José Rippa, un peluquero gallego en París en la vorágine del covid-19

«A cada cliente le damos un kit con mascarilla, gorro, mandil y patucos que cuesta cinco euros», explica


A José Otero Rippa se le puede encuadrar en la categoría de gallegos universales. Su familia paterna es de Poio, la materna de origen italiano (lo conocen más por su segundo apellido), sus abuelos emigraron en su día a Suiza y él, afincado en Vilagarcía, ahora vive en la capital de Francia, dónde encontró trabajo como peluquero entre la vorágine de la crisis del covid-19 cuando se encontraba a punto de volver a casa, preparando el regreso.

«A finales del verano estaba en el paro —recuerda— y decidí apuntarme para hacer un curso en París. Una vez que lo terminé, alargué la estancia en casa de unos amigos, me lo planteé como si fuesen unas vacaciones».

La reapertura de las peluquerías en pleno confinamiento le llegó cuando empezaba a buscar billete de vuelta a Vilagarcía. En esas estaba y recibió una propuesta de trabajo que no dudó en aceptar: «El sueldo y las condiciones están bien. En principio, es a prueba, por tres meses, con opción de conseguir un contrato indefinido».

Medidas de higiene

Las restricciones de la crisis sanitaria se hacen notar en su actividad profesional, especialmente en los tiempos de espera y en las medidas de higiene que deben adoptar: «Hay bastante trabajo. Coger cita no es fácil, se están dando para dentro de quince días. Y en el día a día las tareas de esterilización requieren mucha atención. Después de cada corte de pelo hay que desinfectar el sillón, los cepillos... Es un poco rollo, pero no queda otra». En todo momento llevan gafas y protectores faciales.

Además, a los clientes les cobran cinco euros por un kit que incluye «el mandil, una toalla, unos patucos y una mascarilla. Si traen una de casa, se la tienen que quitar y poner las nuestra, por precaución».

Las mascarillas se han convertido en un elemento más de la indumentaria y de la vida diaria, tal y como explica Rippa: «Cada vez se ven más en las calles, y hay reparto gratuito. Me acaban de dar diez cuando me disponía a utilizar el transporte público».

En Francia la llamada desescalada va más lenta: «Al menos hasta el 2 de junio los bares y los restaurantes están totalmente cerrados, aunque alguno ha instalado un puesto fuera porque aquí está permitido beber en la calle. En general, la gente es responsable con las medidas de protección, aunque también hay a quien le da igual todo».

Hace apenas un mes, Otero Rippa se veía de vuelta en Vilagarcía. Al echar la vista al frente, no se atreve a hacer demasiados pronósticos. Quiere aprovechar la oportunidad que se le ha presentado en París y alargarla en el tiempo. «Ahora mismo, me planteo las cosas según van surgiendo», comenta. Se ve regresando a España en algún momento, pero sin ponerle fecha.

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