«En los fallecimientos durante el confinamiento hemos experimentado lo que sienten los niños cuando los alejamos del último adiós»

La crisis del coronavirus puede dar ocasión para reflexionar sobre cómo afrontamos la experiencia de la muerte y abordar con los más pequeños el tema del fallecimiento y el duelo

Sandra Fernández Prado, pedagoga del Centro Lingoreta de Pontevedra
Sandra Fernández Prado, pedagoga del Centro Lingoreta de Pontevedra

Quienes perdieron a algún ser querido durante el período duro del confinamiento, cuando no estaban permitidos velatorios ni actos de despedida, guardan algunos de los recuerdos más duros que dejará esta crisis. Muertes muchas veces repentinas, en la distancia, sin despedida. Los expertos apuntan que esas restricciones dificultan el duelo. Y, sin embargo, son las mismas a las que muchos adultos someten a los niños en situación normal. La reflexión la realiza la pedagoga Sandra Fernández Prado: «Durante este tiempo comprobamos las consecuencias de no poder despedirnos, hemos visto que no sabemos hacerlo en la distancia. Hemos experimentado casi lo mismo que sienten los niños cuando los alejamos de la muerte y no les dejamos dar el último adiós», apunta esta profesional que trabaja en el Centro Lingoreta de Pontevedra.

Para Fernández Prado, es un error repetido el tratar de alejar la experiencia de la muerte en general, y evitar trata el tema con los niños, en particular. Sin embargo, la crisis del coronavirus ha abierto puertas a la ocasión de abordar la cuestión con los más pequeños. Pone como ejemplo que más de un niño ha podido ver, directamente o de refilón, cómo en las noticias se hablaba de las muertes ocasionadas por la pandemia, haciendo que se planteasen preguntas al respecto. «No hay que precipitarlo. No se trata de forzar las cosas y sentar al niño a hablar sí o sí. Pero si vemos que el niño se plantea qué está pasando, ahí tenemos una oportunidad para reconducir la conversación y aprovechar la ocasión para acercarle el fenómeno de la muerte, que va de la mano con la vida», explica.

«Los niños tienen curiosidad por la muerte y quieren respuestas a sus dudas»

La experta advierte de que hablar del final de la vida con los más pequeños no va a causarles ningún trauma, algo que sí puede llegar a suceder si se les intenta ocultar esa realidad inexorable, al dejarlos desprovistos de recursos para afrontarla. «Los niños tienen curiosidad por la muerte y quieren respuestas a sus dudas. Tienen necesidad de aclaraciones, si no ellos mismos construyen sus teorías y su fantasía puede desbordar nuestras capacidades. Acompañarlos y compartir conversaciones con ellos acerca de la muerte es como ponerles los ruedines para avanzar con seguridad en ese camino. Y compartir es dejarles hablar, preguntar y expresar», apunta. Empezar preguntando qué piensan y elaborar nuestro discurso a partir de eso, reconociendo incluso cuando no sabemos responder a una pregunta para tratar de llegar a conclusiones juntos, puede ser mucho más útil que soltarles una elaborada charla.

Rituales de despedida

En el caso de que la familia acabe de sufrir una pérdida, es importante dar a los niños la oportunidad de despedirse. En caso de no poder asistir a las honras fúnebres, como sucedía durante el confinamiento, o como puede suceder ahora por la limitación en el número de asistentes, pueden desarrollarse en casa, dentro del núcleo familiar, actividades que permitan dar ese adiós, apoyándose por ejemplo en fotografías o en actividades que se compartieran con la persona fallecida. 

En ningún caso, advierte la pedagoga, se debe hacer el vacío al niño, tratando de aislarlo de la realidad que se está viviendo. «Si le alejas, le trasladas el mensaje de que no hay que preguntar, que no hay que llorar, no hay que hablar de ello... todo eso se queda dentro del niño y se transforma en preguntas: ¿Por qué no pude despedirme? ¿Por qué nadie me responde? ¿Hice yo algo mal? Y a partir de ahí surgen comportamientos disruptivos como portarse mal, volverse callado o desconfiado, estar desmotivado...», explica.

«Si les trasladamos que no hay que preguntar, ni llorar, ni hablar de ello, todo eso se les queda dentro»

Por el contrario, aboga por permitir que el pequeño vea las emociones de los mayores y pueda preguntar acerca de ellas, sin caer en la tentación de decirle que no pasa nada. En su lugar, debe explicársele que ese dolor que muestran los adultos o ese llanto son una muestra de que lo mucho que se va a echar de menos a esa persona, que se llora por tener que decir adiós, por lo que quien se ha ido significó en nuestra vida. «Un niño con el que estaba trabajando sobre esto acabó por decirme ''o sea, que lloro porque le quería mucho ¿no? Entonces es bonito''. Se trata de, sin dejar de llorar, reconducir ese llanto a una emoción lo más positiva y natural posible», explica Fernández Prado. 

Para abordar de manera adecuada estas cuestiones con los más pequeños, la experta recomienda que los propios adultos aprovechen esta situación excepcional para reflexionar sobre cómo afrontan ellos mismos la experiencia de la muerte. «Si nos la ocultamos a nosotros mismos, también se la vamos a ocultar a los niños y no vamos a saber ayudarles», concluye.

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Dos niños con mascarillas infantiles decoradas en Pontevedra
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El día que el confinamiento al fin se relajó y los niños pudieron salir por primera vez a la calle, aquel mágico domingo 26 de abril, en todas o la mayoría de las casas estaba preparado un arsenal de mascarillas infantiles para que los pequeños se las pusiesen en su paseo. Había protectores de Frozen, de Superman, de monstruos o de princesas.... Sin embargo, y como entonces no era obligatorio su uso ni para niños ni para mayores, fueron pocos los pequeños que acabaron paseando con el protector puesto. Buena parte de los críos probaron con ansia la novedad, aguantaron durante un rato con la mascarilla y luego se despidieron de ella. 

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