«Isto non é Zara, pero hoxe case o parece»

Algunos negocios locales y de hostelería comienzan a funcionar y encuentran una buena respuesta del público


redacción

La historia de Vanessa Villanueva es de esas que demuestran que la Galicia rural sigue viva y con jóvenes dispuestos a emprender y tirar del carro incluso en tiempos de coronavirus. Vanessa, de 26 años y madre de un niño, abrió hace un año una tienda en el municipio pontevedrés de Rodeiro llamada UVe. En teoría, es un comercio de lencería, moda y hogar. Pero esta joven ha sabido ver las necesidades que hay en un pueblo donde el suyo es actualmente el único negocio textil, y lo mismo despacha camisetas térmicas que cestas de regalo para bebés.

Vanessa reabrió ayer, con horario reducido y con cita previa. Y se emociona al ver como reaccionó su clientela, esa que no compra por Internet porque prefiere que la atienda su vecina: «Isto non é Zara pero hoxe case o parece. Abrín pola mañá e vendín catro pantalóns, roupa interior, tiven encargos de cestas para bebés... Foi moi ben. Penso que os clientes viñeron porque o necesitaban, pero tamén para axudar a unha veciña, estou moi agradecida». Pese al buen inicio, Vanessa, como tantos autónomos gallegos, viene con miedo al futuro inmediato: «Ata agora estiven contenta, gústame o que fago e os clientes responden ben. Pero mesmo teño bastante medo ao que poida vir. Temo que se esqueza pronto o de mercar no comercio local e que o pase mal... oxalá non sexa así», indica.

Luego, sigue al pie del cañón, atendiendo a los clientes y colgando sus nuevos artículos en Facebook. Porque en Rodeiro se prefiere la venta presencial. Pero las redes sociales también cuentan.

«La mascarilla me la compré yo, y pagué cinco euros» 

Al mediodía, varios vecinos aguardan la llegada del autobús en la parada de la avenida del Malecón de Ribeira. Una de ellas es Montserrat Costa, vecina de la parroquia de Aguiño que afirma ser usuaria habitual del transporte públicio: «Conducir no me gusta nada». Explica que tanto ella como su familia residieron en Madrid varios años y que prescindían del vehículo particular. «Es algo poco frecuente aquí, pero a mi me gusta».

Debido al coronavirus, sin embargo, este desplazamiento cercano a los cuatro kilómetros le obliga a invertir mucho más tiempo. El confinamiento ha motivado una reducción de los servicios. Montserrat Costa explica que «llevaba cuatro semanas sin venir a Ribeira, pero hoy tenía que desplazarme para acudir a Correos». Tomó el autobús que pasa por Aguiño a las diez de la mañana y como en el trayecto solo se tardan unos minutos le sobró tiempo hasta que pudo tomar el transporte de regreso a su casa: «Poco después de las once ya había hecho todos los recados y ahora llevo sobre hora y media esperando, porque hasta las 12.30 no pasa el siguiente. Ahora ya estará a punto de llegar».

Con la bolsa de la compra a su lado, Montserrat Costa aguarda sentada en la parada con la mascarilla puesta. Manifiesta que le parece correcta la adopción de una norma de este tipo. En su caso, afirma que compró el protector: «Lo compré hace tres días y pagué 5 euros. La de mi hijo me costó 7».

Explica que ante las restricciones impuestas por la pandemia, lo más incómodo es tener que aguardar tanto tiempo: «Antes podías tomarte un café, pero ahora no tienes ni un lugar al que poder ir al servicio en caso de necesidad. Salvo que sea imprescindible, espero no tener que volver a desplazarme a Ribeira en las próximas semanas.

Reparto a los viajeros

Aunque Montserrat Costa decidió adquirir una mascarilla ante las nuevas normas del Gobierno central para el uso del transporte público, el conductor dispone de protectores para quien no los tiene. De entre las personas que aguardan para coger el autobús al mediodía en la avenida del Malecón de Ribeira, solo hay una que carece del protector. Cuando sube, el chófer se encarga de facilitarle uno antes de que la usuaria ocupe un asiento.

Dentro se guarda la distancia de seguridad. Solo hay un ocupante en cada fila, motivando así que el autobús vaya con menos de la mitad de pasajeros. En la parada ribeirense también se encuentra Kalidou Abou Sy, perfectamente equipado con una mascarilla sanitaria. Señala que el que acaba de llegar no realiza el recorrido que desea: «Quiero ir a Noia, pero desconozco cuál es el horario en la actualidad».

