Del caos de Italia al área de pacientes críticos del CHUO

Repasamos las seis semanas de la irrupción del coronavirus con los testimonios de vecinos y sanitarios sobre cómo han cambiado sus vidas


ourense / la voz

La crónica del último mes de Marta Fernández, enfermera del CHUO, es un atrápame si puedes ante el avance del coronavirus tras presentarse en Italia. El día 10 de marzo, cuando la enfermedad mantenía en jaque al norte del país, ella cogió el último vuelo del aeropuerto de Roma antes de que la capital quedase aislada. En tierra se quedaron su hermana Paula y su madre, que tuvieron que esperar otro día más en tierras transalpinas. «Nos decían desde el Gobierno que el problema estaba en el nordeste, a cinco horas, y que en Roma seguían haciendo una vida normal. Pero en apenas una tarde cambió absolutamente todo», cuenta.

Logró llegar a Barcelona y, de ahí, enlazó con Oporto para poder regresar a casa cuando España aún se mantenía en el letargo previo al estado de alarma. Su padre, Ángel, fue a buscarla en coche a Portugal y la llevó directamente a su domicilio. Desde entonces, no han vuelto a verse salvo por videollamada. Así de rápido les cambió la vida en 72 horas. Y así le llegó su turno de enfrentarse al virus, porque Marta, formada en cuidados intensivos, ha sido una testigo clave en este Tourmalet de contagios en la provincia de Ourense.

Cuando aún era una etapa de contrarreloj, desde Medicina Preventiva le indicaron que en ausencia de síntomas era apta para volver al trabajo, dado que Roma no había sido considerada zona de riesgo cuando ella estuvo allí. Regresó el día 23, tras casi una semana y media de descanso que equivalía a su particular cuarentena. Al entrar por las puertas del CHUO se topó de bruces con 142 casos activos, 2 fallecimientos y 3 pacientes en uci, la zona de críticos. Y ella aún no lo sabía, pero iba a ser reclamada allí. «Empecé en la octava planta del Materno, donde al principio hubo pacientes que dieron negativo al coronavirus. Pero con los segundos test, algunos dieron positivo», explica. En aquellas fechas, dentro del recinto trabajaban con mascarillas pero no directamente con el EPI.

«El primer paciente que se marchó de la uci, Juan, iba mejorando a diario. Se veía que podía salir de esta»

Al establecerse la uci covid-19, Marta recibió la llamada que marcó el inicio de su escalada. «Me trasladaron a la Unidad de Recuperación Postanestésica (URPA), donde se han ido llevando a los positivos en cuidados intensivos que necesitan respiradores o cánulas de alto flujo», indica. Al ser una zona nueva, el panorama inicial dejaba algo de incertidumbre y también de caos, que en parte fueron mitigando el paso de los días. «Veíamos que había respiradores nuevos o medicación que no controlábamos tanto, pero cuando se elevó el ratio de enfermeros por paciente todo mejoró», cuenta.

El uso del traje de protección para acceder a la zona de cuarentena les ha dejado marcas en la cara y un cansancio constante. Cada día, frente al espejo, se las han ido encontrando como muestra de a qué se enfrentan. Como el recordatorio de que su trabajo aún no ha terminado. De hecho, Marta reconoce que solo soltaron algo de tensión cuando Juan, el primer paciente que abandonó la respiración artificial y fue derivado a planta, salió de la uci entre aplausos. «Habíamos llegado a los 20 pacientes y él, aunque tenía todavía alguna décima de fiebre, iba mejorando a diario. Se veía que estaba saliendo, que podía salir de esta», relata. El día antes de irse, y aprovechando que le habían retirado el tubo, Juan cogió una de las tabletas que hay en la unidad y se animó a contactar con su familia. «Yo en ese momento estaba atendiendo a otro paciente que no se encontraba bien, pero pude escuchar cómo el hermano de Juan se emocionaba al ver su cara», dice Marta.

