La demanda de comida entre los necesitados resucita el fantasma de la última crisis

Las oenegés, que han visto duplicada su atención en Galicia, alertan de que lo peor todavía está por llegar

«Solo soy un voluntario más». A pesar de una vida ayudando, no quiere dar su nombre: «No es lo importante». Él es una de las personas que gestionan el banco de alimentos de Santiago de Compostela. Dan servicio a más de 6.300 familias, aunque cada día son más. Llegan hasta Ribeira, Fisterra o Santa Comba: «En un día salieron más de 8.400 kilos de comida. Leche, pasta, arroz, galletas, verduras, fruta...».

Como tantos otros, defiende que lo peor está por llegar. Confiesa que hay días en los que le cuesta dormir. Se encuentra casos que parten el alma y dejan mella: «Ayer llamó una señora de 65 años pidiendo auxilio. Está enferma y llevaba tres días sin un vaso de leche. La vi sola, desconsolada, abandonada. Le pedí su nombre y domicilio. Hasta que verifiqué que había recibido la comida no me quedé tranquilo».

La pandemia del covid-19 ha golpeado con fuerza a los colectivos más vulnerables. Las colas del hambre han vuelto a inundar Galicia. El fantasma de la Gran Depresión ha regresado. «Chéganos xente sen papeis, veñen asustados, avergoñados. Preguntan se podemos axudalos». La que habla es Amadora Núñez, responsable del Banco de Alimentos de Lugo: «¿Como non imos axudalos? A min non me preocupa se teñen papeis ou non, preocúpame se teñen tres ou catro fillos e non poden darlles de comer. Todo o que vive en Lugo é lugués, e non queremos que ningún lugués pase fame».

De sus instalaciones salen a la semana unas 17 toneladas de comida. Más de 2.000 familias, también de A Mariña y Monforte de Lemos, dependen de la labor de estos voluntarios: «Estou convencida de que imos saír disto. O tema está sendo duro e notámolo, pero é terrible pensar na xente que quedou no camiño. ¿Cantos nenos perderon a posibilidade de criarse cos seus avós?», se pregunta: «Teremos que pedirlles perdón por se non estivemos á altura das circunstancias».

Concha Rey es la presidenta del Banco de Alimentos Rías Altas, Balrial. Cuenta con dos almacenes en A Coruña, otro en Ferrol y uno más en Santiago. La demanda se ha disparado: «Al día pueden estar saliendo 15.000 kilos de comida, de lunes a viernes. Hay muchísimo trabajo y necesitamos la ayuda de todo aquel que quiera donar».

«A min non me preocupa se teñen papeis ou non, preocúpame se teñen tres ou catro fillos e non poden darlles de comer»

El doble

Antes de la pandemia, Balrial era el sustento para unas 22.000 personas. Ahora es más del doble, unas 45.000. «Y cada día sube, todos los días nos llama gente para saber qué hacer. La situación pinta muy oscura», asegura Concha, quien no quiere que ninguna familia se quede sin nada que llevarse a la boca: «Hay escasez de varias cosas, como conservas, cacao, leche o salsa de tomate. Eso vuela, porque queremos que puedan combinar. A un arroz o una pasta hay que echarle algo».

«Hay mucho agobio y desesperación. Lo llevamos como podemos», asegura Natalia González, del banco de Ourense. Abarcan toda la provincia y los estantes comienzan a vaciarse. Gracias a su empeño comen 8.000 familias: «La situación va en aumento y será peor el próximo mes. Lo peor está por venir».

Hay bancos de alimentos que reparten más de 15.000 kilos de comida al día

Desde el arranque de la pandemia han repartido 200.000 kilos de comida no perecedera. Y los que quedan por distribuir. «Viendo lo que se avecina, hacemos un llamamiento para que la gente done, todo será necesario», asegura Natalia, quien deja un dato que hace más visible los daños del covid-19: «En el comedor social de Ourense están repartiendo 600 menús diarios. Por eso seguiremos en primera línea de esta guerra sin balas».

En Pontevedra la situación no dista de lo que ocurre en el resto de provincias gallegas. Lo asegura una de las voluntarias del banco de alimentos de Vigo, que cuenta con almacén en la ciudad olívica y otro en Pontevedra. Justo antes de la irrupción del virus había recibido 300.000 kilos de comida por parte de la Unión Europea. Han volado, al igual que otros 100.000 más que eran propios. Aunque por seguridad solo están trabajando 7 de los 40 voluntarios, siguen acudiendo cada día a las principales cadenas comerciales a buscar las mermas, esa comida fresca que está cerca de caducar: «Son entre 100 y 200 kilos que van directos para los comedores sociales».

