Calles peligrosas para ir sin mascarilla

Muchos ciudadanos desconocen todavía que, sin protección, hay que guardar dos metros de distancia en la vía pública. La estrechez de algunas aceras en Vigo provoca cruces constantes de personas prácticamente rozándose

óscar Vázquez (Fotos)
vigo / la voz

Con la vuelta a la calle sin franjas horarias, salvo la excepción de los mayores, el bullicio vuelve poco a poco a la ciudad y la población se reparte entre la que usa mascarilla y la que prefiere ir con la cara al descubierto. Las justificaciones que dan desde este último grupo son de lo más variadas. La más extendida es que en la calle no es obligatoria, cierto, a no ser que no se pueda mantener la distancia de seguridad con otra persona, establecida en dos metros.

Aunque la humanización de calles con el ensanchamiento de aceras permite pasear por ellas sin problemas, aún son muchas las que ofrecen dificultades a la hora de cumplir la ley y de evitar los contagios del coronavirus. No solo por las dimensiones, sino también por el mobiliario urbano que reduce el espacio. Es el caso de Sanjurjo Badía, algunos tramos de Progreso, Llorente, Pracer y numerosas transversales de calles principales del centro, como Magallanes. En el Casco Vello, a excepción de las plazas, la mayoría de los viales son muy estrechos, algo habitual en todos los cascos antiguos.

Tampoco las parroquias están exentas del problema, al que a veces contribuye la maleza de las fincas que ocupa las aceras. La carretera Ponte Segade, la rúa Miraflores, en Sárdoma, o la rúa da Costa, en Castrelos, son solo tres ejemplos.

«Deberían de poner las aceras en un sentido porque mucha gente va sin mascarilla y no puedes esquivarla con los bancos y los maceteros. A esta hora, que es temprano, aún vas bien, pero más tarde te cruzas con mucha gente», apuntan José Antonio y Rosario, que acaban de salir a caminar desde Sanjurjo Badía. «La policía debería vigilar, sobre todo, las calles estrechas», comenta otro ciudadano en el final de García Barbón, donde la calle enlaza con Sanjurjo Badía en un tramo estrecho con barandilla.

Otro de los viales más complicados es Llorente. Las aceras de 93 centímetros dan para poco más que un peatón. Pese a ello, de nuevo se advierte el incumplimiento de la normativa. «Llevo la mascarilla guardada porque aquí, en la calle, no es necesaria, solo en sitios cerrados», explica una joven, tan convencida, mientras obliga a otras personas a esquivarla.

Progreso tiene en uno de sus tramos una de las aceras más estrechas del centro de la ciudad, de apenas 1,40 metros. La cola formada en la calle para comprar en una popular ferretería es una muestra de las diferentes sensibilidades de los ciudadanos. Para curarse en salud, los dueños atienden en la puerta. «Yo acabo de tirar la mascarilla y los guantes en un contenedor, con este calor no los aguanto», dice una mujer que espera. «Igual que yo», secunda otra al lado. Una tercera añade que ella salió un momento del trabajo y le quedó allí, pero reconoce que hay que usarla.

En una papelería de la misma calle explican que hace un momento entró un hombre sin mascarilla. «Alegó que tenía asma y que llevaba justificante».

Los establecimientos suelen exigir a la clientela que entre debidamente protegida por el bien de ella. Es lo que dicen en una famosa tienda de discos de Doctor Cadaval: «Tienen que venir con mascarilla, si no, no entran».

Jesús Boullosa es uno de los pocos ciudadanos que se atreven a dar la cara. Está parado en una esquina de María Berdiales sin mascarilla, alejado del resto de la gente que pasea. «Yo tuve la malaria, tomé mucha quinina y estoy inmunizado. Tuve hasta 43 de fiebre y la bajaba con compresas de alcohol en las ingles», recuerda de su etapa de marino mercante en África. «Después de eso no hay mas. Mira Donald Trump, que toma unas pastillas que son de lo mismo», añade, tras confesar que no para de fumar y que tiene algo de bronquitis.

La mayoría de la gente elude identificarse y las fotografías. Es el caso de un hombre que lleva la protección en la barbilla. «Es para hablar por teléfono y por si viene la policía», comenta. La justificación recuerda a la de aquellos conductores que ponen el cinturón en el coche, no por seguridad, sino por la multa que les pueda caer de Tráfico.

Mientras que unos ciudadanos dan mil y una explicaciones, otros se encogen de hombros a la hora de justificar su actitud. Es el caso de un hombre mayor que pasea por Pi y Margall, un vial con aceras próximas a los dos metros y espacio libre de 1,40 si se restan lo pies de las farolas o los postes de las paradas del transporte público.

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