Juan se marchó de allí con un pasillo de los sanitarios, a lo grande. Fue un punto de inflexión para todos los presentes, al entender que era posible darle una estocada a un enemigo invisible, que se colaba hasta por las mascarillas que llevaban. Un lote defectuoso del modelo N-95, las conocidas como Garry Galaxy, les jugó recientemente una mala pasada. Marta fue una de las sanitarias que llegó a usarlas, pero ya no recuerda cuál fue el primer día. «Sé que me las puse durante varias jornadas, pero no exactamente la fecha en la que llegaron», explica. Otros compañeros suyos, mientras tanto, llegaron a portarlas incluso el viernes 17, momentos antes de que la dirección del hospital avisase de que no debían usarse.

Algunos de sus compañeros han dado positivo, pero Marta cree que no se debe a esa circunstancia, sino a que posiblemente lo incubaron previamente. «El virus tarda entre 10 y 15 días en manifestarse en las pruebas si te has contagiado, así que tal vez no haya sido por eso», reflexiona. Ahora, en la uci covid-19 quedan menos de diez pacientes, la sensación de que la lucha sigue y de que todo hubiese sido diferente sin hacer piña. Marta tiene clara qué imagen vendrá a su cabeza años después, cuando todo haya pasado: «Mis compañeros. He visto profesionalidad y compañerismo. Esa es la gasolina que nos queda cuando el día se tuerce».

La carretera es para Óscar

Los técnicos de ambulancia siguen recorriendo la provincia para llevarse a posibles nuevos enfermos. Óscar Vázquez, de 43 años, fue uno de los primeros en ponerse al volante cuando el reguero de positivos saltó de la ciudad a localidades como O Carballiño. El traslado de pacientes a Urgencias ha bajado. «Digamos que un pelín se ha estabilizado. Pero aunque ya no estemos en la bola de nieve del inicio, la situación aún pide mantener los controles», advierte. Siguen llevando a casi 15 personas cada día, sospechosas de padecer la enfermedad. Algunas finalmente lo son; otras no. El caso es que, tras las semanas de confinamiento y la expansión del virus, hay quien lo ha normalizado. Al principio, la imagen era muy diferente.

«Lo que notabas durante el recorrido hacia el hospital era la ausencia de conversación»

«Recuerdo el primer caso que me tocó atender a mí, el de una chica de mediana edad que vive en el barrio de O Couto. Aquello fue un apoyo al servicio del 061. Y lo primero que me dijeron, al saber de los síntomas que presentaba, fue: ‘Ponte el EPI’», cuenta. La joven tenía tos, fiebre y malestar corporal generalizado. Pero también le acompañaba el miedo, no menos peligroso en situaciones de incertidumbre. «No fue el primer caso que se dio en la ciudad de Ourense, ni mucho menos. Y ahí ya se estaba empezando a ver qué era el virus», explica. Al comienzo, las apariciones de los técnicos de ambulancia con los trajes de protección generaron temor y bromas a partes iguales. Hay quien veía en ellos a los nuevos exploradores de la Luna. Pero una vez dentro de las ambulancias, lo que se hacía patente era un silencio incómodo. «Lo que notabas durante el recorrido hacia el hospital era eso, la ausencia de conversación», dice Óscar.

Ha pasado mes y medio desde que Óscar y sus compañeros saltaron a la carretera yendo de un lado a otro de la provincia. Mientras ellos conducían, el Sars-Cov2 ganaba terreno en silencio. «Y tú llegabas a los domicilios y te encontrabas con caras de miedo, porque entendían nuestro traje como una señal de que estaban infectados», explica. Los EPI, al ser asociados con la enfermedad, también generaban a los posibles afectados un escalofrío doble. Pero algo ha cambiado. Antes, los viajes de Óscar y sus compañeros eran solo de ida. Ahora, en su cabina también viajan los que superaron la patología, estuvieron temporalmente en planta y ya vuelven a su domicilio. «Se despiden con alegría y reconociendo nuestro trabajo, que es algo que no nos sobrará nunca», dice. La parte trasera de su ambulancia simboliza, en cierta manera, la irrupción y atenuación del coronavirus. Y no se le borrará aquella postal en O Couto, pero tampoco esta: «Lo que equilibra aquello es cuando dejas a los recuperados abriendo la puerta de su casa».

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