1758, cuando la ciencia venció al miedo

Ese año un descubrimiento científico terminó con la superstición que había acompañado a la humanidad durante milenios

El triunfo de la muerte de Pieter Brueghel
El triunfo de la muerte de Pieter Brueghel

En la antigüedad el cielo nocturno actuaba como un calendario. Las civilizaciones supieron reconocer patrones y entender a partir de la observación de las estrellas cuándo llegaría el frío y el calor. Saber interpretar el cosmos era una cuestión de vida o muerte. Por ello, cuando surgían fenómenos como los cometas eran interpretados como el anuncio de un desastre, un castigo de los dioses. Durante miles de años pueblos y culturas de oriente y occidente asociaron la aparición de estos cuerpos astronómicos con enfermedades, hambrunas y guerras.

La superstición acompañó al ser humano durante siglos. En 1665 los ingleses responsabilizaron a un cometa que estuvo visible durante semanas en el cielo de Europa de la Gran Plaga de Londres que mató a un cuarto de la población de la ciudad. Nadie pensó que aquella pandemia era producto de una bacteria llamada Yersinia pestis que transmitían las ratas y que proliferó por las condiciones insalubres y la falta de higiene. Lo que todo el mundo hizo fue culpar al cometa. 

Samuel Pepys, un famoso cronista de la época, inmortalizó en su diario los efectos de una enfermadad que causó verdaderos estragos con la llegada del verano. «Esta tarde vi dos o tres casas marcadas con una cruz roja y con las palabras "Que Dios se apiade de nosotros" en sus puertas». «La gente se está muriendo y ahora parece que tienen que cargar los muertos al lugar donde los entierran también durante el día, pues no alcanzan las noches. Hace 3 o 4 días vi un cadáver en un ataúd en la calle sin enterrar... la peste nos está volviendo crueles». 

Sin embargo, un niño llamado Edmund Halley no sintió temor por la presencia de aquel cuerpo tan brillante en el cielo, sino curiosidad, la misma que años después, ya como científico, le llevó a realizar una expedición hasta la Isla de Santa Elena para estudiar las estrellas. Y aunque las condiciones meteorológicas fueron un problema, Halley acabó redactando su famosa obra Catalogus stellarun australium, un catalogo de 341 estrellas del hemisferio sur. 

Cuando regresó a Londres animó a su amigo Isaac Newton a publicar una de las obras más importante de historia de la ciencia, Principia Matematica, que recoge las leyes sobre el movimiento de los planetas y de la gravedad. En el libro se describe cómo el Sol mantiene anclados a los planetas por la fuerza gravitatoria, por qué las órbitas son elípticas y los planetas giran más rápido cuanto más cerca de la estrella.

Halley se propuso después descifrar el misterio de los cometas. Tenía una cuenta pendiente desde pequeño todavía sin atender. Recurrió a observaciones históricas que se habían registrado entre 1472 y 1698 y echando mano de las teorías de Newton intuyó que los cometas dibujan inmensas orbitas en torno al Sol y que los registros de 1531, 1607 y 1682 en realidad pertenecían al mismo objeto, y que regresaría en 1758. El cometa apareció justo cuando él lo había predicho, pero lamentablemente Halley ya había fallecido. Nunca llegó a observar el cometa que él mismo había descubierto. Ese salto en el conocimiento protagonizado por la ciencia aquel año tiene un valor incalculable porque puso fin a una larga historia de superstición. El martes un cuerpo brillante se precipitó por el cielo de Galicia. Este mismo suceso hace solo trescientos años hubiese explicado la pandemia del COVID-19. Nada de esto ocurre ya gracias a la ciencia, que sigue siendo la mejor herramienta para interpretar el mundo.  

El último paso del Halley por la Tierra fue en 1986. La Agencia Espacial Europea aprovechó la visita para llevar a cabo la misión Giotto, en honor al pintor italiano que en el siglo XIV había pintado este mismo cometa ,sin saberlo, en su obra El Nacimiento de Jesús. La sonda logró atravesar la cola y situarse a unos 500 kilometros del núcleo. Fue otro gran hito científico porque las aportaciones afianzaron la idea de que la vida en la Tierra procede del espacio, de los cuerpos astronómicos que nos han traído los componentes necesarios, como el agua. No volveremos a verlo hasta el año 2061.

 

Año 536, «el peor para vivir de la historia»

Xavier Fonseca

Se registró uno de los eventos climáticos más devastadores que cambiaría la historia para siempre

En los textos hallados de un destacado historiador bizantino que respondía al nombre de Procorio de Cesarea, aparece una descripción precisa de lo sucedido en el año 536. «El Sol emitía su luz sin brillo, como la Luna. Parecía como un eclipse, ya que los rayos solares no eran claros, al menos no como los que acostumbra a dar». Relatos parecidos se redactaron por todo el mundo, desde Irlanda hasta China. Estaban describiendo los efectos de un fenómeno que daría paso al famoso invierno interminable, que duró 18 meses. La historia se refiere al 536 como «el peor año para estar vivo». 

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