«¿Lista de espera? ¡Qué más quisiera yo! De momento, no llamó nadie»

Santiago afronta la fase cero con el reloj de sus escaparates parado en las rebajas de invierno


Redacción / La Voz

Colas en la puerta del banco, de la farmacia y del súper, como cualquier otro día desde que empezó todo. También en una clínica dental y en una ferretería, pero en las tiendas de ropa y calzado, en las de decoración y en las de suvenires que pueblan la zona vieja de Compostela, solo persianas cerradas o a medio abrir. Muchos comerciantes aprovechan para hacer limpieza. Otros, para las obras. Locales de hostelería míticos de la noche compostelana como el Maycar se ponen a punto a la espera de clientes sin toque de queda ni cita previa para tomarse un gin tonic, y en el Obradoiro, en la avenida de Raxoi, una mano de pintura le lava la cara a una solitaria cafetería en la que hace solo dos meses se daban codazos los funcionarios, los profesores universitarios y los turistas.

En la avenida de Lugo, las puertas cerradas y los candados son lo habitual, pero es que a la mayor parte de los negocios de esta ancha travesía compostelana no se los llevó por delante esta crisis, lo hizo la del 2008, y ni tiempo les dio para recuperarse. Sobreviven algunos talleres y comercios relacionados con la automoción, poco más. En Midas se desinfectaba el mobiliario con la intención de abrir mañana y con algunos clientes en lista de espera, mientras que José, de la agencia de alquiler de vehículos Gorental, despejaba la entrada de coches “más que nada por imagen, y porque tampoco hacemos nada cerrados”. Pero no alberga muchas esperanzas con el aeropuerto cerrado en una ciudad que vive del turismo. “Dicen que va a abrir el de Oporto, y hay emigrantes que están llamando porque no pueden venir a Santiago y se plantean hacerlo desde Portugal”. Ya piensa en cruzar la raia. Nunca fue ese su nicho de mercado, que se nutre sobre todo del turismo compostelano. “Pero mientras no abra Lavacolla no hay otra cosa que hacer”. ¿Confía en que Compostela recupere pronto su peculiar ambiente? “¡Dios te oiga!”, responde.

En Xeneral Pardiñas, la calle comercial por excelencia, son pocos los comerciantes que se atreven a abrir sus puertas para atender a clientes con cita previa. Sí se animó a hacerlo Helen, de la estilosa tienda de decoración que lleva su nombre. “Siempre es mejor que estar cerrados, y al menos aprovechas y haces limpieza, a ver si dentro de una semana se puede abrir más o menos con normalidad”. Clientes no atendía a media mañana, pese a que tenía la cita previa abierta para quien quisiera entrar, curiosear, preguntar y comprar. “¿Lista de espera? ¡Qué más quisiera yo! De momento no llamó nadie”, admite. Otros negocios cercanos al suyo aprovechaban también para cambiar el escaparate y limpiar los cristales, preparándose para las extremas medidas que deberán adoptar cada vez que entre un cliente. En la misma calle, en una exclusiva tienda de ropa, los propietarios avisaban de su repartura con un cartel: “A partir del 4 de mayo empezaremos a atenderos, pero será a puerta cerrada, de manera individualizada y solamente con cita previa. L@s interesad@s podéis contactarnos por privado o por whatsapp. ¡Qué ganas de volver a vernos!”. Un poco más adelante, una tienda de ropa infantil hiberna con los trajes de Primera Comunión expuestos sin nadie que los quiera, compuestos y sin niños. Solo se frotan las manos con gel desinfectante las peluqueras.

Pese a todo, el de ayer empezaba a parecerse a un lunes normal en Santiago. Quizás a un lunes de la nueva normalidad, porque los relojes de los escaparates se quedaron parados en las rebajas de invierno.

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