La incertidumbre de Amelia: «No vivíamos con lujos, pero esto nos destrozó a unos más que a otros»

El coronavirus cortó de cuajo la ilusión de una familia ourensana, que se quedó al borde de conseguir un trabajo estable cuando se inició la epidemia


ourense / la voz

La vida puede ser tan perra que es capaz de lanzar una moneda al aire para decidir el futuro de una familia en medio de una epidemia. A la de Amelia, oriunda de San Sebastián y vecina de Ourense desde hace casi dos años, le salió cruz. Y ahora, ella camina a diario hacia el comedor social de Cáritas que meses antes veía de lejos, cerca de su casa. «Cuando contemplabas las colas le decía a mi marido: ‘Qué de gente está en momentos de necesidad’», cuenta.

Amelia trabajó toda su vida como sociosanitaria. Empezó de cero en la ciudad al irse a vivir con su actual pareja. Él, de 36 años, tiene una hija de su relación anterior. Ella, de 45, otros dos pequeños. Él trabajaba como conductor de transporte escolar en una empresa que aguantó un mes antes de declarar un ERTE. Ella, tras casi año y medio de búsqueda infructuosa de empleo, iba a empezar a finales de marzo en una institución de ayuda a personas semidependientes que, con el estado de alarma, cerró sus puertas para evitar que por ellas entrase el coronavirus. Todo se fue al traste por un enemigo al que nadie conocía y que no entiende de números, tampoco de economía.

La de la familia de Amelia es ahora un rompecabezas de supervivencia. «Somos una familia de cuatro son sus gastos, más la pensión que mi marido le pasa a su exmujer por la niña. Y no vivíamos con lujos, pero esto nos ha destrozado a unos más que a otros», dice. El virus, además de cebarse con la salud, hizo que se agrietasen brechas sociales que ya había antes. «Yo voy al comedor de Cáritas a recoger comida. Y aquí te encuentras a un cúmulo de gente que ya no podía más», avisa. Amelia apela a su orgullo como trabajadora. Antes de la llegada del virus había comenzado un curso para trabajar como cajera, que quedó parado a falta de las prácticas tras la irrupción de la epidemia. También estuvo como voluntaria en Cruz Roja. «Y sigo siéndolo, pero al empezar esto me aparté un poco, por el miedo al contagio y por respeto a mis hijos. Y les agradezco todo, porque se portaron bien conmigo», agrega.

Las estrecheces económicas

Cuando la situación empezó a torcerse, a finales de marzo, llamó a una trabajadora social de la Xunta para saber qué podía hacer. «Vi que íbamos apurados, y le expliqué el tema porque intuía que no nos iba a llegar para vivir. Y nos facilitaron que tuviésemos acceso al comedor durante dos meses, para ir arreglando la situación mientras tanto», detalla. Esos dos meses terminarán pronto, y Amelia los mira de reojo porque sabe que la vuelta a la teórica normalidad no será inmediata. Tampoco sencilla. «Tengo que mirar por los míos, aunque también sé que hay gente que está peor que nosotros», asume.

En el comedor social de Cáritas se ha cruzado con miradas huidizas. Hay quien se empecina en decir adiós a su futuro y otros que intentan por todos los medios cortar lazos con su pasado. La diferencia, a veces, la marca el estar ocupado. «Yo soy una currante de toda la vida, pero esto te deja tocado. ¿Cómo vas a sacar adelante a tus hijos si no tienes un trabajo con el que contabas?», reflexiona.

Por el momento, ella valora el haber encontrado un pilar en el que sostenerse, sea más o menos duradero. «No es una situación idónea para nadie, pero te quitan un gran esfuerzo económico como lo es el ir a hacer la compra», comenta. Pero mientras, mira con algo de incertidumbre lo que vendrá después del confinamiento.

Vivir en estado de espera

Amelia sospecha que su marido podría irse al paro en verano, ya que la temporada escolar termina. «Y nuestra situación ahora es la de a ver qué pasa. Su empresa intentó poder con todo durante un mes, pero al segundo tuvo que mandar a su gente a casa porque era imposible», explica.

Ella contaba lo ocurrido poco después de estar jugando con sus hijos en un jardín próximo a su casa. Aún son pequeños, pero empiezan a entender lo que pasa. Y Amelia, lejos de arredrarse, opta por contar lo que pasó, porque imagina que habrá más personas pasando por lo mismo, pero sufriéndolo en silencio. «Siempre he sido de decir las cosas y dar la cara. Y si esto pudiese ayudar a gente en nuestra situación ya habrá valido la pena».

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