Regreso fugaz de los universitarios a las residencias para recoger sus pertenencias

El desalojo lo hacen por ahora solo estudiantes de la provincia y con cita previa


Santiago / La Voz

No hay bullicio. Los pasillos, vacíos. Las cortinas corridas. La fuga de estudiantes a raíz de la declaración del estado de alarma dejó unas residencias universitarias semivacías, sin apenas personas dentro, pero con muchas pertenencias aún en su interior. Dos meses después, tras confirmarse la suspensión de las clases presenciales y de permitir la movilidad dentro de la provincia, vuelven los primeros alumnos para vaciar sus habitaciones. Los de otras provincias lo harán más adelante, una vez se confirme su disponibilidad para asignarle una fecha y horario para la mudanza; y se les entregue un certificado para justificar la movilidad interterritorial.

Fue un regreso fugaz. Para minimizar el contacto físico entre personas y plantas, el Servicio Universitario de Residencias (SUR) organizó un desalojo ordenado, citando a los residentes en diferentes días y franjas horarias. En Burgo das Nacións, donde permanecen 50 estudiantes que no han podido abandonar la residencia por distintos motivos, acudían este viernes los últimos alumnos de la provincia a recoger sus cosas. Ayer, completaban el proceso en Monte da Condesa. Y de aquí a finales de mes se hará en los colegios mayores, informan en la USC.

«A mí me dieron cita para el miércoles, entre las 15 y las 20 horas, con margen suficiente como para recoger todo y hacerlo con seguridad. De hecho, acabé un poco después de la hora límite y tampoco pasó nada», cuenta Antonio Felpeto, alumno de cuarto de Xornalismo de As Pontes. Explica que él hizo las maletas para un par de semanas el 13 de marzo, cuando la Xunta anunció la suspensión de las clases, y la mayor parte de sus cosas se quedó en Santiago. «Por suerte, yo tengo todos los apuntes en el ordenador y me lo traje conmigo. Peor lo tuvieron otros que se fueron sin ellos», incide.

En Monte da Condesa, apenas tres universitarios coincidían ayer entre las 10 y las 12 horas para la mudanza. En la puerta de la residencia, un cartel de letras grandes recordaba la necesidad de respetar la distancia de seguridad y circular por la derecha. A su lado, otro con las normas del desalojo. Entre ellas, el acceso restringido según los turnos establecidos, la prohibición de que entren acompañantes y la necesidad de que se lleven todo, incluso las neveras.

Casi dos horas (y varios viajes hasta el coche) le llevó la mudanza al alumno de tercero de Ciencias Políticas Jorge Precedo. Libros, menaje, ropa de cama... «Cuando me marché pensaba que era para un par de semanas y me dejé todo aquí», explica el coruñés, quien considera que el desalojo «se hizo bien» y habla de un fin de curso «más apretado de lo normal, porque hay demasiados trabajos».

Cuando él terminaba de recoger, entraba apresurada Violeta Silva con una maleta que luego saldría llena. La joven de Betanzos, matriculada en primero de Xornalismo, cuenta que el abandono de la residencia «fue un poco precipitado. El día que nos dijeron que teníamos que dejar esto no nos lo tomamos muy en serio. Luego, cuando supimos que se acababan las clases y teníamos que marcharnos, fue como una estampida. Tengo amigas que se marcharon con lo justo». Confiesa que, siendo su primer año, la sensación ayer era un tanto amarga: «Venir a coger tus cosas así y no poderte despedir de tus compañeros de otras provincias es raro. Pero así fueron las cosas», asume.

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