El lío de las mascarillas

En febrero no tenía sentido su utilización y en abril pasó a ser recomendable. Y ahora el Gobierno multará a quien no las use


Las mascarillas han cambiado el paisaje urbano, han pasado de ser una rara avis entre los viandantes a convertirse en un apéndice más de su indumentaria, de oreja a oreja. Ahora ya es mayor el porcentaje de quienes salen a la calle con la cara cubierta. Y más que lo será en cuanto el Gobierno publique el martes la orden que prevé multas de cien euros para quienes se muevan a cara descubierta por los espacios públicos cuando no sea posible guardar la distancia social de dos metros. Serán obligatorias al menos hasta otoño.

En tres meses, los criterios sobre su utilización han ido virando. En febrero, con pocos contagios registrados, las autoridades poco menos que despreciaban su uso, salvo en circunstancias y colectivos muy concretos. Tanto el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, Fernando Simón, como el ministro, Salvador Illa, proclamaban que «no tenía sentido» que la población sana las emplease, que «no era necesario su uso en la calle».

En marzo se dispararon los casos y, con la población confinada y las calles vaciadas, el debate se centró en las dificultades que encontraban quienes querían comprarlas porque el mercado estaba desabastecido.

Volvió la controversia a la par que empezaron a abrirse las restricciones de movilidad, en abril. El día 10, Illa se hacía eco de varias recomendaciones del Centro Europeo de Prevención y Control de Enfermedades y, entre ellas, el uso generalizado entre la población. El 13 de abril el Gobierno empezó a repartirlas de manera gratuita entre los usuarios del transporte público.

El 29, en su comparecencia de prensa de cada día, Fernando Simón constataba la evolución en el cambio de criterio: «La recomendación es fuerte, la obligatoriedad es otra cuestión». El 3 de mayo el BOE publicaba la siguiente orden: «El uso de mascarillas que cubran nariz y boca será obligatorio para todos los usuarios del transporte en autobús, ferrocarril, aéreo y marítimo».

A mediados de mes Fernando Simón avanzaba otro paso: «Las mascarillas son una buena medida de prevención, pero la mejor mascarilla son los dos metros de distancia. Ya hemos hablado más veces que no es fácil la obligatoriedad para todo el mundo».

El 20 de mayo llegó otra vuelta de BOE, con la publicación de la orden que regula «el uso obligatorio de mascarilla cuando no sea posible mantener la distancia interpersonal de dos metros». «Nos ha parecido una medida de cautela y seguridad», comentó entonces el ministro. Y este viernes, a la espera del decreto que regulará las multas, Simón apuntaba a la vocación de continuidad: «La intención que hay ahora en el Ministerio de Sanidad es que la obligatoriedad se mantenga por lo menos hasta que veamos si hay nuevas olas».

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La Organización Mundial de la Salud no está sacando buena nota en su gestión de la crisis del covid-19. Ni puede presumir de capacidad de anticipación ni de velocidad de reacción. Y por el camino ha entrado en episodios contradictorios.

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