¿Quién pasea por A Coruña a las seis de la mañana?

Dos amigos se pegan el madrugón para tirar unas canastas, cada uno con su balón; corredores y ciclistas también apuran sus primeras horas de libertad


Es pisar la calle Manuel Azaña del barrio de Los Rosales de A Coruña y acordarse del presidente de la Segunda República. Cómo para no hacerlo en un momento como este, también histórico, pero en el que las ocurrencias de quien se supone que lidera el mundo llegan al punto de decirle a la gente que se inyecte lejía.

No hay nadie. Era de esperar. Y para acabar de complementar esa atmósfera distópica de un sábado a las seis de la mañana, en la que en lugar de volver a casa se sale, los únicos que pasan por la calle son dos sanitarios del 061. Van embozados hasta los ojos y su figura resplandece más de lo normal dentro de la cabina de la ambulancia, fuertemente iluminada en medio de un ambiente bastante lúgubre en el que las farolas dibujan contra el suelo unas tímidas briznas de lluvia.

No pasan ni cinco minutos y al fondo de la calle, en el extremo donde la ciudad empieza a marcar su límite urbano, emerge la figura de Marcos. Es un joven que, como su amigo Gael por el que espera, está a punto de cumplir los 16 años y ansía jugar al baloncesto en la pequeña cancha del parque de la Plaza Elíptica. «Es que yo es la primera vez que salgo en todos estos días y queríamos venir pronto -eso sí, cada uno con su balón- porque aquí hay mucha gente que juega y luego esto se va a petar», explica.

«Había otros dos colegas que también iban a bajar, pero al final parece que se han rajado», añade Gael que se dirige hacia la canasta haciendo aún serios esfuerzos para despegar lo párpados.

Los primeros lanzamientos son infructuosos. Alguno ni siquiera toca el aro. «Es porque no se ve nada. Bueno y porque el baloncesto tampoco es que sea lo mío», se justifica y bromea Marcos, que ve como el balón de su amigo pasa rodando a escasos centímetros de él. Cuando en circunstancias normales se lo habría devuelto a la primera, esta vez ni siquiera hace ademán de tocarlo y ambos rehúyen acercarse demasiado. Está en la mente de todos que no es un día ni una época normal. Hay que adaptarse.

Quedan jugando, pero preguntan: «¿Al final esto cómo va, cuándo empieza lo de la siguiente fase?» Como casi todos en este país, tienen sus dudas respecto al camino que queda por recorrer hasta que puedas echarte un verdadero dos para dos al baloncesto con tus colegas del barrio.

Unos 30-40 metros calle abajo, Juan pasea a su perro, «como todos los días, porque luego a las siete hay que ir para trabajar», detalla él, que apenas se ha encontrado a nadie, más allá de «los de siempre». Echa en falta a un señor mayor que a esta hora y a diario recorría el bulevar arriba y abajo una y otra vez, pero en toda esta temporada no lo ha visto salir nada.

«Yo creo que estamos yendo muy rápido, demasiado, pero a ver que pasa porque los españoles no somos mucho de controlarnos y en cuanto nos dejan...», apunta este vecino que es mecánico de camiones de la Man y también teme por su futuro laboral. «Nos va a costar mucho recuperarnos y salir de esta. A los compañeros de Iveco, que al fin al cabo pertenecemos a los mismo, ya les han hecho un ERTE, así que a ver que pasa», se despide.

También le toca trabajar a Martín, pero ya, porque entra ahora, como todos los días, en el Carrefour de Los Rosales. Ellos no han parado nada y se le nota que aún va con el ánimo justo que es capaz de reunir el cuerpo a estas horas de la mañana. Después de los primeros días de locura, «ahora hay trabajo, pero lo normal». Es otro día más en la oficina. En su caso en una de las tiendas que aprovisiona de comida y productos básicos al barrio.

Siguiendo hacia bajo, a la altura del cruce de la calle Gran Canaria con la Ronda do Outeiro aparece el primer runner, un miembro de esa boyante tribu urbana que tanto bien le está haciendo a la salud como daño al equilibrio cromático de la ciudad en estas horas intempestivas. No se para. No es momento de cortar el ritmo ahora que va ya cerca de media hora de este primer chute de algarabía deportiva, después de los casi 50 días del terror que supone estar en casa sin estirar las piernas más allá de lo que da el brazo largo del chaise longue.

