«Siento pánico, pero no puedo dejar de trabajar, porque tengo que pagar los gastos»

Trabajadores esenciales doblan las medidas de seguridad y temen llevar el virus a sus casas


Santiago / La Voz

Sin tiendas de alimentación ni farmacias abiertas, sin limpieza ni recogida de basura, ni transporte, ni mensajeros, ni repartidores. Sin ellos, los ciudadanos no tendrían asegurados los productos básicos. Todos son trabajadores esenciales para detener el coronavirus, y coinciden en que su mayor temor es llevar la enfermedad, sin saberlo, a sus familias. Evaristo García Martínez es peón de limpieza y agradece las muestras de apoyo que dejan algunos vecinos en las papeleras de la calle. Aunque le tiene «mucho respecto al virus», señala que «ahora estoy acostumbrado a las calles vacías». Se siente seguro, porque, explica, «tenemos muchas medidas de seguridad en el trabajo. Y al llegar a casa lo primero es meter toda la ropa en la lavadora y una ducha».

También se han reforzado las medidas de seguridad en el servicio de recogida de basura. «Dos trabajadores por camión en lugar de cuatro. Más turnos, cambios de horarios, guantes y mascarillas», detalla Jesús Platas Santos, conductor del servicio de recogida. A pesar del riesgo, lo que más siente Platas del aislamiento es «llevar un mes sin ver a mis padres. Cuando todo pase, lo primero será un abrazo». Una de las situaciones que más le llama la atención es cuando va al supermercado: «Se nota que la gente necesita hablar. Me sorprende no ver niños. Se está cumpliendo el confinamiento».

Ni Jesús ni Evaristo quieren agradecimientos. «Solo hacemos el trabajo de siempre», dice Jesús. Aún recuerda que, en las primeras semanas, al pasar a vaciar contenedores recibieron algún aplauso desde las ventanas. «Se agradece, pero es nuestro trabajo». Jesús ve un cambio en la distribución de la basura. «El vidrio cambió de sitio. En las zonas residenciales se dobló o triplicó», resalta. Su principal temor es contagiar a su familia: «Hacemos todo para evitarlo».

Rosa Liñeiras Couselo se ocupa de la limpieza de edificios. «Lo llevo muy mal. Voy a un psicólogo. Tengo pánico», confiesa. Cuando llega a su casa, «todo queda fuera. Entro descalza y va todo a la lavadora. A la ducha directa». Al miedo a enfermar se une la situación económica. «Soy autónoma. Limpiaba comercios y oficinas, y mis ingresos bajaron. No dejo las comunidades, porque tengo gastos. Además, los productos de limpieza subieron». Rosa está molesta con la actitud de los que ve cuando va a trabajar, «corriendo a las seis, y seis y media de la mañana».

En las tiendas de alimentación también han doblado la limpieza y las medidas de seguridad, pero aún así Yannette Álvarez, cajera en el Gadis de Cacheiras, siente preocupación. «La situación es estresante, pero siento la seguridad de llevar guantes y mascarilla. Cuando vuelvo a casa, todo a la lavadora. Los clientes empatizan con nosotros. Puede haber alguna excepción, pero en general muestran agradecimiento». Solo lleva una semana en su puesto. «Algunas personas me dijeron que no fuera, pero no podía perder la oportunidad», defiende.

Ignacio Labella, de la farmacia de Curros Enríquez, prefiere no pensar mucho en su exposición al virus. Dice que, tras los primeros momentos de avalancha, ahora «se ha estabilizado, pero seguimos muy expuestos. Cuando se anunció el primer sanitario muerto en España, ya había siete de farmacias. Ahora hay protección, mamparas y EPI, que llegan poco a poco y a precios desorbitados». Su temor está «en los asintomáticos danzando por las calles».

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