La genética, la clave para pasar de un confinamiento «medieval» a otro a la carta

El estudio masivo de ADN a 10.000 personas liderado desde Galicia también triplicará las posibilidades de obtener nuevas terapias para el coronavirus


redacción

¿Es posible que la configuración genética de determinadas personas las conviertan en totalmente inmunes al coronavirus? Es raro, pero sí es algo perfectamente factible. Y si a una persona en particular le diagnostican covid-19 e ingresa incluso en el hospital, ¿qué riesgo tiene de desarrollar un tromboembolismo?, ¿o una tormenta de citoquinas que desencadene en un proceso de hiperinflamación?, ¿o de quedarse incluso sin el sentido del gusto o el olfato? La respuesta no está solo en el virus o en la carga viral que infecte a cada persona, sino también en el huésped. O, lo que es lo mismo, en nuestro propio ADN.

Y lo mismo podría aplicarse, combinado con otros factores de riesgo como la edad o las patologías previas de base, para conocer por qué un sujeto puede desarrollar la enfermedad de forma asintomática, mientras que otras acaban en ucis o directamente se mueren. Y ¿por qué covid-19 parece ser más letal en los países europeos que en los asiáticos? Al margen también de las políticas sanitarias que se apliquen en cada caso y del cuadro clínico de cada enfermo, la genética también puede ejercer una cierta influencia. No se sabe aún, pero sí puede existir tal posibilidad.

Aclarar estas dudas y muchas otras es el objetivo del consorcio dirigido por Ángel Carracedo, desde la Fundación Pública Galega de Xenómica y el Centro Nacional de Genotipado de la USC, y por Pablo Lapunzina, director del Centro de Investigación Biomédica en Red de Enfermedades Raras, que analizarán el ADN de más de 10.000 personas infectadas por el coronavirus, de las que al menos 1.000 serán gallegos, para identificar biomarcadores de riesgo que condicionen que una persona presente un mayor riesgo que otra a la hora de desarrollar una forma más grave de la enfermedad. El equipo integra a más de 50 grupos de investigación, de los que al menos diez están repartidos por Latinoamérica y que aportarán también muestras de pacientes. Todos los análisis genómicos se realizarán a partir de muestras recogidas en biobancos y la investigación está financiada por el Instituto de Salud Carlos III, el Fondo Covid de la Fundación Amancio Ortega y el Banco de Santander.

 El desafío es inmenso porque, por ejemplo, el grupo dirigido por Carracedo analizará en un estudio de asociación (Gwas) más de ocho mil millones de pequeños cambios que se producen en la secuencia genética. Cada uno de ellos constituye una letra en el abecedario de la vida. «Analizaremos un millón de letras por cada paciente», explica el genetista. Para ello emplearán un chip de diseño propio que recoge 850.000 variaciones genéticas que «cubren todas las rutas de inflamación e inmunidad». El grupo de Lapunzina se encargará, por su parte, de secuenciar el genoma completo de 300 pacientes seleccionados.

De toda esta información no solo se podrá deducir el riesgo individual y poblacional frente a covid-19, sino que también permitirá identificar dianas terapéuticas de aplicación en futuros tratamientos para combatir la enfermedad. «Cuando uno encuentra factores de riesgo a través de estudios de asociación se duplica o triplica la posibilidad de encontrar una diana terapéutica. Los marcadores genéticos no solo servirán para saber el riesgo específico de cada persona, sino también para encontrar nuevas terapias», según destacó Pablo Lapunzina en el encuentro Genética y covid-19 organizado por el Instituto Roche y Europa Press.

El estudio se dividirá en tres grandes grupos: asintomáticos o con pocos síntomas; hospitalizados y enfermos graves, bien pacientes en uci o fallecidos.

Ángel Carracedo coincide en que este será una de las aplicaciones más valiosas del trabajo, del que se presentarán resultados a finales de año. «Conocer los genes implicados en la respuesta de las personas al virus nos dará pistas no solo para encontrar nuevas dianas terapéuticas, sino también para identificar fármacos ya conocidos que puedan tener un efecto benéfico».

No es el objetivo de la macroinvestigación, pero determinar el riesgo de la población a la exposición del virus y conocer qué porcentaje puede ser inmune o no también ayudará a las autoridades a establecer un confinamiento inteligente ante una segunda oleada de la enfermedad o ante un repunte importante. Sería algo así como una reclusión a la carta a partir del perfil genético de los ciudadanos. «No sería un confinamiento como el que tenemos ahora, casi medieval y a ciegas, sino que se podría permitir, por ejemplo, que la gente inmune o con poco riesgo pueda salir», apunta Pablo Lapunzina.

Inmunes al virus por naturaleza

En este escrutinio genético hay un más difícil todavía: encontrar a personas cuya variabilidad genética les permita, por ejemplo, bloquear el receptor ACE2, la puerta de entrada del virus en la célula. «Podría haber un grupo cero, que ha estado en contacto real con el virus, incluso muy expuesta, y que no ha sido capaz de contagiarse», dice Lapunzina. Y Carracedo asiente: «será muy difícil encontrar muestras de estos individuos, pero lo vamos a intentar».

Pero el catedrático de Genética de la Universidade de Santiago prefiere quedarse con las implicaciones que el estudio tendrá a la hora de determinar el riesgo de gravedad de un paciente. Un test genético, sin embargo, no será suficiente, ya que la información que aporte el ADN deberá combinarse con el cuadro clínico de cada paciente, de si tiene patologías de base como la hipertensión arterial, diabetes u obesidad, entre otras, que pueden multiplicar el peligro. Con todos estos datos integrados sí se podrá desarrollar un modelo matemático que estime el riesgo individual. Y este aspecto es muy importante para predecir la evolución de la enfermedad y, por ejemplo, saber si una persona desarrollará una trombosis, una tormenta de citoquinas, una vasculitis u otros indicadores de gravedad. Así se podría anticipar la situación y actuar a tiempo.

Otra de las preguntas a las que el estudio intentará arrojar luz sobre es si la genética de una determinada población influye en la gravedad. O, lo que es lo mismo, si los europeos son más susceptibles de sufrir las formas graves de covid-19 que los asiáticos. Hay estudios en Estados Unidos que indican que la población afroamericana presenta una mayor predisposición a la enfermedad, pero son investigaciones muy limitadas y este hecho puede deberse también a factores sociales. Sí es cierto que la ciencia ha demostrado que ante determinadas enfermedades unas poblaciones tienen más riesgo y otras mayor protección. Por ejemplo, el riesgo cardiovascular es más frecuente en asiáticos. Con el covid podría pasar algo parecido, pero «todavía no lo sabemos» apunta Carracedo, quien advierte que algunas hipótesis que se están planteando, como que la mayor incidencia en Europa se debe a una mayor presencia de halogrupos del cromosoma Y, carecen aún de base científica. «Me parece difícil -indica el genetista- que en poblaciones de un mismo continente existan distintos riesgos genéticos, pero sí podrían existir entre distintos continentes».

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