Obligados a reinventarse ante la imposibilidad de realizar operaciones kilo en los supermercados, han puesto en marcha una campaña, OK-Online, que les ha permitido recabar 40.000 kilos más, y que ha contado con la colaboración de artistas como Amaro e Iván Ferreiro: «Sabemos que la necesidad va a llegar en avalancha. Hay gente que necesita nuestra ayuda».

Después de muchos años en el banco de alimentos, sabe que el tipo de personas que llegan a sus puertas ha ido cambiado: «Al principio era gente excluida, sintecho, drogadictos. En la crisis del 2008 recibimos todos una bofetada. Además de esas personas, también había vecinos, amigos, cualquiera de nosotros que se quedó sin trabajo. Es muy fácil atravesar la línea entre sobrevivir y que te tengan que ayudar. Pensábamos que no íbamos a enfrentarnos a nada peor, pero parece que ahora sí».

Más apoyo

Joaquín Varela es coordinador de Cruz Roja en Galicia. Todavía no se ha encontrado colas a la puerta de la sede en A Coruña, «pero si xente que antes non viña». Además de las 1.500 personas que dependen de su trabajo, lo primero que han hecho ha sido ponerse en contacto con más de 25.000 ancianos que forman parte de sus programas: «Queríamos saber se necesitaban algo, se tiñamos que ir facerlles a compra ou outro tipo de axuda». Reconoce que el colectivo más vulnerable es el de extranjeros sin papeles, muchos sin hogar. Por situaciones así han habilitado 300 camas de albergue en varios ayuntamientos.

«A xente está dando o que ten. O importante é sumar», reconoce Joaquín Varela, quien, al igual que el resto de personas, destaca el papel de las administraciones, de las empresas y de cada voluntario que ha dado un paso al frente. Todo lo han hecho para que las colas del hambre desaparezcan lo antes posible.

«No hemos aparecido ahora, ya existíamos; lo que ocurre es que estamos desbordados»

Los comedores sociales gallegos se adaptan al incremento diario de personas que necesitan un plato de comida que llevarse a la boca

«Nos es imposible atender a más gente». La que habla es una de las monjas que gestionan los comedores sociales de La Esperanza y Virgen de Lourdes, ambos en Vigo. Las peticiones, las demandas, las necesidades para llevarse un plato a la boca se han disparado. «No hemos aparecido ahora, ya existíamos; lo que ocurre es que estamos desbordados, con estas cantidades de gente y estos números».

Asegura que su caso no es único, que el resto de Galicia vive una situación similar, sin parangón en el pasado, ni tan siquiera tras la debacle del 2008: «Esta crisis va a mostrar situaciones que no se estaban teniendo en cuenta». Habla de los emigrantes sin papeles y de los que trabajan sin contrato y se han quedado sin ahorros. Problemas que se han querido obviar mirando hacia otro lado: «Son situaciones que estaban ahí y a las que no se ponía remedio. Pero esa gente también tiene que comer».

Antes de la crisis, entre ambos comedores repartían unos 250 menús. Ahora están cerca de doblar esa cifra. Explica que el Concello de Vigo ha tenido que contratar un cátering para dar de comer a la gente a la que ellas ya no pueden dar servicio: «No podemos más, en nuestro comedor no podemos hacer más de 220 menús antes de las 12 de la mañana. Al principio de la pandemia empezamos con 150, después con 170, y ahora ya estamos al máximo de nuestra capacidad».

Dificultades

La realidad no pinta halagüeña y quienes conviven con las personas más necesitadas reconocen que lo peor seguramente esté por llegar. En Cáritas lo saben a la perfección y los medios para echar una mano comienzan a flaquear. Con las iglesias cerradas, incluso es prácticamente imposible hacer colectas para conseguir algo de dinero.

Si hay una persona icónica de Cáritas ese es Manolo Mirás, quien forma parte de la entidad de Santa Uxía de Ribeira desde hace 40 años. Las ha visto de todos los colores: «Espéranse uns meses duros, e veremos se no verán se reconduce a situación. Aínda así hai moita xente que xa da o ano por perdido. Ata o próximo verán moitas familias non poderán volver a traballar».

Piensa en las familias de feriantes que dependen de los festejos veraniegos, en la gente que trabaja en los mercadillos de fruta y ropa, así como en otros cientos de personas que carecen de papeles.

Como nota positiva reconoce que cree se ha aprendido la lección de la anterior crisis: «Recibimos colaboración de xente, administración e empresas, os servizos sociais están máis dotados, e nós coordinados con eles». Todo sea por evitar una debacle igual.

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