«Nos ha ido bastante bien e incluso he tenido que sacar a dos empleados del ERTE» 

Para Alén Tarrío, propietario del restaurante Bar Pampín de Santiago, quedarse en casa parado durante el estado de alarma no era una opción, por lo que decidió reinventar su negocio y adaptarse. Usó su moto personal para el reparto, comenzó a operar vía WhastApp y, aunque el servicio a domicilio en principio encaja más con la comida rápida y lo suyo es la cocina tradicional gallega, hace ya tres semanas que empezó a servir a domicilio sus especialidades y le ha ido muy bien. «Este domingo, incluso superamos la facturación habitual. Tenía mis dudas, pero para nosotros ha sido genial. Los chichos en escabeche se agotaron, la empanada de maíz nunca nos llega la que hacemos y el jarrete estofado lo vendemos muchísimo, quizás es lo que más», explica.

Consciente de que, al estar confinados, sus clientes tienen más tiempo para cocinar, pensó que lo mejor era optar por preparar platos muy elaborados, de los que necesitan muchas horas entre fogones «porque la gente no se mete en elaboraciones de dos o tres horas», apunta. El domingo, como era el día de la madre, hicieron como plato especial el arroz con bogavante «pero para que quedase bien lo enviamos para terminar en casa con unas instrucciones con la proporción de caldo y el arroz ya marcado con el bogavante. Era por reserva de lunes a miércoles y el martes ya estaban todas las raciones vendidas», afirma.

Desde esta semana, también empiezan a ofrecer el servicio de recogida de pedidos en el local pero, aunque ellos cobran tres euros de gastos de envío, cree que la mayor parte de los clientes seguirán prefiriendo que se lo lleven a casa. La receta del éxito de Tarrío lleva mucho de optimismo y unas buenas dosis de querer mirar hacia adelante. «Muchas noches no duermo, porque la situación es la que es, pero qué iba a hacer, ¿quedarme en casa?, eso nunca», afirma este hostelero compostelano que dice estar contento. «Nos ha ido bastante bien e incluso he tenido que sacar a dos empleados del ERTE porque no me parecía ético coger una empresa para servir a domicilio teniendo a mi gente en casa», añade.

«Una hora de espera para cobrar la pensión» 

El Cantón coruñés, la zona de paseo de toda la vida, ofreció este lunes una imagen inédita. Todo eran colas de personas guardando distancia para entrar en las entidades financieras. Ni la ancha acera de la zona del Obelisco daba para semejante muchedumbre. Ahí, en cien metros, se concentran algunas de las sedes de los principales bancos y cada uno de ellos tenía su propia cola. A los clientes los esperaba en la puerta un guardia de seguridad que les daba paso a medida que salía otro cliente. Dentro había aforo limitado y todas las medidas higiénicas a disposición del visitante. Eso supuso que alguno tuviese que esperar más de una hora y media para ser atendido. Antonio Huertas no madrugó y se encontró a las 10 de la mañana con una cola que llegaba a la parada de taxis, a unos 30 metros de la puerta de la sucursal. «Ando con los papeleos de los créditos ICO y necesito que me atienda un empleado. Para estas cosas los cajeros no sirven», dijo. Tras él se encontraba Amparo Muñoz, pensionista, que dice que se hace «un lío» con la tarjeta de crédito y siempre prefiere «sacar dinero por ventanilla». En otra cola, en otro banco, esperaba Alberto Esteban. Abrió una cuenta la semana pasada para cobrar el ERTE y no le había llegado a casa la tarjeta. Por lo tanto, «una hora de espera». Esa fue la imagen del lunes en las entidades bancarias del Cantón y del resto de la ciudad. Porque además de la acumulación de gestiones pendientes, hay que tener en cuenta que estamos a principios de mes y eso siempre llena la sucursales.

Los problemas para la apertura: «¿Y cómo hago con tres peluquerías y dos niñas?»

lucía rey, melissa rodríguez, m. ascón

La conciliación y otros impedimentos, como la falta de material de protección o de protocolos claros son las causas de que mucho negocios gallegos hayan decidido no abrir

Mucha limpieza, mucha desinfección y mucho sentido común son las pautas que aplicará la peluquera viveirense Lucía Ferro en la reapertura de los sus tres negocios: dos en Viveiro y uno en Ferreira do Valadouro. «Hay compañeros que abrieron ya hoy [por ayer] y otros que no», explicó este lunes la profesional, que ha decidido estar entre los segundos debido, entre otros, a la precipitada autorización publicada por el BOE el domingo. Ferro dedicará esta semana a reorganizar tocadores y locales, así como a volver a higienizar los aparatos y el instrumental. «Antes de cerrar ya hicimos una desinfección enorme», indicó, y apuntó que esta vez empleará además máquinas de ozono. Su idea es reanudar la actividad a mediados de esta semana en un local de Viveiro y esperar al lunes 11 en los otros dos. Sus clientes la aguardan. Con 75 personas en lista de espera y muchas ganas de volver a trabajar y «tirar para delante», pero sin guardería ni colegio, su mayor preocupación ahora es cómo atender y organizarse con sus hijas, de 4 años y de año y medio. El reto que enfrentan estos días muchos autónomos y trabajadores con niños.

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