El abuelo ciego y retranqueiro al que el cementerio le devolvió la alegría

María Hermida
maría hermida PONTEVEDRA / LA VOZ

SOCIEDAD

Manuel Méndez muestra una foto de su mujer delante de su lápida, en el cementerio de San Mauro, en Pontevedra
Manuel Méndez muestra una foto de su mujer delante de su lápida, en el cementerio de San Mauro, en Pontevedra RAMON LEIRO

Lo que más extrañaba en la cuarentena Manuel, de 89 años, era la visita diaria a la tumba de su mujer

25 may 2020 . Actualizado a las 16:30 h.

Lo habitual es ir al cementerio a llorar. Pero Manuel Méndez, la retranca hecha abuelo, va al camposanto de Pontevedra a diario para ser feliz. Llega allí con su hija Lola, en un coche verde al que llaman «a mazá», saluda la tumba de su mujer, Digna, y ya se pone contento. «Eu miro para a lápida e dígolle, bos días María, aínda que se chamaba Digna, pero eu dicíalle así porque Marías son todas as mulleres... e xa me poño contento. Logo sentamos aí nunhas cadeiras e botamos máis dunha hora. Se da a sombra estou ao lado da lápida e se hai sol enfronte», explica Manuel. Este hombre, que sufre ceguera desde hace casi una década, repite ese ritual a diario desde hace seis años, cuando enviudó. Primero, con algo de sorna, dice que vive cerca y que lo del cementerio «é un paseíño e punto, por dar unha volta e saír da casa». Luego, los ojos se le ponen vidriosos, se endereza en la silla de plástico que guarda en el camposanto y confiesa: «Despois de toda unha vida xuntos, pois veño aquí e é como se seguira con ela».

Manuel es de Pontevedra y su mujer también lo era. Se conocieron en un baile cuando no alcanzaban ni los veinte años. Tuvieron un noviazgo largo, de diez años, y después llegó la boda y su gran prole. Tuvieron nueve hijos. Manuel era zapatero en su barrio y Digna cuidaba dos vacas, Pinta y Marela, y una pequeña huerta. Amén de criar a los niños. Pero las cuentas no acababan de darles nunca. «Non gañaba nin para levar aos rapaces ao médico... era todo unha miseria. Así que tiven que deixar o de zapateiro», explica el hombre.

Se empleó en una fábrica de puertas. Y pasó media vida cortando tableros, hasta que una guillotina decidió cortarle a él cuatro dedos de una mano. Muestra el muñón, vuelve a sonreír y dice: «O peor é que cortei os catro dedos e quedou atrás o gordo. E os do seguro dixéronme que ese valía máis que os outros todos... fíxate ti. Se os cortara todos igual a pensión era mellor. Pero non che foi así», explica. A raíz del accidente, se jubiló. Ya había cumplido los sesenta años.