«Aquí non temos o virus, pero se entra imos todos para o cemiterio»

Louzaregos, una parroquia de solo siete vecinos, seis de ellos jubilados, resiste a la llegada de la pandemia


Redacción / La Voz

Como la aldea gala que resistió al Imperio romano, Louzaregos resiste a la tragedia del coronavirus. No es un milagro: la parroquia, perteneciente al concello ourensano de Viana do Bolo, queda en lo alto de un monte libre de cualquier tipo de concentración humana, y en ella no viven más que siete vecinos. El más joven, Manuel Ogando, tiene 59 años. Los demás están jubilados, y su día a día se limita a los paseos por las abandonadas corredoiras de la aldea, las largas tertulias en la puerta de casa y las horas interminables frente al televisor. A Louzaregos, hasta hace poco, solo subían los testigos de Jehová a predicar y los políticos a pedir el voto. Ahora, ni los unos ni los otros. Tampoco el coronavirus.

Jesús Rodríguez, el más retranqueiro de sus habitantes, asegura que en Louzaregos, por no haber, no hay ni estado de alarma. «Aquí non temos normas, e se as hai non as cumprimos». Tampoco son necesarias. La parroquia es la viva estampa de la Galicia vacía y el confinamiento, y las distancias de seguridad forman parte, por necesidad, de las rutinas de sus habitantes. Así que el coronavirus ni está ni se le espera. Aunque Jesús, camionero jubilado que se retiró con su mujer a su aldea natal por principios, admite: «Se entra, imos todos para o cemiterio». Sabe que, por edad, las probabilidades de acompañar a los ancestros que poblaban la aldea cuando todas las casas de Louzaregos estaban habitadas son altas si llega el COVID-19.

Pero hay pocas posibilidades de que nadie suba a contagiarles. La única visita que siguen recibiendo con regularidad es la del panadero, dos veces a la semana. Los ancianos de la aldea o no tienen familia o la tienen lejos, y los dos hijos de Jesús y de Pilar viven en Madrid y en A Rúa. La pandemia solo les trajo una buena nueva: la nieta del matrimonio, la pequeña Andrea, de 14 años, está ahora con ellos. Sus padres la llevaron para que no tuviese que quedar confinada en A Rúa. «É a miña debilidade», admite Jesús, que está encantado. La niña, quizás no tanto. «Aquí pode saír á rúa, pero bota de menos ás amigas».

Pocos más cambios llevó el estado de alarma a la parroquia. Como antes de la pandemia, Pilar es la que se encarga de bajar a Viana do Bolo y de comprar la comida y otros artículos de primera necesidad para todos los vecinos, como hacía antes.

Para los habitantes de Louzaregos, el coronavirus solo expande malas noticias desde el televisor. Con una salvedad: había una cita que los más jóvenes de la aldea no perdonaban, y era la feria de Viana, los días 13 y 22 de cada mes. «Agora non podemos ir, dende o día 13 non se fai», se lamenta Jesús, que añora la ración de pulpo y la cunca de viño. Son daños colaterales.

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