Antonio Añón: «Co covid teño as mellores vacacións»

El bar Galicia ha cerrado por primera vez desde 1967, y su dueño está encantado


Carballo / la voz

«Facíame moita falta», dice. El que espere encontrar en Antonio Añón otro hostelero agobiado por la crisis del coronavirus está muy equivocado. Para el dueño del Galicia estas están siendo las mejores vacaciones de su vida, aunque las esté pasando en la terraza de su piso en el centro de Carballo. «Collía quince días, pero sempre había un problema, algo que resolver por teléfono a calquera hora. Tiven que adiantar unha vez a volta desde Colombia», recuerda.

El Galicia lo abrió su suegro en 1967, y él se incorporó con 22 años, hace ya 40. Desde entonces, este bar mítico ha sido su casa. «Nunca estaba no piso. Subía para ducharme; nunca coma agora estiven tanto tempo na casa», dice. Ni para dormir, algo que, quitando las escasas vacaciones, hacía «a golpes», porque el bar tuvo permiso de 24 horas, que han ido reduciéndose con el tiempo, aunque casi nunca abrió más tarde de las seis de la madrugada ni cerró antes de las tres. A cualquier hora se podía conseguir un bocadillo, y allí estaba Antonio Añón para hacerlo.

Allí han recogido hamburguesas cuando el hambre apretaba en los clubes de alterne o han comido perritos calientes drogadictos que llegaban desde Lugo a comprar droga en Carballo. En el Galicia coincidían los que volvían de una noche de juerga, los que iban a trabajar y los que esperaban a que abriera Caixa Galicia para cobrar la pensión. Una auténtica procesión de tipos que fueron dejando un reguero de anécdotas en la memoria de un Antonio Añón que pasa el confinamiento haciendo ejercicio, viendo películas y disfrutando de su recién descubierta vivienda. «O coronavirus quitoume dez anos de enriba», confiesa.

No es de extrañar. Desde que le propuso al alcalde Varela Rey abrir día y noche, Antonio Añón, pasó a dormir más horas en las sillas del bar que en su domicilio. Al principio no bajaba la persiana nunca, después echaba el pestillo dos horas «para ventilar e que se desintoxicara» y más tarde el horario fue cambiando, pero solo en lo formal. «Pechaba as cortinas, pero estaba dentro, atendendo ao teléfono», recuerda. Cabeceaba en algún rincón a la espera del que quería un bocadillo a una hora en que la mayor parte de la gente simplemente dormía.

Las famosas cortinas eran, en realidad, un derecho de admisión. «Traballar tantas horas é moi duro, e de madrugada colles todo o que hai. Pechaba porque non ía poñer unha cervexa a un bébedo ou a un drogado e deixar de facer un bocadillo», dice. Se hicieron especialmente necesarias cuando «cambiou a lei». Mantener el orden en un bar que es el colofón de una noche de excesos no es tarea fácil. Antonio era expeditivo, pero tuvo que acomodarse a utilizar las cortinas a modo de advertencia. «Antes dabas unha labazada a un tío que molestaba e botábalo fóra, pero agora non se lle pode nin tocar», dice.

Porros

La peor época, según recuerda, fue «cando chegaron os porros a Carballo». Los 80 arrancaron duros y los que pueden contarlo y recordar hoy andan por los 60, como él, y recuerdan aquella época en la que venían compradores de todas partes y, claro, paraban en el Galicia.

A pesar de todo, nunca le robaron. «Unha vez estiveron a punto, pero estaban as cortinas pechadas», explica. ¿Qué tendrán esos paños que parecen ser más protectores que una muralla?

Para no fiar la seguridad a unos simples visillos, Antonio también tiene contratado un vigilante, no vaya a ser que por costumbre haya más de uno que quiera entrar de madrugada y no haya pillado el mensaje de las ventanas cubiertas. No sería raro que hubiera algún despistado. «Os clientes cando están de cachondeo sempre din: “Tranquilos que o Galicia non pecha”», explica. El problema es que el asunto ya no es de risa y el bar tampoco tiene fecha para la apertura. «Falei con catro ou cinco do lado e non abren», explica. Tampoco lo hará él, de momento. No le compensa y no tiene nada claro qué hacer para mantener la distancia en la terraza. «Ten habido un cento de persoas comendo bocadillos. Como fas para cumprir o que che din?».

«Levo cotizando desde o 75 e esta é a primeira vez que cobro algo»

Antonio Añón tramitó un ERTE para sus cuatro empleados y una ayuda por cese de actividad para él y su hija, que son autónomos. Ya le pagaron y recuerda que es la primera vez que lo hacen en los 45 años que lleva ya cotizados. Le ha cogido tanto gusto a estar sin trabajar que más de uno temerá que vaya a arrojar la toalla. No lo descarta, pero tampoco lo ha pensado. No ha tenido tiempo de aburrirse, dedicado como está a hacer ejercicio físico en el gimnasio que su hijo le dejó montado en la terraza. Pablo no se dedicará a la hostelería ni tampoco parece que vaya a hacerlo su hermana, de la que su padre dice que prefiere trabajar con niños que a la labor en el bar. ¿Tiene los días contados el mítico Galicia? «En catro anos ou así pensarei no da xubilación, co que teño achegado espero poder gozar de algo», dice Antonio. ¿Y el bar? «Unha das camareiras xa me dixo que se eu o deixaba ela quería quedar con el».

Viajes

No es algo inminente, pero Antonio Añón parece haberse dado cuenta de que hay vida fuera del Galicia. No lo apreció hasta ahora y eso que realizó buenos viajes. «Estiven en Santo Domingo, en Colombia, en Marbella...», pero ningunas vacaciones parecen haber sido como estas forzosas, de las que presume desde su cuenta en Facebook. Clientes que residen en distintos lugares del mundo no hacen más que echarle piropos. El ejercicio físico, que es ahora su principal entretenimiento, le está sentando muy bien, al igual que los primeros rayos del sol de la primavera. Para completar el conjunto ayer mismo fue al peluquero y se ha estado arreglando la barba él mismo durante el obligado confinamiento.

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