«A Jorge non hai nada que lle quite o sorriso, pero todo isto teno bastante preocupado»

La neurosarcoidosis no es una buena compañera de vida; y en tiempos de confinamiento, menos


ribadumia / la voz

Para Isabel, los días empiezan a las ocho de la mañana. Así lo decidió ella cuando diseñó la rutina de la cuarentena que comparte con Jorge, su marido, que padece neurosarcoidosis, una enfermedad rara que ha mermado sus capacidades físicas. El dichoso mal apareció en sus vidas en 2012 y sumió a Jorge en una apatía de la que consiguió salir gracias al raudal de energía positiva que irradia su mujer, y a su asistencia diaria al gimnasio y a la piscina de Vilagarcía. Ahora, otro «dichoso bicho», en palabras de Isabel, ha hecho añicos la vida que construyeron en los últimos años, y los ha obligado a encerrarse en su casa de Ribadumia. «Dende que nos encerramos, eu saín eu tres veces para facer a compra, e logo empecei a facer os pedidos por Internet, porque así mo recomendaron as doutoras que atenden a Jorge. El xa non se moveu, porque todas as consultas cos especialistas foron por teléfono. A el preocúpalle pensar en ter que ir ao hospital, polos contaxios», explica Isabel. Y es que para Jorge, el coronavirus es una amenaza aún mayor que para el resto de la población porque «non ten unha complicación previa, ten moitas». Jorge lo sabe. «Di que se o colle non o pasa», relata Isabel.

Ella también está preocupada. Preocupada por la nueva amenaza que nos rodea y preocupada, también, porque el confinamiento acabe deteriorando la frágil salud de su marido. «Para el o ximnasio é moi importante», dice Isabel. Y por eso ha adquirido materiales para recrear en casa una sala de entrenamiento a la que no le falte detalle. «Pero as cousas tardan moito en chegar», dice Isabel.

Eso no significa que Jorge se haya parado. Por la mañana, tras desayunar, Isabel le da un tiempo para que navegue por Internet. Luego descansa un rato, porque de noche le cuesta dormir, y después comienza con los ejercicios pautados por sus terapeutas. Llega la hora de comer, y con la sobremesa unos ejercicios de memoria «que lle divirten moito». Tras un rato de descanso y de disfrutar de la merienda, «ás sete menos cuarto empezamos a adestrar xuntos, ata as oito e media». Hace ejercicios de suelo y le dedica un buen rato a pedalear. Y con el cuerpo cansado, ducha, cena y a la cama, a intentar conciliar el sueño. Mañana será otro día.

«A Jorge non hai nada que lle quite o sorriso, pero todo isto teno preocupado... Preocúpalle non poder ir ao ximnasio», dice Isabel. Porque allí no solo ha descubierto el ejercicio físico que tanto bien le hace, sino que ha ido tejiendo una red de amistades a la que cuesta trabajo renunciar. «O último día que fomos ao ximnasio foi o 13 de marzo; xa non había case ninguén», recuerda Isabel. De todas formas, no han perdido de todo el contacto con las instalaciones de Fontecarmoa. Una de las monitoras del complejo deportivo ha contactado con ellos para enviarles «táboas de exercicios que facía Jorge hai un tempo para que siga a traballar». Y todos los domingos por la tarde, el monitor de las clases de piscina de Jorge le hace una videollamada para charlar un rato con él. «Faille moitísima ilusión recibir esa chamada», relata Isabel, que agradece las muestras de cariño que recibe su marido.

«El está preocupado. Moitas veces pregúntame se vai poder volver ao ximnasio, e eu non sei moi ben que dicirlle. Ninguén o sabe, en realidade», reflexiona una mujer que reconoce que, por momentos, tiene «a moral polo chan». Aunque enseguida se agacha, la recoge, y se levanta de nuevo con esa sonrisa luminosa y llena de esperanza que tanto bien le hace a su marido y a todos los que la conocen.

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