«Fue muy duro, porque a sus 84 años ella tenía muchas papeletas»

Dominga, coruñesa residente en la San Carlos de Celanova, espera la visita de su hijo José Luis, que vive en Londres

José Luis, y su madre, Dominga, en una foto de archivo
José Luis, y su madre, Dominga, en una foto de archivo
x. m. r.
ourense / la voz

Un día antes de iniciarse el estado de alarma, José Luis Souto tenía pensado viajar desde Londres a Galicia. Cada dos o tres meses, con su maleta a cuestas, se presentaba en su tierra y se iba a Celanova. Allí está su madre, Dominga, usuaria de la residencia San Carlos. «Pero viendo cómo se estaba poniendo el panorama, lo cancelé. Y estaba tranquilo, porque al ser un pueblo pequeño, no pensé en lo que finalmente ocurrió», cuenta. Pero pasó. Y no solo eso, sino que el coronavirus apareció en el recinto para intentar llevarse, entre otros, a Dominga.

No lo consiguió. La anciana, de 84 años, es de A Coruña. «Tiene un problema en sus piernas. Y fue ella la que tomó la decisión de irse al geriátrico porque no quería condicionar a los demás», dice su hijo. Se marchó con un condicionante de que, al año, podría acercarse a otra residencia más próxima a su familia. Pero se enamoró de Celanova y su gente, así que ya no se quiso marchar. «Dijo que allí se encontraba bien. Todo el mundo se conoce y ella aprecia que siempre esté el mismo personal», explica.

Cuando la San Carlos mandó un mensaje de socorro tras irrumpir el covid-19 en las instalaciones, Dominga fue una de las primeras usuarias que se trasladaron a Baños de Molgas. «Lo pasó estando completamente asintomática y ahora está perfecta, pero durante esos días, para mí se trató de un sinvivir. Fue muy duro, porque a sus 84 años y siendo diabética tenía muchas papeletas», detalla.

La burbuja de Dominga

José Luis no tiene claro hasta qué punto su madre era consciente de que era una de las enfermas. La mudanza forzosa a Baños de Molgas y la celeridad con la que se intentó poner a salvo a los residentes dio forma a una especie de limbo en el que algunos, al verse sin síntomas claros, interpretaron que simplemente estaban allí para estar mejor atendidos. «Eles eran conscientes de que non había persoal, porque algunha xente colleu o virus e estaba confinada. Con eles fixéronse traslados rápidos e intentamos poñelos en situación para que tivesen claro o motivo de marchar. Comprenderon que era para estar mellor, porque algúns non pensaban no virus e dicían que estaban ben», relata Sonia Opazo, que fue encargada de la residencia mientras la epidemia se coló allí.

Esa capacidad para abstraerse, en cierta forma un «Good Bye, Lenin» a la ourensana, la percibió José Luis en su madre cuando hablaba con ella por teléfono. Lejos del drama, Dominga, que antes de jubilarse era enfermera, se mostraba despreocupada. «A ella la veía estupenda, así que a mí me quedaba la duda de si realmente sabía por lo que estaba pasando. Después, al volver a la San Carlos, lo hablé ya abiertamente con ella, pero intentamos no darle más vueltas porque lo importante fue que salió adelante», cuenta.

Ahora, José Luis agradece el papel de los sanitarios y también los empleados de las residencias que siguieron al pie del cañón aún sabiendo lo que venía encima. «Hicieron todo lo que pudieron y han dado su vida por los residentes, porque cualquiera que se pare a pensarlo sabe que su salud estuvo en riesgo. Y nosotros, ni lo vimos venir ni estábamos preparados».

Al teléfono, los residentes

El testimonio general de quienes pasaron por Baños de Molgas y sus familiares próximos remite a la cercanía de los médicos residentes. El doctor Álvaro de Castro, que coordinó la atención en la residencia integrada tras llegar el día 25 de marzo, pone en valor el trabajo de todos ellos tras un inicio complicado en el lugar. «Fue todo a voluntad suya, y me consta que muchos afectados y sus allegados lo agradecieron, porque los residentes tienen una capacidad humana y de comunicación que en la profesión, a veces, se va perdiendo con el tiempo», dice. El médico cree, con todo, que los usuarios «no eran ajenos a lo que pasaba allí».

De Castro alude a la adaptación a toda marcha que tuvieron que realizar en Baños de Molgas, un enorme edificio de piedra. «A nivel de estructura de comunicación estaba muy mermado. No había teléfono y hubo que montarlos. Por ejemplo, había mucha menos cobertura que en Piñor», cuenta.

Centenares de familias están pendientes de las visitas a las residencias

Demasiado tiempo sin ver a los familiares por culpa de las medidas de prevención del coronavirus es duro, se hace cuesta arriba y más en los casos en los que las personas sufren algún tipo de patología o entran en el llamado perfil de riesgo. En los asilos del occidente ourensano están ultimando los preparativos para reabrir sus puertas a las visitas de los familiares de los residentes de forma desigual: mientras en Ribadavia no hay un horizonte temporal para retomar esta actividad en O Carballiño ya se ha comunicado a los familiares de los residentes que se comenzará con las visitas.

Antonio Rodríguez Colmenero recibía este miércoles la noticia: «Chamaron do asilo dicindo que a partir de mañá, en horario de 10.00 a 12.00 horas, temos que chamar para que nos dean cita para poder ir de visita». Su madre, Rosa Colmenero Regueiro, lleva tres años en el centro carballiñés. «Estamos moi contentos. O coidado é excepcional e dende que foi para alí mellorou moito porque está moi ben atendida, están pendentes da medicación á súa hora e o trato é moi bo», señala Antonio Rodríguez. La comunicación en estas semanas ha sido totalmente fluida: «Chamábannos para dicirnos como estaba e poñíana ao teléfono para que falaramos con ela. En todo momento fomos coñecedores de como estaba e, xa digo, a atención é de 10».

La próxima semana comenzarán las visitas en Chandrexa de Queixa y Manzaneda. Por otro lado, en las residencias de mayores se mantienen estables los casos: con 9 usuarios y 27 trabajadores contagiados.

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