Tampoco se detiene un chaval bastante joven que pedalea con cierto esfuerzo para subir el suave repecho mientras porta a la espalda lo que semeja una tabla de bodyboard enfundada.

Unos metros más de camino hacia el mar y, aparte de un repartidor de La Voz que dice que apenas ha visto a cuatro o cinco personas corriendo, aparece Alberto, que se dirige a la base de la Compañía de Tranvías en la que, a juzgar por su uniforme, trabaja como conductor. «Entramos sobre esta hora, algunos compañeros un poco antes. Vamos a ver que pasa, a ver si se va controlando esto que es lo que todos esperamos», apunta amable mientras retoma el rumbo al trabajo.

Justo en el paso de peatones de la calle Perú, una pareja de policías nacionales, jóvenes ambos, explican desde el coche patrulla que se encontraron a «unas 25-30 personas por el paseo, caminando, corriendo...» Nada exagerado, pero sí que observaron más ambiente del habitual. «Alguno a las seis y cinco ya estaba allí», apunta uno de los agentes que, como su compañero y todo el cuerpo en general, lo que espera es que se cumplan las normas lo máximo posible para que no se generen problemas.

Ya en el paseo, Sergi, que como él mismo explica es «de un país de Europa del Este», aunque vive y trabaja aquí desde hace tiempo, incide en lo «surrealista» de la estampa. No por él que ya tiene costumbre de levantarse todos los días temprano y, cuando se puede, pasear; sino porque «estos jóvenes que se ven con las bicicletas y corriendo, antes, como mucho, te los podías encontrar volviendo de fiesta. Es una gran alegría esto de saber apreciar las cosas pequeñas de la vida», concluye, con todo un alegato existencialista.

Solo unos minutos más tarde llega Carlos, al que poco menos que le da la risa que le hablen de confinamientos. «Estuvo muchos años preso, hace también muchos años ya», relata con las manos protegidas por dos pares de guantes y con mascarilla, de las buenas no como las inservibles que han tenido que utilizar algunos sanitarios sin tan siquiera saberlo. Habla como si se refiriese a sí mismo en otra vida, porque ahora sus paseos no son ni mucho menos de patio carcelario. Desde la calle Alfredo Vicenti en la que vive, bordea gran parte de la península coruñesa. Hace «unos nueve kilómetros y medio» caminando a buen paso. Cuando empezó le llevaba dos horas y ahora, antes de un parón por razones médicas, lo hacía en poco más de hora y cuarto. «Me detectaron artrosis en la rodilla y ahora quiero ir empezando progresivamente. Hoy voy a hacer 40 minutos, mañana cinco más y así», señala aún sin saber el tiempo que tendrá para hacerlo «porque si en 10 o 15 días llaman para trabajar hay que ir. Lo primero es lo primero».

El kilómetro de distancia permitida no da más de sí, solo llega para ver a lo lejos la sala Moon y observar las grandes diferencias con otras muchas seis -cerca de las siete ya- de la mañana de un sábado. La chaqueta, que en otras ocasiones faltaba para aliviar los escalofríos propios de la vuelta a casa mañanera, ahora sobra. Después de la caminata y con casi 17 grados apetece más un café que no hay donde tomar que el kebab reglamentario que tocaría a la vuelta de una noche de copas.

En el camino de regreso, la persiana aún bajada de una farmacia lleva inevitablemente a pensar en la primera víctima de este dichoso coronavirus en A Coruña dentro de este colectivo, que fue precisamente un trabajador de la farmacia del barrio.

Para acabar de rematar esa sensación de extrañeza, de vivir en una especie de Matrix, el reloj de la otra farmacia de la calle va una hora atrasado y marca las 06.16, como si todo volviese a empezar. Esperemos que no, que sepamos comportarnos de la manera más humana posible, sin replicar los comportamientos más indeseables y que, al contrario que en la película, no haga falta ningún blade runner para hacernos entender a todos que nos jugamos la vida.

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