La cuarentena de cine de la invidente que intuye las películas

Carmen Fernández, una vecina de Ourense, redobla su pasión por el séptimo arte tras más de mes y medio de aislamiento en su domicilio


ourense / la voz

Carmen Fernández echa de menos a sus amigas, también el teatro. Pero a falta del espectáculo en vivo, se lo imagina. Perdió la vista con apenas 30 años y, paradójicamente, le ayudó a mirar las cosas con otra perspectiva. «Primero fue un ojo. Después, el otro. Y al principio me notaba rara, pero por dentro me iba sintiendo cada vez mejor. Y se me fueron quitando los miedos», dice. Quedarse ciega, explica, «hizo que escuchase más profundas las voces de los demás».

Ahora, por las mañanas, a esta ourensana jubilada ya no la despierta el tráfico, sino el canto de los pájaros. La epidemia también ofreció un escenario nuevo para el colectivo de invidentes, ya acostumbrados a agudizar su capacidad de escucha. Y lo que percibieron fue el silencio, que ellos notan por partida doble. Carmen agradece precisamente el trino de los gorriones porque su vínculo con la vida pasa por sus oídos. Desde que comenzó el estado de alarma, ella no se movió de casa. Mientras, invirtió el tiempo entre la cocina, los audiolibros y muchas películas. «Y qué maravilla es poder intuirlas», cuenta.

Entre el cine clásico de Blake Edwards y alguna de ciencia ficción se coló Woody Allen con su clarinete. La imposibilidad de ver los planos e imágenes ya no es frontera para los ciegos, que usan una aplicación seguir los diálogos de las películas y entender el ambiente en el que se mueven los protagonistas. «Es una maravilla tener facilidades así, cosas que te transporten. Si viene un coche, te lo explican. Y si tal persona lleva este estilo de ropa en una escena concreta, también. Puede que sea incluso más bonito experimentar la película así que cuando estás viéndola», sostiene Carmen. De Allen, por ejemplo, le gusta su facilidad para mezclar parejas y cómo engancha los argumentos con la música.

La atención a domicilio

Carmen sigue recibiendo ayuda a domicilio durante los días de confinamiento. A través de Atendo, una empresa contratada por el Concello para asistir a personas dependientes, dispone de 45 horas al mes en las que los auxiliares le echan una mano en tareas como llevarle la compra a casa. «Son estupendos, siempre dispuestos a todo. Y si tuviese que poner un pero sería que no me gusta que los cambien de turno tan a menudo», explica. Porque parte de su día a día se marcha también entre conversaciones, y ella valora hacerlo con quien va ganando confianza.

«Con esas horas me llega bien, que yo me defiendo», reivindica. Tras perder la vista, a Carmen le costó tomar el pulso a los fogones. «Luego fui capaz de ir haciéndome la comida», explica. Lo fácil parece decirlo, pero ella lo hace en un universo teñido de negro. Partió de cero con ayuda de la Fundación ONCE, conectó con el mundo de la interpretación y también con personas que ahora son su entorno íntimo. Ahora, espera a que todo acabe para volver a subirse al tablado. «Pero antes, por favor, dejadme ir a la peluquería», decía.

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