse con sus amigos del cole, porque los papás de los niños aún no tienen claro si es adecuado. A los abuelos también los echó de menos, aunque se vieron con frecuencia a través de las videoconferencias. Pronto los tendrá más cerca, porque este año se van a ver mucho en vacaciones.

PEDRO FERNÁNDEZ -18 AÑOS

Pedro ante la mesa de estudio en la que ha pasado muchas horas durante este confinamiento
Pedro ante la mesa de estudio en la que ha pasado muchas horas durante este confinamiento

«Se pensó mucho en economía y se dejó mucha incertidumbre en educación»

Incertidumbre. Es una de las palabras que más repite Pedro, un pontevedrés de 18 años, para hablar de lo vivido en los últimos meses. Incertidumbre para él, que debía afrontar los exámenes finales del Bachillerato Internacional que cursa. Incertidumbre para su hermano que debe enfrentarse próximamente a la Selectividad. Incertidumbre a la hora de saber cómo se organizará un sistema universitario en el que les tocará estrenarse el próximo curso. «Creo que se pensó mucho en la economía, que es importante, pero poco en la educación, se dejó mucha incertidumbre. Necesitábamos que al menos nos aportaran algo de tranquilidad», opina.

Ahora, con el curso aprobado y sus opciones de carrera para el año próximo centradas ya en dos, respira un poco más tranquilo, aunque la pandemia sigue sobrevolando. «Barajo la posibilidad de irme a Inglaterra. En otras condiciones habría viajado allí y habría visitado la universidad, pero no ha sido posible. También está el miedo a un rebrote, no es lo mismo que te coja aquí que allí. No es que vaya a descartar ir por eso, pero es un factor que ahora cuenta y que antes no había», explica.

Con la desescalada también ha podido recuperar sus entrenamientos de atletismo. Durante el confinamiento había tratado de montar un pequeño gimnasio en casas para realizar las rutinas que le enviaba su entrenador. Ahora, aunque todavía no han podido volver a las pistas, ya han vuelto a correr en grupos por la calle.

¿Y los amigos? Aunque reconoce que durante el confinamiento no perdieron el contacto a través de llamadas y mensajes, Pedro desmiente la idea de que eso basta para los adolescentes. «Tres meses solo con videollamadas aliviaron la situación pero te perdías una parte de gestos, de emociones que también nos hacía falta. Volver a vernos fue una liberación. El primer día había mucha euforia pero también íbamos muy mentalizados en ser prudentes, después de tanto esfuerzo no se puede ser que en un día lo volvamos a fastidiar todo» reflexiona.

RODRIGO SANTISO - 11 AÑOS

Rodrigo posa sonriente en su cuarto
Rodrigo posa sonriente en su cuarto

«A Pedro Sánchez le pediría que Barcelona esté en fase 4»

En casa de Rodrigo, betanceiro de once años, los informativos acompañan la hora de la comida. Y eso se nota hablando con él. Sabe perfectamente quién es el presidente del Gobierno y también tiene claro qué le pediría si pudiera hablar con él: «Que subiera a Barcelona a fase 4». Eso significaría que por fin podría ver a sus tíos y primos que viven en Cataluña. «Tengo muchas ganas de verlos, pero no sabemos cuándo van a venir».

Tampoco le disgustaría ver al presidente en la tele diciendo que ya pueden volver a entrenar los equipos de fútbol de niños. Él juega en el Betanzos y no le hizo gracia saber hace tres meses que ya no podía entrenar: «Me pareció muy mal porque me divertía mucho».

Lo que no le pareció tan mal fue el cierre de los colegios. Al menos al principio. «Cuando nos lo dijeron me pareció muy bien ¡no tenía cole! Pero en medio de la cuarentena dije «ya quiero ir al colegio a ver a mis amigos», explica.

Rodrigo no tiene hermanos. Durante el confinamiento sus padres fueron sus compañeros de juegos. El garaje y los patios de la casa se convirtieron en canchas de bádminton, campos de fútbol... Pero pese a los esfuerzos, el pequeño, inevitablemente, se aburrió. Y eso que los deberes, al principio especialmente abundantes, llegaban a ocuparle toda la mañana y parte de la tarde. Muchas horas ante la pantalla del ordenador para hacer tareas escolares, que hicieron que su madre optase por no ser flexible con la tableta, apenas más usada en el tiempo de ocio que antes de la pandemia.

Con la desescalada llegó el momento de la primera visita de un amigo a casa. Rodrigo la cuenta así: «Como aún no era obligatoria la mascarilla para los niños, estuvimos sin ella, pero nos colocábamos uno en cada punta y jugábamos desde lejos con unas pistolitas de agua». Una gota en el océano de todo lo que les queda aún por recuperar.

BEATRIZ VARELA - 17 AÑOS

Beatriz Varela, este año hará la selectividad
Beatriz Varela, este año hará la selectividad

«Mi familia me sorprendió con una fiesta de graduación en el jardín»

Este era un año importante para Bea. Aún lo es. Cuando el coronavirus lo paró todo, ella estaba en mitad del segundo de bachillerato, a unos meses de la selectividad, a un tiro de piedra de su nueva vida: «La verdad es que al principio no sabía qué hacer. Tengo que reconocer que no estudié mucho porque estaba algo desorientada». Vivió con algún resquemor las diferentes opciones que se barajaban en relación al curso, pero finalmente, habrá selectividad y una oportunidad para ir a la Universidad: «No sé, todavía no lo tengo claro, pero me gustaría algo relacionado con las Ciencias de la Salud. Medicina no, que es muy larga».

En casa son seis: sus dos padres y cuatro hermanos. «Tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Siendo tantos, es fácil que siempre haya alguno de mal humor», razona. Aunque también les ha permitido entretenerse todos juntos: «Sí, hemos jugado mucho. Al Monopoly, por ejemplo». De esta experiencia, Bea ha echado de menos sobre todo a sus amigos: «Sí ya se que guasapeamos y hablamos, pero no es lo mismo que vernos. De todos modos pensé que iba a ser peor; a mí se me ha pasado rápido».

Lo mejor fue el día que acabó el curso o, mejor dicho, el último día que acudió a las clases voluntarias que programaron en su instituto: «Mi familia me había preparado una fiesta de graduación en el jardín. Me hizo mucha ilusión porque, la verdad, era un poco triste acabar el curso así, sin celebrarlo».

Pese a que lo echó mucho de menos, el primer día que se pudo salir, se quedó en casa: «Tardé algunos días en salir. Y, al principio del confinamiento, tuve algo de miedo por si podía contagiar a alguien». Y ahora que ya se puede salir, Bea se está organizando para preparar el examen que llegará dentro de un mes y que va a marcar en buena medida su futuro. Pero tampoco se agobia mucho: «Yo creo que me va a ir bien». Con respecto a la pandemia, Bea, que muy pronto cumplirá los 18, es de las que piensan que habrá rebrote: «Pero creo que esta vez no va a ser tan grave. Ya estaremos mejor preparados».

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