Del invierno nuclear al cambio global


El largometraje La Carretera (The Road) retrata muy bien cómo podría ser la Tierra tras una contienda global en la que se emplearan armas nucleares. Una ficción que en los 80 pudo haber sido realidad. Eran los años de la Guerra Fría entre la Unión Soviética y los Estados Unidos. El mundo vivía bajo una amenaza constante de un ataque nuclear. En esa década alcanzó el poder el republicano Ronald Regan, un presidente belicista que propulsó un programa nuclear conocido como Iniciativa de Defensa Estratégica, bautizado como la Guerra de la Galaxias.

Un grupo de científicos, encabezados por el astrónomo Carl Sagan se enfrentaron a Reagan. En 1984 publicaron una obra titulada El frío y la oscuridad que explicaba las consecuencias que conllevarían los bombardeos nucleares. Las explosiones inyectarían partículas como aerosoles en la estratosfera. Una capa sin movimientos verticales y vapor de agua. Esas partículas permanecerían años en la atmósfera e impedirían el paso normal de los rayos del Sol. Algunos cálculos estimaban que la temperatura de la Tierra se desplomaría.

La teoría de Sagan sobre el invierno nuclear se basaba en los efectos que provocan las tormentas de polvo en Marte. El científico había participado en las misiones Viking de la Nasa que llevaron las primeras sondas hasta la superficie del planeta rojo. Los análisis mostraban como el polvo alteraba el balance radiativo, haciendo que bajasen las temperaturas. También en los datos extraídos tras la violenta explosión del volcán Krakatoa en 1883 que expulsó cenizas que alcanzaron la estratosfera. Un año después hubo un notable descenso térmico en Europa.

Pero además de frío una guerra nuclear traería consigo una noche muy larga. Las partículas capaces de desplazarse por todo el globo, generarían un oscurecimiento de la atmósfera alterando los principales procesos biológicos, haciendo inservibles los cultivos y por tanto desencadenando una hambruna planetaria.

El fin de la Guerra Fría gracias a la presión internacional y a hombres como Sagan terminó con el miedo y el temor de la amenaza nuclear.

Parte de la tecnología y los estudios que trataban de cifrar el descenso exacto de las temperaturas que provocarían las nubes nucleares, algunos señalaban hasta siete grados bajo cero, se utilizan en la actualidad para tratar de calcular los efectos de otro conflicto global, el del cambio climático provocado por los gases de efecto invernadero, que no enfrían el planeta, sino que lo calientan al atrapar el calor que emite la Tierra hacia el espacio exterior.

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