La pandemia fuera de casa, contada por 17 gallegos en el exterior

LA VOZ REDACCIÓN

SOCIEDAD

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Desde Italia a China, reunimos las palabras en primera persona de testigos que están conviviendo con el coronavirus en todo el mundo. Catedráticos, deportistas, guías turísticos, escritores, artistas... profesionales de distintos ámbitos en Europa, Asia y América relatan sus vivencias

18 may 2020 . Actualizado a las 15:23 h.

Diecisete gallegos reunidos por La Voz en un suplemento monográfico que hoy puedes encontrar en tu quiosco o leer a continuación. El testimonio en primera persona, con nombres y apellidos de María Pérez, Paula Domínguez, Alejandra Plaza, Marina Cancela, Damián Pereira, Niki de la Isla, Carmen Parafita, Carla Ramos, Alberto Muñiz, Pedro Muíño, Octavio Vázquez,  José Fernández, Álvaro Gómez, José Luis Pardo Veiras, Juan Juncal Pérez, Ruy Farías y Ramón Girón. Son catedráticos, deportistas, periodistas, escritores, filólogos, artistas, médicos e incluso un alcalde que dejan su visión del virus que ha propagado la incertidumbre.

«Lugares invadidos de turistas están vacíos, en silencio, muertos»

Damián Domínguez, periodista, dejó Vilagarcía hace cinco años para buscarse la vida en Londres, donde trabaja como guía turístico

Damián Pereira

Llevo casi cinco años residiendo en el Reino Unido y ahora, por culpa de esta maldita cuarentena vírica, casi me siento como en casa. Cuando vivía en Vilagarcía, poder tener un empleo más o menos estable y dignamente remunerado era la mayor de mis preocupaciones. A veces se hacía insoportable: presión económica, desmotivación, pérdida de perspectiva. En este lustro en Inglaterra he podido cambiar de trabajo voluntariamente en varias ocasiones y siempre para mejor. De hecho, llevo tres años haciendo algo que me apasiona: ser guía turístico. Y ahora, claro está, el futuro no es demasiado halagüeño. Llevamos dos meses encerrados en casa y nadie sabe cuándo se volverá a poder viajar con normalidad.

Por suerte, las medidas de soporte social del Gobierno han sido bastante más consistentes que las sanitarias. A los trabajadores cuyas empresas hayan parado su actividad por el virus les pagan el 80 %, como en España. A los autónomos, como es mi caso, y gente desempleada nos ofrecen una ayuda llamada universal credit que nos permite pagar lo esencial, incluyendo un alquiler, que es la gran tortura en este país. Este subsidio se mantendrá al menos hasta otoño, según han anunciado esta semana. Además, los autónomos hacemos un único pago con plazo hasta el 31 de enero, nada de cuotas mensuales. Así que, en lo que se refiere a la economía, el alivio es importante.

Aliviado en lo económico, el problema ahora es afrontar un indefinido encierro rutinario. Las visitas al Big Ben en obras, la catedral de San Pablo y la torre de Londres han sido sustituidas por maratones de Vikings y Star Wars, vicios en la Play y un regreso forzado a la escritura, colaborando para un blog sobre tours en Londres. Como ya había experimentado esta situación, no la veo tan dramática, aunque las semanas pasan y se van sucediendo atardeceres de días que nunca recuperaremos. Y, teniendo en cuenta la poca luz del sol de que disfrutamos en Londres, eso duele mucho. Aunque, a decir verdad, me parece exagerado comparar la crisis del covid-19 con una guerra o con pandemias como las de la peste negra, la viruela o la gripe de 1918: ni es tan mortífera ni los medios son los mismos. Y eso se nota ya en las terrazas de A Baldosa y el paseo de Carril, lo mismo que en Hyde Park o Clapham. Con todo, el balance de problemas psicológicos que vendrá después será digno de estudio.

He hablado antes de trabajo que de enfermedad porque soy de los afortunados que no pertenecen a la población de riesgo, mi contacto con otras personas es mínimo fuera de casa y no creo haber experimentado ningún síntoma. Nadie está libre hasta que la ciencia pruebe lo contrario, por supuesto.

En lo referente a la sanidad, poco que decir que no se haya comentado ya en España sobre el plan de Boris Johnson, partidario de priorizar la economía sobre la prevención y apoyando la tesis de que, cuanto antes nos contagiásemos todos, más rápido nos recuperaríamos. Pocos días después fue forzado a rectificar por los expertos. Aunque, a decir verdad, creo que fue un movimiento de cara a la galería, pues en este momento Reino Unido ya es el país europeo con más fallecidos por coronavirus y, a su vez, el propio primer ministro ya ha hablado de una inminente desescalada.

Aquí siempre ha habido mucha manga ancha para salir de casa, con permiso oficial de dar paseos de una hora desde el primer día de cuarentena y sin tener la obligación de llevar material de protección. De hecho, yo era de esos obedientes que solo iban a la calle para hacer la compra, hasta que hace unos días me decidí a volver al centro y pasear un poco por mi barrio: es increíble la racha de buen tiempo que estamos teniendo desde mediados de marzo. En el centro, la estampa parece sacada de Abre los ojos o 28 días después: Trafalgar, Piccadilly, Covent Garden, lugares habitualmente invadidos de turistas, están vacíos, en silencio, como muertos. En el barrio la cosa cambia. Mucha gente paseando, haciendo deporte, reunida, haciendo compras, conversando e incluso tomándose un trago. Vamos, la fase 1 adelantada.

Y viendo cómo se están tomando eso de la desescalada en Galicia, tengo la sensación de que son muchos más los que están preocupados por recuperar su vida normal que por evitar la propagación del covid-19. Es la naturaleza humana, para bien o para mal. En realidad, la cuarentena en España, al menos visto desde lejos, ha sido mucho más estricta que en Inglaterra. Es cierto que aquí no tenemos a Protección Civil felicitando el cumpleaños a los niños, pero, como decía, el aislarte más o menos es cosa tuya.